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Ricardo García Cárcel

La dialéctica Cataluña-España. Algunas reflexiones

26/03/2014
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Hoy, cuando tanto se habla del problema de Cataluña, en plena resaca del reciente y polémico congreso sobre España contra Cataluña, celebrado en Barcelona con extraordinario eco mediático, conviene de entrada fijar bien los sujetos políticos de España y Cataluña con sus identidades históricas. El problema identitario nos ha acompañado desde hace mucho tiempo. Ortega se planteó repetidamente: ¿Qué es España? Laín quiso precisar más: ¿A qué llamamos España? Lo que empezó siendo un territorio-provincia del Imperio Romano llamado Hispania se designará como Spanya o Espanya desde el siglo XII; el término se asentará como sujeto político y como objeto de memoria histórica desde el siglo XVI, tanto entre intelectuales castellanos como catalanes. El nombre de Cataluña aparece por primera vez a fines del siglo XI y comienzos del siglo XII, al mismo tiempo que emerge el gentilicio catalán y los primeros textos literarios en catalán, dos siglos después de que el famoso conde de Barcelona Wifredo el Velloso consiguiera unir bajo su autoridad a los condados de la entonces llamada Marca Hispánica. Cataluña constituiría, con Aragón, Valencia y Baleares, la Corona de Aragón desde el siglo XIII. Corona de Aragón y Corona de Castilla se unirán a través del matrimonio de los Reyes Católicos, formando la llamada –y reconocida así en los documentos de la época- Monarquía de Espanya (…).

Ricardo García Cárcel es Catedrático de Historia Moderna de la Universidad Autónoma de Barcelona

El artículo fue publicado en El Cronista n.º 42 (febrero 2014)

Hoy, cuando tanto se habla del problema de Cataluña, en plena resaca del reciente y polémico congreso sobre España contra Cataluña, celebrado en Barcelona con extraordinario eco mediático, conviene de entrada fijar bien los sujetos políticos de España y Cataluña con sus identidades históricas. El problema identitario nos ha acompañado desde hace mucho tiempo. Ortega se planteó repetidamente: ¿Qué es España? Laín quiso precisar más: ¿A qué llamamos España? Lo que empezó siendo un territorio-provincia del Imperio Romano llamado Hispania se designará como Spanya o Espanya desde el siglo XII; el término se asentará como sujeto político y como objeto de memoria histórica desde el siglo XVI, tanto entre intelectuales castellanos como catalanes.

El nombre de Cataluña aparece por primera vez a fines del siglo XI y comienzos del siglo XII, al mismo tiempo que emerge el gentilicio catalán y los primeros textos literarios en catalán, dos siglos después de que el famoso conde de Barcelona Wifredo el Velloso consiguiera unir bajo su autoridad a los condados de la entonces llamada Marca Hispánica. Cataluña constituiría, con Aragón, Valencia y Baleares, la Corona de Aragón desde el siglo XIII. Corona de Aragón y Corona de Castilla se unirán a través del matrimonio de los Reyes Católicos, formando la llamada –y reconocida así en los documentos de la época- Monarquía de Espanya. No se trata de unidad nacional como tantas veces se ha dicho, sino de la unión de dos territorios que ya eran gobernados por la dinastía común de los Trastámara desde comienzos del siglo XV y que ahora lo fueron por un matrimonio que conjugó el respeto a la diversidad federal de sus respectivas coronas de Castilla y Aragón (de raíces romanas) con una creciente conciencia unionista (de raíces góticas) de un proyecto político común que alcanzó su hito más significado en 1492. A lo largo del reinado se incorporaron a las Coronas el reino de Granada, América, Navarra y las plazas norteafricanas, y asimismo se consolidaron las posesiones italianas de la antigua Corona de Aragón. El proyecto político-nacional España empezaba a caminar.

