Diario del Derecho. Edición de 29/08/2025
  • Diario del Derecho en formato RSS
  • ISSN 2254-1438
  • EDICIÓN DE 29/08/2025
 
 

El problema de la memoria histórica; por José María Ruiz Soroa, abogado

29/08/2025
Compartir: 

El día 29 de agosto de 2025 se ha publicado, en el diario El Mundo, un artículo de José María Ruiz Soroa, en el cual el autor opina que la Transición como auténtica y homologable génesis de un Estado de Derecho social y democrático parangonable a cualquier otro europeo fue la memoria casi universal de una época española.

EL PROBLEMA DE LA MEMORIA HISTÓRICA

Hay muchos entre nosotros que creen que lo de “la memoria histórica” es un invento de Zapatero o Sánchez, que hasta su llegada al Gobierno no existía recuerdo organizado alguno del pasado reciente de España. Craso error: en todas las épocas ha existido una memoria construida del pasado histórico que ha sido más o menos dominante en la conciencia de las élites culturales y políticas del momento y que les ha servido para legitimar y hacer creíble su proyecto. Las memorias históricas son plurales, García Cárcel escribió un espléndido libro sobre ellas. Y esa pluralidad no hace referencia sólo al hecho de que coexistan a veces diversas memorias en un mismo momento histórico, sino también y, sobre todo, a la circunstancia de que la memoria de un mismo conjunto de sucesos haya sido distinta en épocas diversas, haya ido variando.

Viene a cuento lo anterior para intentar introducir un poco de claridad en la querella sobre la memoria del pasado próximo reciente que azota el ámbito político e intelectual. Me refiero a la apasionada trifulca acerca de si la Transición de los setenta, entendida como un fenómeno político-social que puso fin a una época (el franquismo) y dio comienzo a otra (la democracia) fue una acertada operación que hizo posible transitar desde la dictadura a la libertad con escasos costes gracias a la madurez mostrada por una sociedad que antepuso la reconciliación pacífica a cualquier otra demanda; o bien fue una maniobra inteligente de perpetuación de intereses y poderes tradicionales que llevó a una democracia defectuosa que sería necesario ahora regenerar, porque acusa ya los límites inevitables que le marcó tan impuro origen. Ambas son memorias históricas, no sólo la segunda. Estamos ante dos memorias en disputa intelectual, política y popular de carácter sucesivo.

Plantear esta pugna como una de verificación, es decir, en términos de su mayor o menor correspondencia con los hechos del pasado, conduce inevitablemente a la frustración. Puesto que ni una ni otra versan sobre eso, sobre datos verificables (por mucho que aparentemente ambas lo proclamen) sino que son visiones dispares del pasado construidas desde subjetividades distintas y, sobre todo, con fines distintos. En la realidad social no se conoce por el gusto de conocer, sino por algún interés concreto: se conoce para algo. Y las memorias desde luego se construyen por y para algo.

La Transición como auténtica y homologable génesis de un Estado de Derecho social y democrático parangonable a cualquier otro europeo fue la memoria casi universal de una época española. Fue la que necesitaba la propia Transición para funcionar. Fue después la que proporcionó una base de estabilidad y consenso suficientemente amplio como para aguantar la operación de modernizar a fondo el país que dirigieron los socialistas. Era la que convenía al poder, pero no desagradaba en absoluto a la entonces acomplejada oposición conservadora. Sigue siendo hoy en día la memoria preferida por la derecha, entre otras cosas porque es indulgente con su pasado no tan remoto.

Ahora bien, desde el mismo momento en que la derecha demostró que podía competir victoriosamente por el gobierno en una democracia que se legitimaba en esa memoria, nació para la izquierda la necesidad de proponer una visión nueva que no permitiera esa comodidad conservadora, una memoria alternativa y fuertemente crítica para con ella que la sacara de su zona de confort. Llegó el momento de subrayar las limitaciones de la Transición, las amnesias en que incurrió, el haber aceptado muy fácilmente la reconversión de las élites políticas y económicas de la dictadura en demócratas de toda la vida, el no haber hecho pagar a los dictadores y sus sicarios los crímenes cometidos, el hecho de que el dictador muriera en la cama, la no depuración de la justicia, y así largamente. Francia, Alemania o Italia, se afirmaba, hicieron su transición sobre la memoria del antifascismo militante. Argentina o Chile la hacían por entonces con verdad y justicia sobre el autoritarismo pasado. Sólo España había omitido ajustar cuentas con su pasado execrable. De ahí venían nuestros males.

