Diario del Derecho. Edición de 18/12/2018
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El valor de nuestra Constitución; por Juan José González Rivas, Presidente del Tribunal Constitucional

07/12/2018
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El día 6 de diciembre de 2018 se ha publicado, en el diario ABC, un artículo de Juan José González Rivas en el cual el autor reflexiona sobre el valor de la Constitución para nuestra convivencia como sociedad y para nuestro proyecto como comunidad política.

EL VALOR DE NUESTRA CONSTITUCIÓN

Hoy rendimos tributo a la Constitución Española en el cuadragésimo aniversario de su aprobación en referéndum por todos los españoles. Como presidente del Tribunal encargado de defenderla, interpretarla y actualizarla, estimo necesario reflexionar, en esta señalada fecha, sobre el valor de ese texto capital para nuestra convivencia como sociedad y para nuestro proyecto como comunidad política.

Se han loado mucho, y con razón, las virtudes del momento histórico que produjo la Constitución de 1978, y que denominamos la Transición, con T mayúscula, dando así cuenta de la ejemplaridad del cambio. Este exitoso periodo nació, creció y germinó gracias a tres principios esenciales: el diálogo, el consenso y la concordia, que se derivan de la amistad cívica que tanto reclamase Aristóteles, y cuya aplicación sigue necesitando España.

Frente a otras anteriores, la Constitución que hoy homenajeamos no se originó por imposición, sino a través de un pacto entre todos los sectores políticos y sociales. A tal fin, se dialogó para articular un pluralismo razonable surgido del debate de ideas, y no de la competición de gestos, expresando un proceso de integración, al decir de Rudolf Smend, que recogiese el genuino interés general. Y ello en un clima donde, pese a las más serias dificultades, pudo primar la concordia, que es la atmósfera en la que el diálogo y el consenso pueden progresar.

La Transición supuso una tercera vía alejada por igual de la continuidad y de la ruptura. Perseveró para lograr la mayor legitimidad del sistema constitucional en ciernes sirviéndose del coraje y de la inteligencia de todos aquellos españoles de la conciliación, cuyos sueños y esperanzas calaron, convencieron y se materializaron.

Por ello, hemos de rememorar y reconocer a quienes, desde los más diversos ámbitos políticos y sociales, dejaron de lado planteamientos ideológicos y posiciones personales y contribuyeron a que nuestra Carta Magna se convirtiese en una imprescindible realidad. De forma específica, deseo subrayar el papel de la Corona, que supo erigirse en pieza insoslayable para el cambio, y en pieza esencial de nuestra democracia.

Nuestra norma fundamental recogió decisiones primordiales sobre la forma de Estado y de gobierno, democratizó las relaciones entre la sociedad y el aparato estatal, arbitró cauces para que España expresase su diversidad constitutiva, y posibilitó una vida política desempeñada desde la libertad.

Con un resultado así, se cumplía el deseo que expresase Jorge Guillén: lleguemos al momento

por fin equilibrado. Ese momento fue nuestra Transición. Y su fruto fue la Constitución vigente, la más estable y consensuada de la Historia de nuestro país. Aquella que mayores beneficios en todos los órdenes nos ha ofrecido.

En 2017 conmemoramos los 60 años de la creación de dos de las tres Comunidades Europeas y los 25 años del establecimiento de la que se convertiría en su sucesora, la Unión Europea. En 2018 se cierra un siglo desde el final de la I Guerra Mundial. Contrastado con estas efemérides, el cumpleaños que celebramos muestra que la Constitución de 1978 nos encaminó hacia la Europa que converge en paz, y nos alejó de aquella que se divide y pugna consigo misma. Tengamos esto presente, así como también la prevención que ya señalase Stefan Zweig: nunca un derecho se ha ganado para siempre, como tampoco está asegurada la libertad frente a la violencia, que siempre adquiere nuevas formas.

Sopesando estas palabras, les invito en un día como éste a ponderar como se merece el valor pasado, presente y futuro de nuestra Constitución.