La integración de Cataluña en el ámbito hispano sólo ha sido cuestionada en algunos momentos políticos determinados (once años largos de separación de 1641 a 1652 durante la llamada revolución catalana, en que Cataluña se vinculó como provincia a la Francia de Luis XIII; unos meses de 1713-1714 en que algunos catalanes postularán una república independiente para Cataluña al final de la Guerra de Sucesión y asimismo una fugaz proclamación del Estat Català por parte de Lluís Companys, presidente de la Generalitat, de manera más retórica que efectiva, en octubre de 1934, reprimida rápidamente por el gobierno central). Cataluña, desde el siglo XVI hasta hoy, ha formado parte de la Monarquía Hispánica o del Estado español, ya en el marco de regímenes federales o centralistas.

La historiografía nacionalista catalana, hasta los últimos años, nunca había cuestionado la inserción de Cataluña en el marco político español. Lo que siempre había hecho el nacionalismo catalán era confrontar la identidad catalana con la castellana, reivindicando la pluralidad de las Españas. El primer argumento fue el etnicista en el siglo XIX. Valentí Almirall, en su libro España tal como es (1896) consideraba que la historia de España estaba marcada por el enfrentamiento de dos etnias diametralmente opuestas: “el grupo centro-meridional por la influencia de la sangre semita que debe a la invasión árabe, soñadora, generalizadora, aficionada al lujo, ampulosa, autoritaria, centralizadora, absorbente” y el grupo pirenaico, “procedente de razas primitivas, positivista, analítica y recia, nada formalista, basada en la libertad y en la confederación”. Este último tiende a la descentralización, la variedad, la federación, la libertad individual y regional; y el otro a la concentración, la unificación, la preponderancia de su raza, el autoritarismo. Los semitas del centro y del sur frente a los no semitas del este. Al etnicismo se incorporaron ensayistas e ideólogos de pelaje diverso. Pompeu Gener en su libro Herejías (1888) contraponía las provincias del norte y nordeste a las del centro y sur: “En estas últimas predomina demasiado el elemento semítico y, más aún, el presemítico o berber con todas sus cualidades: la morosidad, mala administración, el desprecio del tiempo y de la vida, el caciquismo, la hipérbole en todo, la dureza y la falta de medios en la expresión, la adoración del verbo”. En 1917, el veterinario y político Rossell i Vilar publicaba un folleto titulado Diferències entre catalans i castellans. Les mentalitats específiques en el que, además de considerar el mestizaje como el gran peligro para el mantenimiento de las esencias catalanas, proclamaba la radical incompatibilidad de las razas catalana y castellana: “La discordia entre ambas razas es un fruto natural”1.

A lo largo del siglo XX se ha apelado más al diferencialismo político y cultural de Cataluña con respecto a Castilla que a la confrontación étnica. A la sinécdoque (la parte por el todo) de la confusión Castilla-España contribuyó mucho, desde luego, la intelectualidad castellana que sublimó a Castilla hasta el extremo de considerar a España construcción exclusiva de Castilla. Los Ortega, Menéndez Pidal o Sánchez Albornoz contribuyeron, sin duda, a la sinécdoque, que el nacionalismo catalán en las postrimerías del siglo XX asumiría deslizando progresivamente el tránsito de Castilla a España, como contrapunto de Cataluña. La tentación monopolizadora de España por Castilla no es, por otra parte, reciente. Ya estaba presente en los siglos XVI y XVII. El tortosino Cristòfor Despuig se quejaba de esta obsesión monopolística en el siglo XVI y recordaba que “Catalunya no sols és Espanya, mas és la millor Espanya”. Y el valenciano Gaspar Escolano décadas más tarde se irritaba contra los que “llaman a sola Castilla España y a solos los castellanos españoles. Ignorancia es tan pueril que merece ser condenada a risa”2.

Lo cierto es que a lo largo del siglo XX han ido cambiando los sujetos políticos en juego y, desde luego, los análisis de su dialéctica. Significativamente, Pierre Vilar, el gran historiador marxista, tituló su clásica obra de 1962 como Catalogne dans l’Espagne moderne, que se tradujo en catalán bien expresivamente con la preposición dins (dentro de). Curiosamente, la preposición inclusiva en fue borrándose poco a poco y acabó sustituyéndose en los años ochenta y noventa por la conjunción copulativa y (Cataluña y España), lo que a algunos les permite una pretendida homologación simétrica de los conceptos Cataluña y España. Hay que precisar que la conjunción copulativa no presupone equiparación. En la Història de Catalunya, todavía manuscrita del jesuita catalán Pere Gil a fines del siglo XVI se utilizan permanentemente en muchos títulos de capítulos el término dual Espanya i Catalunya, pero desde la conciencia de Cataluña como parte correspondiente de un todo España.

