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Al final de la escapada; por Antonio Jiménez-Blanco, Catedrático de Derecho administrativo

19/11/2019
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El día 19 de noviembre de 2019, se ha publicado en el diario ABC, un artículo de Antonio Jiménez-Blanco, en el cual el autor opina que las huidas hacia adelante no son infrecuentes en la política española. Sánchez, en apenas 48 horas, se tira en brazos del enemigo (el que hasta entonces lo era) y además confía en que haya terceros que secunden la iniciativa, conociendo que los independentistas saben que es lo que menos les perjudica. Y eso ofrece a Sánchez un aliento que le permite -a costa de España, eso sí- prolongar la escapada hacia ninguna parte.

El título de este artículo proviene, como todo el mundo sabe, de la traducción en la lengua de Cervantes de “À bout de souffle”, la conocida película dirigida en 1960 (hace casi sesenta años, que se dice pronto) por Jean-Luc Godard dentro de algo tan francés como la “nouvelle vague”, aunque el galardón que mereció -de plata, por desgracia- acabó siendo el de Berlín. El argumento resulta conocido: una batalla contra todo, una fuga. El protagonista, encarnado por Jean Paul Belmondo, roba un coche en Marsella y, con ánimo de cobrar un dinero, se dirige a París, pero por el camino mata a un agente y la policía se pone a buscarlo. Ella, cuyo papel hace nada menos que Jean Seberg, acaba por darse cuenta del peligro y lo denuncia. Y ahí se acaba tan enloquecida carrera.

Ese tipo de huidas hacia adelante no resultan infrecuentes y siempre o casi siempre terminan mal y, ay, pronto. Pero ya se sabe que hay gente a la que le gusta vivir “sur le fil du rasoir”, para decirlo también en la lengua de Moliére: en el mismísimo filo de la navaja. Que a veces, y por pura inercia, da de sí mucho más de lo que pudiera uno pensar.

La política española ofrece para ese tipo de gente un campo que diríase abonado y además con el mejor de los fertilizantes: las agonías se alargan hasta el infinito y eso provoca el atornillamiento y luego la bofetada. Los ejemplos pueden acumularse:

Podemos, con el inefable Pablo Iglesias a la cabeza, irrumpió en las elecciones europeas de 2015 y desde entonces su apoyo no ha hecho sino bajar en votos: lo del 10 de noviembre fue sólo el último eslabón. Cualquier otro hubiese tomado nota (entre tanto, la organización se cuartea por momentos) y se habría ido a su casa -en Galapagar o donde correspondiera-, pero ahí sigue él. Impasible el ademán.

El Partido Popular de Rajoy fue el más votado en los comicios de junio de 2016 (ganar es otra cosa) y mal que bien consiguió verse investido por el Congreso de los Diputados. Pero su debilidad era tal que un año más tarde, el 1 de octubre de 2017, en Cataluña se le organizó un referéndum de autodeterminación y no encontró modo de impedirlo. Pero aún así se obstinó en seguir y lo consiguió hasta junio de 2018. Más meses incluso que Antonio Maura después de la Semana Trágica de los últimos días de julio del remoto 1909. La historia es así de obstinada.

Albert Rivera presidió Ciudadanos desde 2006 y en Cataluña desempeñó un papel de primer orden en la batalla contra los independentistas. En 2015, y atendiendo a la demanda social contra el bipartidismo agónico, se extendió al resto de España, hasta el extremo de obtener 57 diputados el pasado mes de abril. Pero para entonces el grupo ya había perdido su primer activo, las mejores cabezas intelectuales de España -la política siente aversión por el talento- y la bofetada estaba el llegar a la primera ocasión. Los resultados son conocidos y las consecuencias también. La pregunta es elemental: ¿quién albergó la ocurrencia de volverlo a presentar como líder? ¿qué sentido tenía la prolongación artificial de la vida o, dicho con palabras de la película que estamos glosando, demorar el final de una escapada que se antojaba inevitable y que sería tanto más estruendoso cuanto más tardío?

El caso de Sánchez merece capítulo aparte, porque sucede que hay varios millones de españoles que votan al PSOE sean cuales fueren las circunstancias climatológicas: el anticiclón de las Azores, la depresión aislada en niveles altos o lo que encarte. El celofán PSOE se muestra inoxidable como el más resistente de los aceros, aunque eso no impide ver que el 10 de noviembre la erosión le hizo mella y grave. Pero lo cierto es que ahí sigue: en apenas 48 horas desde el sufragio, y con ánimo de prolongar la huida, se tira en brazos del enemigo (el que hasta entonces lo era) y además confía en que haya terceros que secunden la iniciativa y se adhieran, conociendo que los grupos independentistas, aunque teóricamente ideologizados, se muestran pragmáticos y saben perfectamente en cada caso lo que a corto plazo les interesa o al menos lo que menos les perjudica. Y eso ofrece al tal Sánchez un aliento que le permite -a costa de España, eso sí- prolongar la escapada hacia ninguna parte. Es un grupo de tullidos, pero la experiencia enseña que pueden tener cuerda durante un cierto tiempo.

Jean-Luc Godard vive todavía. Va a cumplir noventa años, pero en 2018 aún encontró energía para hacer su última película, “Le libre d’image”. Es una lástima que no se desplace al sur de los Pirineos porque aquí encontraría material de sobra para una nueva versión de la película de 1960: los fugitivos se prodigan -la temeridad abunda como en la Borgoña de Carlos, el último de los Duques: un país de supervivientes- y, lo que resulta más curioso, acaban durando más de lo que a primera vista pudiera pensarse (y sería sano). Diríase como el mismo Saint Denis: decapitado por los romanos, se mostró capaz de recoger los trozos de su propia testa y andar hasta recorrer nada menos que seis kilómetros. Atravesando Montmartre, para mérito adicional.

Claro que, puestos a echar en falta a directores de cine, no resulta necesario ir tan al norte. Pienso, por supuesto, en Luís García Berlanga, grande entre los grandes como heredero del barroco -la vida es pura apariencia y disimulo- y de los esperpentos de Valle Inclán. ¿Alguien se imagina una “Escopeta nacional” de este tiempo (1978 queda muy lejos) y con los citados en los papeles protagonistas? La mera hipótesis resulta ilusionante para los amantes del buen espectáculo. Lástima que entre tanto ya no estemos en condiciones de contar con nuestro entrañable Saza. Ni, peor aún, si cabe, con Jean Seberg. Nos queda, eso sí, Mónica Randall como consuelo.

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