El valor de su preeminencia, porque hoy no podemos imaginar dónde o cómo estaríamos sin ella; el valor de lo que nos ha permitido hacer juntos en estos últimos 40 años, y de lo que nos permitirá en los sucesivos; el valor de la fortaleza que adquieren el Estado de Derecho, la democracia y los derechos y libertades cuando se aplican de manera indisociable; el valor de la libertad frente al miedo y de la seguridad frente a la incertidumbre; y también el valor de la capacidad de resistencia que, como sociedad y Nación, nos ha dado nuestra norma básica, facilitándonos salvar los escollos y desafíos más difíciles; el valor de la unidad en la diversidad, y asimismo de la solidaridad, de la prosperidad, del progreso social, y de su ambición, de su generosidad y de su amplitud de miras, cualidades que se originan en el propio pacto constitucional.

Todo este valor, rico y abundante, no obsta para que la Constitución sea reformable, y pueda adaptarse a la España contemporánea, siempre y cuando partamos de la preservación de sus logros, que son los nuestros, y consensuemos qué queremos reformar, desde su acatamiento y con lealtad.

Desde su acatamiento y con lealtad ha actuado también, a lo largo de estas cuatro décadas, el Tribunal Constitucional, cuya historia corre paralela a la de nuestra Carta Magna. En particular, ha contribuido a democratizar España, a convertirla en un Estado plenamente descentralizado y escrupuloso con la protección de los derechos humanos y con la dignidad de la persona; y a garantizar la supremacía constitucional sobre cualquier ley o actuación contraria a la misma.

Hoy como ayer, la institución que me honro en presidir continúa esclareciendo los mandatos normativos de nuestra Constitución, actualizando las reglas de convivencia social que emanan de ella, y asumiendo como propia la más moderna jurisprudencia internacional. También cumple, y cumplirá mientras exista, su misión de supremo defensor jurídico de la misma, en tanto que símbolo y realidad de la convivencia entre españoles, frente a quienes han desafiado su centralidad social y democrática.

Ahora bien, parafraseando a su primer presidente, Manuel García-Pelayo, no sólo compete al Tribunal Constitucional defender la Constitución, puesto que si ésta atañe a todos los poderes públicos y ciudadanos, también debe ser defendida por todos ellos. Por tal razón, hago un llamamiento para que especialmente las generaciones más jóvenes conozcan nuestra norma fundamental y se inspiren de sus principios y valores, que tan lejos nos han traído, para seguir avanzando juntos en la senda trazada por ellos. Porque la fe en la esencia de nuestra Constitución es también la fe en lo mejor de quienes fuimos, de quienes somos y de quienes, esperanzadoramente, seremos.

Comentarios - 1 Escribir comentario

#1

No estamos en 1978, sino en 2018.
La discriminacion que impuso Franco en 1978 imponiendo el rey que le vino en gana fue un atropello a nuestra libertad que resultaba ridículo si se compara con los atropellos que sufrímos a diario durante más de 40 años.
Pero toda discrminacion tiene su fin, sea por San Martin o no, y de lo que se trata ahora es de elegir quñe se respeta en la CE78:
1º, un DERECHO FUNDAMENTAL (art. 14 CE78) que prohibe la discriminacion por cualquier razon o circunstancia personal (ser del sexo másculino o del femenio) o social (haber sido impuesto o no por el dictador militar que acabó con la democrcia en España)
2º una DISCRIMINACIÓN FUNDAMENTAL (Título II CE78) que impone como Jefe del Estado al que nombró Franco como su atropello post mortem
3º.- una BURLA FUNDAMENTAL (art. 1.2 CE78) que dice:"la soberanía reside en el pueblo espaolde donde emenan los poders del Estado" (salvo el Poder del Jefe del Estado que tiene el Poder del ejército a su servicio, que ambos emanan de Franco)

Escrito el 07/12/2018 14:24:56 por Alfonso J. Vázquez Responder Es ofensivo Me gusta (0)

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