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La Génesis de la Constitución; por Jorge de Esteban, Catedrático de Derecho Constitucional

25/03/2014
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El día 25 de marzo de 2014, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Jorge de Esteban, en el cual el autor relata el papel histórico que jugó el presidente Suárez para transformar la dictadura desde sus leyes fundamentales.

LA GÉNESIS DE LA CONSTITUCIÓN

Adolfo Suárez pertenece ya a ese grupo selecto de forjadores de la Historia que hicieron cambiar el rumbo de su país y, por tanto, también influyeron en el mundo de su época. Es más: por las consecuencias de sus acciones, es muy probable que sea el español más importante de la segunda mitad del siglo XX. De este modo, se alinea con otros personajes europeos de este periodo como Winston Churchill, Charles de Gaulle o Juan XXIII.

El caso de Adolfo Suárez es muy diferente de estos tres ejemplos, pues lo que le caracteriza es la búsqueda de dos objetivos, probablemente sucesivos. El primero, según confesó repetidamente, era llegar a ser presidente del Gobierno, y el segundo, llevar a España a la modernidad y a una normalización democrática. Sin embargo, si consiguió ambas cosas no se debió a un plan trazado y elaborado meticulosamente durante años. Lo que le caracteriza es su impresionante intuición política para saber por dónde soplaba el viento e ir adoptando sucesivamente la estrategia conveniente a sus fines, en los que, como en toda obra humana, también intervino el azar.

Ahora bien, su pragmatismo no significa que haya que excluir su profunda convicción de que había que proceder a la modernización política de España. Y, para conseguirlo, supo utilizar su encanto personal y su coraje indiscutible, que le granjeó tantos enemigos.

Existe la idea, no sé si leyenda o historia real, de que siendo Adolfo Suárez gobernador civil de Segovia, el entonces Príncipe de España, Juan Carlos de Borbón, hizo una visita oficial a la provincia. Allí ambos hablaron del futuro de España y se dice que, cuando el Príncipe preguntó a Suárez qué haría él para transformar a España en una democracia, éste escribió en un papel las líneas básicas para alcanzar ese objetivo y se lo entregó sonriendo. Años más tarde, cuando el ya Rey nombró a Adolfo Suárez presidente del Gobierno, se cuenta que le dijo a Suárez: “Toma, te devuelvo el papelito que me diste”. Como dicen los italianos, se non è vero, è ben trovato, porque la anécdota contiene algo de verdad, aunque no sea verdad. María Ángeles de Celis, que trabajó en la Secretaría de los hasta ahora cinco presidentes de Gobierno, cuenta en un libro reciente que, cuando llegó a La Moncloa y ordenaba su trabajo, se le avisó “con énfasis del interés que despertaría la localización de un documento histórico al que todo el mundo se refería como el papelito”. En él, según se decía, se exponían las líneas maestras de la Transición a la democracia, la devolución de la soberanía al pueblo, la elaboración de la Constitución, la amnistía y la legalización de los partidos políticos. La autora acaba afirmando que “aunque algunos niegan la existencia de ese plan, todo apunta a la confirmación de que el misterioso papelito existió”.

Existiese o no, el hecho de anotar en un folio el intrincado camino para salir de una dictadura y llegar a una democracia es algo que ni la mente más lúcida podría hacer. El general Franco afirmaba que, cuando él desapareciese, dejaría todo “atado y bien atado”; pero aunque no fuera cierto, no cabe duda de que había que ser un experto para ir desatando todos los nudos que se engarzaban en el futuro de España. Sin duda, eso lo hizo Suárez, pero sin tener un mapa del itinerario, sino simplemente una brújula con la que se iba orientando en cada momento y contando con la ayuda inestimable de quien había encontrado la fórmula para hacerle presidente según los deseos del Rey, esto es, Torcuato Fernández-Miranda. Porque el primer paso que había que dar era el de cómo atravesar, como hace la luz, el cristal de las leyes fundamentales sin romperlo para después reemplazarlo por otro. Y ése es el mérito de haber ideado una ley puente, que se aprobó según lo establecido en las leyes fundamentales pero que acabó por desmantelar el régimen franquista. Que era esto lo que deseaba Suárez nadie lo puede dudar, pero la fórmula, que se había avanzado en un libro cuatro años antes, se la dio Fernández-Miranda redactando la Ley para la Reforma Política.

Con ella, después de haber sido aprobada masivamente en referéndum por el pueblo español, se celebraron el 15 de junio de 1977 las primeras elecciones libres en España. Las Cortes, que se formaron con unos resultados bastante aceptables, no fueron vistas por muchos como constituyentes. Por ejemplo, Gregorio Peces-Barba, en su libro La elaboración de la Constitución de 1978, afirma: “La ambigüedad con la que todo se había producido en la reforma no permitía saber si éramos o no unas Cortes Constituyentes [...] porque no se podía decir que habíamos sido elegidos para hacer una Constitución”. Desde luego, quienes sabían que serían unas Cortes Constituyentes eran el Rey, Suárez y Felipe González. Había que hacer una Constitución democrática para España, pero el camino que llevaba a ella no era único, sino que existían varias variantes.

La primera en que pensó Suárez y su Gobierno fue la de encomendar al ministro de Justicia, asistido por un grupo de expertos, en el que estaría su colaborador Miguel Herrero de Miñón, que elaborase un borrador sobre el que después se negociaría. Pero esta iniciativa gubernamental no la admitieron ni el PSOE ni el PCE, por lo que se descartó enseguida. Una segunda posibilidad consistía en designar, de acuerdo con los partidos parlamentarios, una comisión de expertos en Derecho Constitucional, que no fueran partidistas, para que elaborase, como se hizo con la Constitución de 1931; un documento que después fuese tramitado en las Cortes. Pero tampoco prosperó esta idea y se pasó a un tercer intento, patrocinado igualmente por el Gobierno, basado en que el borrador lo hiciesen los secretarios de cada grupo, asesorado cada uno de ellos por los expertos que eligiesen, para después pasar a la discusión parlamentaria.

Como ninguna de estas tres opciones, con el marchamo gubernamental, pudo salir adelante, el pragmático Suárez no tuvo inconveniente en aceptar la propuesta del PSOE y del PCE de que se nombrase una Ponencia, dentro de la Comisión Constitucional del Congreso, formada por tres miembros de UCD, uno de AP, uno del PSOE y uno de la Minoría Catalana, que se encargó también, aunque por poco tiempo, de representar a la Minoría Vasca. Lo demás es suficientemente sabido. Pero hay que recordar que fue Suárez el hombre que nos llevó a buen puerto y, sin él, todo habría sido mucho más difícil. Como nunca se sabe dónde te aguarda el látigo del destino, Suárez ha vivido en los últimos años sin recordar nada, extraviado en la nebulosa de una cruel enfermedad. Los españoles no podemos caer en la misma injusticia del olvido, porque se trata de un hombre excepcional que modificó el destino de España y que, para vergüenza nuestra, no cuenta ni con una estatua ni con una gran avenida que lleve su nombre en la capital del país por el que tanto hizo.

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