El paso del tiempo y el cambio de contexto ayudaban a propagar la nueva memoria: las generaciones nuevas no habían vivido la Transición, el siglo empezaba con un choque abrupto con los límites del bienestarismo, campaba el desafecto por la política partitocrática, los nacionalismos periféricos encantados de que el Estado se deslegitimara a sí mismo. De forma que, todo sumado, nos encontramos al final con otra memoria histórica del pasado reciente que tiende a asentarse como la propia de esta época, y que ha conseguido debilitar la memoria anterior presentando sus lemas como ingenuos, o como fruto de una artera jugada de cambio gatopardiano inspirado por los de siempre.

Lo que quizás no se ha subrayado suficientemente (Rafael Núñez Florencio ha escrito bien sobre ello) es que la pelea entre estas dos memorias, que aparentemente sólo atañe a una cuestión histórica bastante concreta como es la tríada “República/Franquismo/Transición”, incide en realidad en un asunto mucho más amplio y más interesante, pues toca a la autoconciencia que tienen los españoles sobre su pasado en general. Dicho muy simplemente, la memoria felipista de la Transición era la narración de un éxito que desmontaba la tesis de la excepcionalidad española; mientras la promovida hoy por la izquierda es la constatación de un nuevo fracaso que nos hace diversos como país. Y hablar de éxito o fracaso en la historia de España es tocar un nervio siempre en carne viva de nuestra cultura y nuestra forma de ser. Nadie se cuestiona como un español es capaz de hacerlo.

No es necesario demostrar cómo la primera memoria de la Transición era la de un éxito y cómo a su amparo surgieron potentes las visiones y trabajos que negaban la excepcionalidad española y la fracasología en nuestra autocomprensión como país. Y que la segunda memoria es la propia de un fracaso tampoco precisa de mucho esfuerzo argumentativo: si España fue incapaz de ajustar sus cuentas con la dictadura, si el fascismo militarista no fue nunca juzgado, si fueron los poderes fácticos los que nos llevaron de la mano, si las cunetas están llenas todavía de asesinados, si la democracia está inevitablemente contaminada por el pacto del silencio, si la Constitución fue poco más que una Carta otorgada entonces, lo que sucedió en la década de los setenta fue un fracaso, uno más de los que jalonan el pasado de ese país cuya historia siempre acaba mal. España no fue capaz de salir de su dictadura con verdad y justicia como lo fueron todos los demás. De nuevo entramos de hoz y coz en la cultura del fracaso secular recurrente, de la que habíamos salido durante un breve tramo de experiencia. Y esto es relevante, más allá de su explotación política inmediata, porque tiende a instalarse en la cultura política de la sociedad como un lastre permanente.

El lastre lo compone una oscura conciencia de que hay algo especialmente defectuoso en el discurrir de nuestros antepasados por el tiempo, de que nuestra historia es excepcional no tanto porque la tenemos amplia y densa como pocos, sino porque no conseguimos acomodarnos con ella. Que no fuimos ni somos capaces de digerir el Imperio, América, la Inquisición Richard Rorty decía que no puede existir nación viable si no hace las paces con el pasado. Una autocomprensión del discurrir histórico como algo que siempre acaba en una insuficiencia frustrante, genera una bajísima autoestima y una dependencia patológica de la opinión extranjera.

Y el problema, como siempre lo ha sido, no es tanto de la masa social como de las élites intelectuales que no fabrican en sus telares las imágenes adecuadas sino que muestran una sempiterna querencia al desgarro y la exageración, sea en forma de desastre sea en la de faro de Trento. Nunca seres normales, ese es nuestro sino.

Comentarios

Escribir un comentario

Para poder opinar es necesario el registro. Si ya es usuario registrado, escriba su nombre de usuario y contraseña:

 

Si desea registrase en www.iustel.com y poder escribir un comentario, puede hacerlo a través el siguiente enlace: Registrarme en www.iustel.com.

  • Iustel no es responsable de los comentarios escritos por los usuarios.
  • No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes.
  • Reservado el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.

Revista El Cronista:

Revista El Cronista del Estado Social y Democrático de Derecho

Lo más leído:

Secciones:

Boletines Oficiales:

 

© PORTALDERECHO 2001-2025

Icono de conformidad con el Nivel Doble-A, de las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web 1.0 del W3C-WAI: abre una nueva ventana