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Nunca en nombre de Alá; por Bruno Aguilera, Catedrático de Historia del Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos y director del Instituto de Estudios Jurídicos Internacionales

11/02/2010
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El día 10 de febrero de 2010 se publicó, en el diario La Razón, un artículo de Bruno Aguilera, en el cual el autor opina que los gobiernos en los países islámicos, como en occidente, pueden estar en ciertos momentos de su historia en manos de dictadores, pero que, desde luego, estos nunca actúan en nombre de Alá. Trascribimos íntegramente dicho artículo.

NUNCA EN NOMBRE DE ALÁ

El régimen iraní de Ahmadineyad acaba de ahorcar a dos opositores por conspirar contra el Gobierno, mientras esperan ser ejecutados de manera inminente nueve disidentes más. A este paso, el presente capítulo, ciertamente ominoso, de la historia de Irán lleva todas las trazas de titularse “La represión que no cesa”.

Occidente hace tiempo que renunció a criticar abiertamente a los islamistas radicales; esa minoría que se ha erigido en portavoz de la inmensa mayoría silente de musulmanes moderados. Nuestros medios y líderes se expresan con suma cautela acerca de todo lo islámico. Primero, por el petróleo, y, desde el 11 de septiembre de 2001, por lo de los explosivos, las pistolas o el simple machete, que sirve para degollar ante las cámaras a rehenes indefensos. De ahí que un Occidente atemorizado esté dispuesto a abdicar del sacrosanto derecho a la libertad de expresión, como nos recuerdan episodios tan vergonzantes como el de Salman Rushdie o los caricaturistas franceses y daneses. Solo Oriana Fallaci, prácticamente vencida por el cáncer, se atrevió a denunciar abiertamente los excesos de los islamistas radicales en su valiente libro “El Apocalipsis”, que publicó poco antes de morir.

Valiéndose de este miedo, Amahdineyad se subió a la poltrona iraní en el año 2005 y desde entonces, ha tratado de amedrentar a todo lo que huele a occidental. Denigrándonos desde la tribuna de la ONU y provocando la retirada de nuestras delegaciones diplomáticas. Sin embargo, ahora que está cada vez más claro que manipuló las elecciones y falsificó votos, está menos gallito. Y no porque le acusen unos occidentales que además del coraje han perdido la dignidad, y que alejados de cualquier referente ético sólo gobiernan en nombre de intereses más o menos confesables. No, la esperanza viene del propio pueblo iraní. De una oposición concretada en la figura de Mir Hosein Musavi, el líder de la llamada “revolución verde” y de Mehdí Karrubi, quienes no dudan en equiparar públicamente al actual Gobierno de Teherán con la dictadura del Sha, depuesto por Jomeini el 11 de febrero de 1979. Hace ya treinta y un años. Ante la indiferencia occidental. Tres décadas en las que se ha consolidado en Irán un régimen teocrático, en el que las máximas autoridades del Estado son religiosas. En el que la constitución y las leyes están en manos de los teólogos que interpretan qué artículos son o no conformes a la sharia, es decir a la ley revelada por Dios.

Desde entonces, el radicalismo islámico ha proliferado en todo el mundo. Siguiendo el ejemplo iraní los musulmanes pro-occidentales fueron desplazados poco a poco del orbe islámico. Y el integrismo comenzó la escalada que llevó a los espantosos atentados que nos tienen acobardados a los occidentales. Por eso el ejemplo iraní es tan trascendental en el mundo musulmán y no resulta casual que las denuncias contra una dictadura ejercida en nombre de Alá empiecen a calar en la opinión pública musulmana. De hecho, por vez primera desde hace tres décadas los musulmanes moderados empiezan a atreverse a manifestar su desacuerdo frente a los violentos.

Y es que la sombra del pucherazo perpetrado en las elecciones iraníes de junio de 2009, no desaparece. Y más allá de la esperanzadora reacción de un pueblo que trata de defender la democracia, del horror de la muerte en directo de la hermosa Neda, cuyo rostro ensangrentado sigue siendo el símbolo de la nueva revolución iraní., está claro que algo está cambiando en Teherán. Y de paso, en el mundo musulmán. Porque a Ahmadineyad ya no le acusan los occidentales, los americanos, los israelíes, los europeos. No. Es su propio pueblo el que lo denuncia por hacer trampas para aferrarse al sillón. Ese pueblo que está dispuesto a morir por proclamar su derecho a elegir sus gobernantes. Con razón Amahdineyad ahora no sale a la palestra mediática. Porque sabe que a los ojos de la opinión pública tiene cada vez más genio y figura de dictador. Controla -por ahora- el Estado y su aparato represor. Puede coartar la libertad de expresión, pero no apagar, los móviles de millones de personas que graban en directo la masacre y la brutalidad de sus esbirros. Las protestas de iraníes encolerizados, que le recuerdan que la religión no puede justificar la dictadura, y que jamás debe ser utilizada como pretexto.

Con todo, lo más odioso es que Amahdineyad pretenda actuar en nombre de Alá, manipular las creencias de millones de musulmanes de buena fe a los que este tramposo quiere seguir usando como escudo de su ambición. Y es que podrá pedir la destrucción de Israel, decir que los campos de exterminio fueron una invención, un mito que los sionistas utilizan para dominar el mundo. Condenar a muerte a los homosexuales y querer poseer la bomba atómica para amedrentar al mundo. Denigrar a los Estados Unidos, uno de los países más democráticos del mundo. Puede tratar de hacer lo que quiera, pero no en nombre de una religión eminente como es el Islam.

El pueblo iraní está demostrando al mundo entero que la religión no tiene porqué estar reñida con el respeto a la ley, entendida como expresión de la voluntad general. Que este principio democrático es perfectamente válido en los países musulmanes. Que la interpretación de la sharia no puede ser un instrumento para asegurar un concepto autocrático del poder. Que los gobiernos en los países islámicos, como en occidente, pueden estar en ciertos momentos de su historia en manos de dictadores, pero que, desde luego, estos nunca actúan en nombre de Alá.

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