Ahora, el reciente congreso celebrado en el Instituto de Estudios Catalanes ha dado un paso al frente y sustituye la ilación Cataluña-España por la proposición contra: España contra Cataluña, con el discurso ideológico incorporado de la presunta coerción, explotación, represión que, presuntamente, España habría ejercido desde 1714 hasta nuestros días. De entrada, llama la atención que el deslumbramiento por la fecha de 1714 y la toma de Barcelona por el ejército borbónico haga a los organizadores empezar con esa fecha su recorrido por el victimismo catalán respecto a España. No entiendo cómo no se mencionan la “iniquidad del Compromiso de Caspe”, la castellanización impuesta del siglo XVI o la exclusión forzada de Cataluña del comercio americano, que se han utilizado tantas veces como ejemplos de los estigmas de la dominación española en Cataluña. Por otra parte, no deja de ser sorprendente que se apele a la historia de los tres últimos siglos cuando el discurso legitimador de la independencia catalana es hoy absolutamente presentista: “Espanya ens roba”. Que la Generalitat de Cataluña haya intentado dotar de argumentos historicistas el mantra habitual de la sociedad catalana actual no deja de llamarme la atención en tiempos de pérdida de valor referencial y legitimador de la historia.

En este artículo quiero hacer algunas reflexiones sobre los argumentos historicistas más invocados en el referido congreso y las críticas que, a mi juicio, merecen. El discurso historicista del España contra Cataluña se asienta sobre tres principios fundamentales.

1) El victimismo continuo y multiforme. Represión militar. Centralización forzada. Expolio económico. Inmigración como desnacionalización impuesta. Extorsión cultural. Educación destructiva. Uniformización legislativa. Exilios penosos. Un cuadro desolador que obliga a plantearse con admiración la capacidad de supervivencia de una sociedad que puede superar tanto maltrato. Contra este discurso victimista conviene recordar que la defensa épica de Barcelona ante el ejército borbónico exige múltiples matizaciones. Ciertamente, fue un episodio que tuvo un eco extraordinario en la España de su tiempo y el heroísmo barcelonés suscitó glosas incluso entre los borbónicos sitiadores: el sitio duró un año y tres meses y el asalto final del 11 de septiembre diez horas y media. Un total de 30.000 bombas sobre la ciudad. Hay que empezar por recordar que el dramatismo del sitio de Barcelona en 1714 es especialmente patético, porque la ciudad había padecido ya hacía bien poco sitios de distinta naturaleza. En 1697, Barcelona fue sitiado, tomada y gobernada por los franceses durante unos meses. En mayo de 1704, lo fue por los austracistas. En septiembre de 1705 fue, de nuevo, sitiada por los austracistas que, tras un bombardeo terrible (6.000 bombas), la tomaron. En abril de 1706 fue otra vez sitiada, esta vez por los borbónicos, aunque infructuosamente. Finalmente, el sitio de 1713-1714, que es que el da lugar al mito de la Barcelona antiborbónica.

Hubo más víctimas, curiosamente, entre los sitiadores que entre los sitiados austracistas (6.850 bajas entre los austracistas y 14.200 entre los borbónicos). La historiografía nacionalista del siglo XIX sublimó como héroe nacional catalán a Rafael de Casanova, el conseller en cap que fue herido en la batalla final. Pese a la mitificación de su figura, Casanova se opuso rotundamente a la resistencia final y se ha demostrada que tuvo relaciones conflictivas con los líderes de la resistencia. Murió, por cierto, en 1743 totalmente desengañado. Un héroe inventado como tal héroe3.

