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Eduardo García de Enterría; por José María Michavila, miembro electivo del Consejo de Estado

23/09/2013
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Eduardo García de Enterría ha sido, sin duda, el jurista que más ha contribuido a que nuestro ordenamiento jurídico sea hoy garante de derechos y libertades y el marco de convivencia pacífica entre los españoles de más larga duración en los ya largos cinco siglos de historia de nuestra nación.

EDUARDO GARCÍA DE ENTERRÍA

Eduardo García de Enterría ha sido, sin duda, el jurista que más ha contribuido a que nuestro ordenamiento jurídico -el nervio ético de una democracia- sea hoy garante de derechos y libertades y el marco de convivencia pacífica entre los españoles de más larga duración en los ya largos cinco siglos de historia de nuestra nación. Su vida, larga y fértil, dedicada al Derecho y la Justicia en todas sus vertientes -como letrado del Consejo de Estado, abogado, catedrático, académico, magistrado del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, autor prolífico y excepcional, director y fundador de publicaciones- es una vida que sin duda deja huella y huella profunda, no sólo en la construcción de nuestra arquitectura democrática, sino en las bases jurídicas de la ordenación Europea y de la comunidad Latinoamericana en la que, sin excepción de país alguno, es reconocido como maestro.

Conocí a Eduardo García de Enterría, don Eduardo, en 1982, mientras cursaba cuarto de Derecho. A continuación dirigió mi tesis doctoral, junto a Tomás Ramón Fernández. Poco después él y Landelino Lavilla me animaron a opositar al cuerpo de letrados del Consejo de Estado. Así don Eduardo me dio la mano hace 31 años y se convirtió en mi maestro. El mío y el de un sinfín de generaciones de alumnos, profesores, catedráticos y catedráticos de catedráticos. A todos se nos llamaba “la escuela de Enterría” por una sola razón: había de verdad un maestro, que lo era en el Derecho, pero no sólo. Había en él un liderazgo del que mira más lejos y se conduce desde las relaciones humanas con una sabiduría auténticas, una sabiduría de vida que daba muchas vueltas a sus conocimientos del Derecho y la Justicia.

Cada miércoles a las diez de la mañana y durante dos horas a la convocatoria de don Eduardo acudían profesores de enorme valía y formación. Para los que empezábamos con él fue toda una puerta abierta a la confianza, un “tú también puedes” que propulsó muchas carreras y esfuerzos permitiéndonos caminar a “hombros de gigantes”: Tomás Ramón Fernández, Sebastián Martín Retortillo, Alejandro Martín Retortillo, Jesús Pérez, Rafael Gómez Ferrer, Santiago Muñoz Machado, Tomás de la Quadra, Antonio Jiménez Blanco, José Eugenio Soriano, Carmen Chinchilla, Maria Dolores de Juan, Juan José Lavilla, Jose Luis Piñar, y un largo etc de brillantes juristas. Allí, en “el seminario de la Escuela” hablábamos del Derecho, del Estado y las muchas circunstancias de la entonces naciente convivencia democrática y sus reglas. Discutíamos y debatíamos y a veces, hasta proponíamos reformas al Gobierno o al ministro de turno. Se hacía con rigor y altura, pero también con una enorme pasión atenuada por la aguda ironía con la que don Eduardo siempre sabía poner la anécdota adecuada.

Su labor intelectual fue ligada a la acción sobre la vida pública y el compromiso de un ciudadano ejemplar. Don Eduardo rechazó los cargos, pero no el encargo. Nunca aceptó las sucesivas propuestas de ser ministro. Tampoco la que yo le hice de ser magistrado del Tribunal Constitucional. Pero él nunca rechazó ayudar a quien le pedía consejo. Tuve la fortuna de contar con sus recomendaciones en los años en que, siendo él director del departamento de Derecho Administrativo, yo era un mocoso de 28 años al que habían elegido secretario general de la Complutense. Conciliar sabiduría y reconocimiento, con humildad y decisión para mandar es un privilegio que está al alcance de muy pocos. No dejo de maravillarme al recordar a don Eduardo acudir siempre presuroso a la llamada del torpe secretario general que era uno de sus muchísimos discípulos. Más tarde, durante los ocho años que serví en el Gobierno de España, primero en Moncloa como secretario de Estado y luego en Justicia, conté siempre con su cercanía, su criterio y su opinión. A veces en conversaciones hasta altas horas de la mañana, otras en largas caminatas. De allí salieron aportaciones esenciales a la reforma de la jurisdicción contencioso administrativa, al control de los actos políticos del Gobierno, a la sumisión de todos los actos de las administraciones al Estado de Derecho. La huella de don Eduardo en tantos discípulos es lo que hoy agradecemos muchos al maestro que entendió su vocación desde el servicio público y la amistad sincera. La “escuela de Enterría” es escuela de una vida que, sin duda, va más allá de la muerte.

El Mundo 21.09.13

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