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Estados Unidos contra China; por Miriam González Durantez, abogada especialista en Derecho Internacional

24/01/2022
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El día 22 de enero de 2022 se ha publicado, en el diario ABC, un artículo de Miriam González Durantez, en el cual el autor opina que como han abusado tanto de las medidas unilaterales, los americanos se han quedado sin recursos para aumentar la presión comercial sobre China.

ESTADOS UNIDOS CONTRA CHINA

En Estados Unidos solo hay dos temas de conversación: el covid y China. Ni Europa, ni Oriente Medio, y ni siquiera las maniobras de Rusia en Ucrania, consiguen un ápice de atención.

En un país profundamente dividido entre republicanos y demócratas -dos bandos de similar magnitud que han dejado de compartir hasta los valores más básicos, incluidos los democráticos- la animadversión hacia China es una de las pocas cosas que unen a casi todos los americanos.

Para salir vencedores de la rivalidad con China, los americanos tienen que ganar la guerra tecnológica, que es por lo que -en contra del erróneo análisis que hacen algunos medios de comunicación españoles- Silicon Valley abandera la política de dureza contra China.

Ganar esa guerra no es fácil: desde el 2018 nueve de las veinte mayores empresas globales de tecnología están ya en China. Y mientras las tecnológicas americanas están en la diana de su gobierno, las chinas cuentan con el apoyo del suyo, a pesar de las maniobras gubernamentales contra las empresas demasiado poderosas. Prueba de ello son los 1,4 billones de dólares que Xi-Jinping está dedicando a conseguir el ‘sorpasso’ tecnológico a Estados Unidos.

La carrera tecnológica se une a la ya endémica pérdida de competitividad de Estados Unidos con China en productos manufacturados. Los americanos cifran esa caída de competitividad en el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) a finales del 2001, cuya aprobación se ve como un fatídico error político por parte del gobierno estadounidense. El cálculo del momento era que la liberalización comercial llevaría a una democratización de China, lo cual sería bueno para Estados Unidos. Pero las restricciones políticas en China siguen siendo iguales, o quizás peores, que hace veinte años.

La clasificación de China como país en vías de desarrollo en la OMC es una de las cosas que más solivianta a la opinión pública americana. Los americanos acusan a China de incumplir sistemáticamente las normas internacionales de comercio. Se quejan de que China da subvenciones inaceptables a través de empresas y bancos estatales; de que sus empresas roban la tecnología estadounidense impunemente; y de que China no cumple con las sentencias de la OMC.

Aunque algunas de esas acusaciones son ciertas, otras son tendenciosas: China ha renunciado en muchas ocasiones a los privilegios que conlleva ser país en vías de desarrollo, por lo que esa clasificación tiene muchas menos implicaciones prácticas de lo que se pretende hacer ver en Estados Unidos. No ha cumplido con algunas sentencias de la OMC, pero tampoco lo ha hecho Estados Unidos. Y los americanos aceptaron el ingreso de China en la OMC a sabiendas de que las empresas y bancos estatales serían un problema, porque calcularon que esas disfuncionalidades se podrían atajar más tarde; eso no ha ocurrido no solo por culpa de China, sino porque los Estados Unidos han dejado de promover nuevas negociaciones comerciales.

En vez de incrementar la presión sobre China atacando sus malas prácticas a través del sistema jurídico comercial internacional, los Estados Unidos se han desentendido de ese orden jurídico. Y han empezado a saltarse las normas ellos mismos: en la época de Trump el gobierno americano impuso tarifas a tutiplén, violando las normas abiertamente. Para actuar impunemente, bloquearon el mecanismo de resolución de diferencias de la OMC, que es por lo que los casos contra esas tarifas siguen pendientes de resolución. Impusieron todo tipo de tarifas contra China sin justificación jurídica. Y para redondear la jugada, negociaron un acuerdo bilateral con China al margen de la OMC.

Cuando Biden llegó a la presidencia, cambió el tono. Pero su gobierno sigue manteniendo medidas injustificables: tarifas unilaterales sobre el acero y aluminio contra muchos países, y también tarifas indiscriminadas contra China; sigue manteniendo el acuerdo bilateral con China a pesar de haber constatado que China no lo ha cumplido; y sigue bloqueando el mecanismo de resolución de diferencias de la OMC. En vez de fomentar una iniciativa sobre tecnología en la OMC y poner a China a la defensiva utilizando el orden jurídico internacional, Biden flirtea con el ‘de-coupling’ (separar radicalmente la tecnología, semiconductores y servicios digitales de China y Estados Unidos) lo que pondría prácticamente a todo el mundo digital fuera del ámbito jurídico de la OMC.

Mientras tanto, los Estados Unidos no han conseguido que ninguno de sus aliados se sume la guerra comercial contra China. Y ésta sigue adelante sin que las medidas unilaterales americanas le hagan mella significativamente: a pesar de las innumerables tarifas americanas contra las importaciones chinas, en el 2021 se han importado más productos chinos en Estados Unidos que en el 2018, el año en el que se inició la guerra comercial contra China. Pero es que además el gobierno chino ha pasado a la ofensiva: hace unos meses le echó un órdago a la grande a Estados Unidos solicitando la adhesión at tratado comercial CPTPP, un acuerdo que paradójicamente había sido impulsado por Obama precisamente para aunar a países del Pacífico contra China. Y hace unos días entró en vigor el acuerdo RCEP, el más grande de toda la historia de la humanidad, con China como potencia central.

Como han abusado tanto de las medidas unilaterales, los americanos se han quedado sin recursos para aumentar la presión comercial sobre China. Y lo único que pueden hacer ahora es confiar en que la política de ‘cero Covid’ del presidente Xi-Jinping lastre la economía china. Pero Biden debería recordar que todavía tiene una baza: retomar el liderazgo comercial internacional en la OMC y poner a China contra las cuerdas a través de negociaciones comerciales multilaterales o plurilaterales y el cumplimiento estricto del orden jurídico internacional. Ello le permitiría aunar a los aliados tradicionales de Estados Unidos contra China. Y escindiría el mundo comercial nítidamente entre los que cumplen las normas, liderados por Estados Unidos, y los que no, liderados por China. Unas normas internacionales que el gobierno americano nunca debería haber abandonado y por cuyo abandono va a pagar un altísimo precio.

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