El epistolario de Rafael de Casanova con Francesc de Castellví cuestiona aspectos de la épica de la defensa de Barcelona, en especial la imagen del fatalismo inevitable de la propia defensa. Hubieran podido transitarse otros caminos alternativos al de la defensa numantina si se hubiese cumplido el Tratado de Evacuación de marzo de 1713 y su reflejo catalán, el Convenio de Hospitalet del 22 de junio de 1713. Un análisis en profundidad de la gestación del sitio de Barcelona refleja la evitabilidad del proceso que condujo al 11 de septiembre. Hoy se sabe que la prensa informativa catalana, controlada por los Figueró, silenció u ocultó a la sociedad barcelonesa la realidad de los tratados de Utrecht y la falta de cobertura de apoyo de las potencias aliadas. Abruptamente, en una Junta de Brazos, con muy escasa representatividad, en julio de 1713, por 78 voto contra 45, se votó por la resistencia final de Barcelona frente a los borbónicos, confiando en que todavía los apoyos de los aliados Inglaterra y el Imperio no faltarían. El fanatismo religioso tuvo, por otra parte, una influencia decisiva en el resultado de la votación que impuso el criterio radical sobre el posibilista. Salvador Feliu de la Penya atribuyó la situación final al “estado en que nos han puesto las beatas y gente que creíamos de virtud”. La pérdida del sentido de la realidad (“ciega resolución” le denominaron algunos cronistas) llevó, en el colmo de los despropósitos, a plantearse pedir ayuda a los turcos. En el acuerdo de Utrecht entre Inglaterra y la monarquía española se concedían la amnistía y los mismos privilegios económicos que tenían los castellanos (es decir, la apertura al mercado atlántico). El rey Felipe V, aun con toda su obsesión anticatalana (explicable por lo que él consideraba traición catalana en 1704 al faltar a la lealtad inicial al compromiso de fidelidad al heredero que Carlos II había establecido en su testamento de 1700: el Borbón), estaba dispuesto a ceder los fueros municipales a instancias de su abuelo Luis XIV. Así lo reflejó en el tratado de Rastatt en marzo de 17144.

El llamado “caso de los catalanes” se arrastraba desde 1711, cuando el candidato a rey por el bando austracista, el rey-archiduque Carlos, decidió irse a Viena como Emperador. La confusión de la realidad con el imaginario por parte de los catalanes fue patética. Sus embajadores en Viena y Londres hasta el último momento mantuvieron una ilusión vana aparentando ignorar los auténticos intereses de austríacos y borbónicos.

Las derivaciones del sitio de 1713-1714 son bien conocidas, y fueron catastróficas para la ciudad. Los efectos sobre el espacio urbano los ha destacado Albert García Espuche, y son incuestionables. La construcción de la ciudadela militar tuvo un significado simbólico que se prolongó hasta mediados del siglo XIX. Sólo desapareció en 1883. La represión militar por parte de los vencedores está más que probada. La Nueva Planta de 1716 significó la instalación de un nuevo régimen político con la supresión de los fueros y las instituciones históricas catalanas. Pero conviene tener en cuenta que instituciones como la Generalitat habían sido ya barridas por el propio radical Consell de Cent en febrero de 1714, asumiendo sus funciones, en su afán de controlar la resistencia, frenando cualquier intento de pacto entreguista a los borbónicos. Lo subrayó el nada sospechoso Sanpere i Miquel, que habló de auténtico golpe de estado del Consell de Cent: “El acto de la cesión admiró por su irregularidad a todos, pero la necesidad hizo callar los sentimientos”. La Nueva Planta catalana en 1716, pese a su legado tantas veces victimizado, nunca alcanzó los niveles represivos de la Nueva Planta en Aragón y Valencia en 1707, tras la batalla de Almansa. La pervivencia del derecho civil catalán supone un hecho diferencia importante a favor de Cataluña respecto a los otros reinos de la Corona de Aragón5.

La interpretación de la Nueva Planta como la mera expresión de una voluntad punitiva que tanto defiende el nacionalismo catalán ha sido seriamente cuestionada por los defensores de que lo que significó el nuevo régimen fue la concreción de criterios de racionalidad administrativa, que se aplicarían en la punción fiscal del catastro, la significación de la universidad de Cervera o las raíces de la castellanización.

