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Kosovo o la catástrofe del separatismo; por Javier Rupérez, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

05/11/2018
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El día 4 de noviembre de 2018 se ha publicado, en el diario ABC, un artículo de Javier Rupérez en el cual el autor opina que España ha hecho bien en negar a Kosovo el reconocimiento diplomático.

KOSOVO O LA CATÁSTROFE DEL SEPARATISMO

EN esta misma página publiqué el 13 de septiembre de 2007 un articulo titulado “El error Kosovo” en el que analizaba el proceso que había de culminar en la independencia del que había sido territorio integrante de la República Federal de Yugoslavia, y luego de Serbia, antes y después de la disolución del conjunto de Yugoslavia. En él reflejaba las consecuencias de la intervención militar de la OTAN que desde el 23 de Marzo del 99 hasta el 10 de Junio del mismo año había actuado en contra de la política de limpieza étnica practicada contra los albaneses en el territorio y lanzada contra el todavía líder serbio Slobodan Milosevic y recordaba que habiendo sido ese el motivo de la intervención, llevada a cabo sin autorización del Consejo de Seguridad, este mismo organismo, en su Resolución 1244 había establecido la obligación de respetar la integridad territorial y la independencia política de la República Federativa de Yugoslavia al intentar resolver el conflicto de Kosovo. Para ello recomendaba la necesidad urgente de buscar fórmulas de autogobierno y autonomía. Antes de que acabara la intervención militar, el 6 de mayo de 1999, los países miembros del G8 (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Japón, Italia, Alemania, Canadá, Rusia) habían rubricado una declaración conjunta en el mismo sentido.

Sin embargo, y en vista de la continuación de los problemas en el territorio, el que fuera presidente de Finlandia Martti Ahtissari, enviado especial de la ONU para Kosovo, elaboró un informe en el que, contradiciendo lo establecido por el Consejo de Seguridad en su Resolución 1244, llegaba a la conclusión de que la única solución viable para solucionarlos era la declaración de independencia. El informe, que nunca fue aprobado por el Consejo de Seguridad, condujo efectivamente a tal fin: Kosovo declaró su independencia en 2008. Los Estados Unidos se apresuraron a reconocer el nuevo estado y bajo la influencia del impulsivo e influyente diplomático americano Richard Holbrooke, que había forzado a los lideres exyugoslavos al arreglo de paz concluido en Dayton, Ohio, en 1995, la mayoría de los estados miembros de la Unión Europea hizo lo propio. Era comprensible que Serbia negara su reconocimiento a un estado nacido como consecuencia de la ruptura de su integridad territorial. Otro tanto hicieron unos cuantos países adicionales, Rumania, Bulgaria, Rusia y España entre ellos. Los tres primeros guiados por un prurito de solidaridad de raíz cristiano-ortodoxa con los serbios. Para el nuestro la motivación era y sigue siendo distinta y evidente: la ruptura del principio de la integridad territorial de los estados, tal y como recogen la ONU y el Acta Final de Helsinki, constituye una invitación a que otros lo hagan propio. Cataluña y el País Vasco vienen inmediatamente a la cabeza. Pero también Córcega, Flandes, Baviera, Padania, Escocia Kosovo, que no es miembro de la ONU, ha sido ya reconocido por más de un centenar de sus miembros, mientras que son alrededor de cincuenta los que no lo han hecho.

La evolución del Kosovo independiente constituye una enmienda total a los que creyeron que con la separación se solucionarían los problemas. La convivencia entre la mayoría albanesa y la minoría serbia no ha mejorado mientras que el territorio, a todos los efectos prácticos, se ha convertido en un estado fallido donde el imperio de la ley brilla por su ausencia y son las mafias criminales las que imponen la suya, creando una insoportable situación interna de inseguridad y contagiando con ella a vecinos y próximos. Serbia, entre tanto, se ha visto obligada por la UE a buscar un acomodo con los separatistas albaneses si quiere culminar con éxito sus negociaciones de entrada en el conglomerado de Bruselas, como ya hace tiempo consiguieron las tambien exyugoslavas Croacia y Eslovenia. Resulta incomprensible desde este punto de vista el entusiasmo prokosovar que ha desplegado la Republica Federal de Alemania, pero cuya tozudez apunta ya a un posible acuerdo: el que consistiría en una nueva separación, esta vez consistente en ceder a Serbia las partes del territorio habitadas mayoritariamente por ciudadanos de origen serbio. Abriendo con ello la posibilidad de que en un futuro no muy lejano el Kosovo albanés buscara con Albania el arreglo que no deja de inquietar a las cancillerías occidentales: la creación de la Gran Albania, que no tardaría en poner tambien en peligro la integridad territorial de otra antigua república yugoslava, Macedonia, que cuenta entre su población con una minoría albanesa. Aspiración permanente de una de las más letales tentaciones del nacionalismo étnico/linguístico/religioso de los Balcanes.

Hace ya once años en estas mismas páginas yo escribía: “Un Kosovo independiente no sólo vulnera el principio de derecho internacional que reclama respeto a la integridad territorial de los Estados. Concede alas, desde la cúspide de la comunidad internacional, a todos los irredentismos separatistas que quieran abolirlo. Apuesta por una sociedad sin matices, compuesta exclusivamente por los de un mismo color, una misma lengua, una misma raza o una misma religión. Crea inevitablemente una nueva inestabilidad regional, que acabará por afectar gravemente a todos los vecinos. Y constituye claramente un gigantesco paso atrás en todos los esfuerzos de la humanidad para construir comunidades de ciudadanos diferentes y libres, capaces de convivir pacíficamente a pesar de sus diferencias”.

España ha hecho bien en negar a Kosovo el reconocimiento diplomático. Y hará bien en mantener esa postura, con independencia de los acuerdos eventuales a que lleguen serbios y kosovares. Y con independencia también de las presiones en contrario que pueda recibir de Washington o de las capitales europeas. Porque la solución racional no fue la independencia ni lo es la partición de Kosovo. Es la reintegración del territorio en la soberanía serbia. De la que nunca debió salir. Mal que le pese al premio Nobel de la Paz Ahtissari. O al neowilsoniano y autodeterminador Holbrooke. Todo lo demás, como estamos viendo, es pura locura. Releo mis textos de hace once años y me suenan a profecía. Qué lástima.

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