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La exasperación de la desigualdad; por Juan Fernando López Aguilar, catedrático de Derecho Constitucional

18/07/2013
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El día 18 de julio de 2013, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Juan Fernando López Aguilar, en el cual el autor opina que la confrontación entre las opiniones públicas de los Estados miembros, más desunidos que nunca ante la adversidad, bulle en un caldo de cultivo de tentaciones reaccionarias, rebrotes identitarios y pulsiones nacionalistas alternadas con señales de integrismo religioso.

LA EXASPERACIÓN DE LA DESIGUALDAD

Entre los costes morales de la crisis, ninguno más insoportable que el incremento de las desigualdades en la UE. Entre los Estados miembros y dentro de ellos. El manejo de la recesión impuesto por la hegemonía conservadora ha dividido a los europeos hasta amenazar un proyecto que, hasta hace poco, se explicaba a sí mismo como la historia de un éxito. La brecha más elocuente no es hoy la que enfrenta al norte contra el sur, ni al centro contra la periferia; ni siquiera a los acreedores contra los endeudados; sino la que, socialmente, enfrenta a los ganadores que pescan en el río revuelto contra los perdedores, que son muchísimos más.

Tan impactante apoteosis de la desigualdad es contraria a la razón de ser de la integración europea. Su motor fue, en origen, un pacto social de rentas -interpersonal, interterritorial e intergeneracional- de aliento supranacional. Orientado a conformar un modelo europeo con un vector de cohesión y solidaridad que expresa inteligentemente el interés compartido de los Estados miembros y el mejor autointerés de cada uno de ellos. La austeridad recesiva impone un ajuste de cuentas contra ese modelo social fundamentado en los servicios públicos que realizan derechos, en la intervención de la política sobre la economía para regular el mercado -¡no para tranquilizarlo!- y en una fiscalidad progresiva.

Todo esto está siendo cuestionado en un ejercicio de desmemoria contra las enseñanzas del olvidado siglo XX sobre el que escribió Tony Judt. El espectro de la desigualdad recorre Europa. La confrontación entre las opiniones públicas de los Estados miembros, más desunidos que nunca ante la adversidad, bulle en un caldo de cultivo de tentaciones reaccionarias, rebrotes identitarios y pulsiones nacionalistas alternadas con señales de integrismo religioso. Prejuicios largamente larvados desatan el Brotes identitarios, reaccionarios e integristas abundan en los socios de la UE señalamiento de chivos expiatorios y la estigmatización del diferente o del otro: los exabruptos racistas de un eurodiputado extremista contra la ministra italiana de Integración reclaman que el discurso del odio sea penalizado en toda la UE. ¡Y el Parlamento Europeo es ahora el legislador para ello!

Pero en España esta secuencia raya la exasperación. El relanzamiento aquí de viejas desigualdades viene acompañado de una apología narrativa que exhibe toda su crudeza: el amedrentamiento ante la pérdida de empleo es instrumentalizado para encubrir atropellos al principio de igualdad como la amnistía fiscal, la represión salarial para abaratar el despido y las privatizaciones en sanidad, educación, seguridad y justicia. Las tasas contra el acceso a la tutela judicial imponen un canon fast track para los pudientes y un callejón de indefensión para todos los demás. El paro masivo golpea más a las mujeres y espolea la indignación entre millones de jóvenes a los que se condena a emigrar o a no alcanzar en su vida pensiones como sus abuelos.

Algunas advertencias son claras y para leerlas no es preciso chequear el índice de Gini. Como con la libertad, la lucha por la igualdad nunca se da por acabada. Ese combate es un proceso, no una conquista. Los avances en las oportunidades no duran sin más para siempre, ni se sostienen por sí solos, indefinidamente. Su reversibilidad es una amenaza verosímil, un riesgo constante. Cada consecución debe ser peleada para garantizarla, preservarla hacia el futuro y defenderla ante las muchas reinvenciones de la desigualdad.

Exactamente por ello esa razón social de Europa se encuentra en juego más que nunca. Las elecciones europeas de 2014 son la primera ocasión para cambiar la hoja de ruta que ha producido este horizonte de resentimientos cruzados contra el empobrecimiento. ¡Pero puede que también sea la última ocasión para hacerlo! Muchos pronósticos anuncian, como si se tratase de un parte meteorológico, que el próximo Parlamento Europeo será una bomba de relojería contra la UE, minado de nacionalistas, populistas, extrema derecha energúmena y eurofóbos. Me cuento entre los que no se resignan a las profecías autocumplidoras. No cabe el desistimiento. Estamos a tiempo de evitarlo.

De la mayoría política en el próximo Parlamento Europeo habrá de surgir el liderazgo de un nuevo ejecutivo europeo. Un “parlamento que se odie a sí mismo”, como ha explicado Torreblanca, no actuaría de contrapeso ni freno contra el Consejo ni tampoco de control sobre la Comisión: ¡Sería el hazmerreír de quienes han perpetrado este desaguisado! No sería el legislador más poderoso de Europa, sino del todo irrelevante para corregir la política que debería haber evitado el daño del que tantos se duelen y para el cambio europeísta que urge impostergablemente.

¡2014, alerta roja! Darle una patada al tablero no nos sacará del túnel. Ningún cóctel de eurofobia y populismo antieuropeo va a mejorar la vida de quienes hoy se sienten víctimas de esta crisis, sin haberla provocado, sabiéndose vapuleados por la injusticia en el reparto de sacrificios causados por la austeridad suicida. La elección de 2014 se dirimirá entre el “No a Europa” y el “Sí, pero” a otra Europa altereuropeísta y reeuropeizadora. Comprometida, en tiempos de cólera, con la ciudadanía maltratada y la dignidad del trabajo, y contra la exclusión y el estrago de la desigualdad.

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