Nadie puede negar que la experiencia de 1714-1716 marcó las relaciones futuras de Cataluña con la monarquía, con múltiples recelos y desconfianzas. El estigma de la deslealtad catalana fue una sombra que se reprodujo en el reinado de Carlos III, en los años setenta del siglo XVIII, con lo motines anti-quintas. Ciertamente, no faltan juicios terribles sobre los catalanes, como el del militar Lucuce. Pero tampoco faltan los juicios favorables a la laboriosidad y productividad catalanas, como los que hicieron Nipho o Jovellanos. La mayor parte de la sociedad catalana vive en la posguerra de 1714 la conciencia del desengaño político, sobre el que se asentaría su ulterior despegue económico, el aferramiento a la normalidad cotidiana como vía de superación de los traumas vividos.

Francesc de Castellví describía así los días subsiguientes al mítico 11 de septiembre de 1714: “El día 13 a la tarde havían abierto ya algunas tiendas y el día 14 por la mañana los habitantes generalmente las abrieron todas y volvió a correr el comercio y los artesanos a su trabajo con tranquilidad, como si dentro de la ciudad no hubiera sucedido cosa alguna. En las tiendas cuyos maestros habían muerto comparecían las viudas y los hijos con las divisas del luto. Todo continuava en quietud y en los semblantes de los vecinos se advertía la mayor serenidad, atentos y corteses. Quando se les hablaba del sitio y la defensa, respondían que esto era un caso pasado y que no era menester hablar de ellos y con blandura desviaban el discurso para no entrar en disputas sobre las pasadas operaciones”. El ampurdanés Sebastià Casanovas escribía: “En cas en ningú temps hi hagués algunes guerres, que en ninguna de les maneres no s’afeccionin amb un rei ni amb un altre, sino que facin com les mates, que són per los rius, que quan ve molta aigua s’aclaten i la deixen passar, i després a alçar quan l’aigua és passada; i així obeir-los tots qualsevol que vingui, però no afeccionar-se amb cap, que altrament los succeiria molt mal i se posarien en contingència de perdre’s ells i tots sos béns”6.

La trayectoria de Rafael de Casanova, muerto en Sant Boi en 1743, alejado de toda actividad política y proclamando que “únicamente deseo estar en mi casa con quietud desengañado de lo que es el mundo” sería probablemente la pauta de conducta de la inmensa mayoría de la sociedad catalana. La imagen de una sociedad enfrentada al poder borbónico sólo se reflejaría en algunos sectores minoritarios. No puede convertirse toda revuelta o contestación social a lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX en presuntos levantamientos nacionales contra España o la monarquía. La realidad es que los bombardeos de Espartero o Prim en el siglo XIX se explican porque la burguesía catalana proteccionista contó siempre con el apoyo económico y político del gobierno central para solucionar la cuestión social, su cuestión social. Abundaron las pruebas de la lealtad catalana a la monarquía en 1793 en la guerra con la Francia revolucionaria y 1808 en la llamada Guerra de la Independencia. En ambos casos, la apuesta catalana por España fue plenamente confirmada. La significación de Antoni de Capmany al respecto es bien expresiva.

El tan repetido tópico de la contraposición entre la sociedad castellana agraria y la sociedad catalana industrial en el siglo XIX también exigiría múltiples matizaciones. El formidable crecimiento de Cataluña en el siglo XVIII se explica hoy desde la óptica de las virtudes de una sociedad civil catalana capaz de superar los lastres de un Estado opresor. No es, desde luego, lo que pensaba Vicens Vives, que tanto exaltó los valores de la burguesía catalana del siglo XIX, cuando escribió: “Al echar por la borda de un pasado con anquilosado régimen de privilegios y fueros la Nueva Planta de Felipe V fue un desescombro que obligó a los catalanes a mirar hacia el porvenir y los liberó de las paralizadoras trabas de un mecanismo legislativo inactual”7. La colaboración de la burguesía catalana con el Estado ha sido una constante en la época contemporánea con el proteccionismo por bandera. Por otra parte, desde el punto de vista cultural, ¿cómo puede ignorarse la colaboración de la aristocracia y la burguesía catalanas austracista y borbónica en los procesos culturales del siglo XVIII, como en la Universidad de Cervera o la Academia de Buenas Letras?.

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