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Biden contra Trump; por Juanma Badenas, Catedrático de Derecho Civil de la UJI

29/09/2020
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El día 29 de septiembre de 2020 se ha publicado, en el diario El Mundo, un artículo de Juanma Badenas en el cual el autor considera que en noviembre, no se decidirá solo quién estará al frente de la potencia norteamericana los próximos cuatro años, sino qué modelo cultural e ideológico se impondrá en EEUU y en el mundo occidental.

BIDEN CONTRA TRUMP

Pronto se celebrarán las elecciones presidenciales en EEUU. Como siempre, lo que se decida tendrá transcendencia para el resto del mundo. Hasta hace cuatro años, quién fuera el inquilino de la Casa Blanca tenía importancia en temas comerciales, militares y diplomáticos; pero ahora posee un interés añadido, así lo hemos percibido durante el actual mandato de Trump. Su próxima victoria, o derrota, tendrá que ver con la visión que la sociedad occidental tenga de sí misma durante las próximas décadas. Así que no es poco lo que nos jugamos los europeos.

Biden tiene 77 años y Trump 74. Los actuales candidatos representan la alternativa más longeva a la presidencia norteamericana de la historia. Sin embargo, lo que tiene verdadera importancia para nosotros respecto de la próxima elección no es que al frente de ese gran país se encuentre una persona de una generación mayor que la media de los políticos de la UE, sino que ambos candidatos simbolizan modelos morales opuestos.

Antes el yankee era el yankee: siempre representaba el imperialismo capitalista. Recuerdo que la llegada a puerto de un buque de la armada estadounidense provocaba la aparición de pintadas en diversos lugares de la ciudad, en las que se leía lo siguiente: “Yankee go home!”. Aunque la mayor parte de la tropa que desembarcaba era de color, el marinero negro era igual de opresor que el blanco. Esto ha cambiado. No porque Obama ganara las elecciones, sino porque la antigua lucha de clases fue sustituida por la igualmente marxista lucha cultural, cuyo foco se encuentra en las catacumbas doctrinales del liberalismo norteamericano. El primero en hablar de marxismo cultural fue el yerno de Walt Disney, William S. Lind, en su obra The Origins of Political Correctness, de 1998.

Algunos autores tratan de hacernos creer que mientras los republicanos ponían todo su empeño en alcanzar el poder, los liberales apostaron por tomar las universidades. Esta es una valoración interesada tras la victoria de George W. Bush, que consiguió revalidar su mandato hasta 2009, y una manera de consolarse tras la inesperada derrota de Al Gore. Lo que en realidad quieren señalar tales autores es que, dándose cuenta los estrategas demócratas de que tenían la batalla política perdida durante algún tiempo, les convenía rearmarse ideológicamente, por medio de think tanks, para crear las bases de un pensamiento uniforme y, de paso, de futuras victorias electorales. En esto consiste el juego que se vive en América -y en Europa- gracias a la extraordinaria influencia que tienen las universidades de ambas costas norteamericanas.

Pero ponernos a pensar a los universitarios es muy peligroso. Lo que ha ocurrido es que de tanto calentarse la cabeza, los departamentos de las principales universidades estadounidenses han revolucionado el discurso demócrata hasta el punto de que si alguno de sus representantes de los años ochenta, como Edward Kennedy, levantara la cabeza, preferiría volver a tumbarla.

Pienso que su hermano John, en 1961, empezó a olerse la tostada cuando dijo aquello de “no preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”. Se debió apercibir de que la era de la responsabilidad individual estaba llegando a su fin y de que en las sucesivas décadas se iba a abrir paso una nueva cultura de la sopa boba, para las minorías. Porque es esto lo que domina la nueva política norteamericana y, por ende, de todo Occidente: “No hace falta que veles por tus propios intereses porque, si perteneces a una minoría oprimida, será el Estado el que velará por ti”.

Trump es un verso suelto, sin modales, que se ha propuesto revertir el discurso dominante. En cambio, Biden es un contrastado miembro del establishment, nominado para la ocasión. Como diría Lakoff, la batalla cultural consiste en dilucidar si perdura la moral del progenitor atento-que es la imperante, salvo en aquellos rincones de la América profunda que mantienen el sedimento tradicional- o se reinstaura la del padre estricto, que sirvió para consolidar el modelo de vida americano y que permitió al país llegar donde llegó, pero también que se abriese la nueva dialéctica que ha conducido al lugar en que nos encontramos. La moral del padre estricto es un modelo ideológico, fundado en la libertad individual, que habilita a los ciudadanos a pensar por su cuenta y a hacerse responsables de sus propias decisiones y, por tanto, que permitió a quienes fueron a las universidades norteamericanas elegir su propio camino. Cosa que, al parecer, no sucede con el modelo del progenitor atento que, con tanta dejación de responsabilidad individual, conduce a un tipo de sociedad en el que la gente es demasiado dependiente como para atreverse a pensar por sí misma.

Lo que nos jugamos los europeos en las próximas elecciones presidenciales estadounidenses es la influencia respecto de dos modelos morales antagónicos que podrían llevarnos a sistemas político-sociales muy diferentes. Si vence Biden, la consolidación del modelo del progenitor atento será definitiva; las sociedades occidentales, casi con toda seguridad, seguirán por el camino que fue inaugurado en los 60. Por el contrario, si gana Trump el modelo del padre estricto-fundado en la libertad y la responsabilidad individuales- podría empezar a abrirse paso y Occidente volver a estadios culturales vigentes tras la Segunda Guerra Mundial, que posibilitaron la recuperación social, económica y política.

Los modelos morales son intuitivos, cada uno tenemos el nuestro. Por eso, hay quien es incapaz de entender cómo se puede votar por un ser tan despreciable como Trump o, tan contrario a los intereses de su país, como Biden. Trump conecta muy bien con quienes mantienen -a pesar del discurso generalizado- la moral del padre estricto. Biden lo hace sin esfuerzo con los portadores de la moral del progenitor atento. A quienes pensamos que el primer modelo es el único capaz de llevar a los seres humanos a situaciones más prósperas, tras una guerra, una crisis económica o una pandemia, nos gustaría que el candidato a la presidencia que lo representa, siendo igual de firme en las ideas, fuera menos rudo en los modos. Si en algún momento debiéramos preguntarnos qué podemos hacer por nuestra nación, en lugar de qué debemos esperar del Estado, acaso ese momento sea éste.

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