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Europa, una utopía realista; por José M. de Areilza Carvajal, Cátedra Jean Monnet-Esade y Secretario General de Aspen Institute España

22/10/2013
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El día 22 de octubre de 2013, se ha publicado en el diario ABC, un artículo de José M. de Areilza Carvajal, el cual el autor opina que si queremos que arraigue el nuevo europeísmo, parece asimismo esencial que los Estados miembros hagan aportaciones para hacer avanzar la integración, más allá de la defensa de intereses a corto plazo que la crisis económica ha propiciado.

EUROPA, UNA UTOPÍA REALISTA

Se ha convertido en lugar común afirmar que la crisis de la moneda única ha revelado una clamorosa falta de liderazgo y de visión en torno al proceso de integración europea. Sin embargo, no llama tanto la atención que la moneda común ha sobrevivido a los peores embates de los poderosos mercados financieros y, que ha sucedido por razones igualmente poderosas de carácter político, no sólo económicas. Ningún gobierno de la Eurozona ha decidido abandonar este navío, a pesar de sus defectos de fábrica, y tampoco hemos virado hacia un euro con menos Estados. El rediseño de la Unión Económica y Monetaria para hacerla más sólida y creíble está en marcha, a pesar de los titubeos y las dificultades para transferir nuevos poderes y recursos a la Unión.

Han pesado la inercia pro-europea, como un hondo convencimiento de que la integración es el horizonte de nuestra época. Pero no basta con haber salvado los muebles, ni la cautela lucida por los Estados acreedores, en especial por quienes son gobernantes en los países acreedores, una nueva categoría de líderes renuentes aupados al puente de mando de Bruselas. Para que la Unión Europea resista al populismo en auge en tantos Estados, como a la todavía más grave indiferencia popular, es necesario formular un nuevo europeísmo, adaptado al tiempo en el que vivimos. Un ideal para una Unión muy diversa, que pronto tendrá más de treinta Estados y en la que habrá con más frecuencia ganadores y perdedores. Necesitamos una narrativa europea distinta, que movilice a favor de la integración, más allá de las admirables invocaciones a la paz y a la prosperidad compartida de Jean Monnet y otros padres fundadores. A partir de este nuevo impulso utópico, el europeísmo para el siglo XXI podría basarse en estos dos objetivos: hacer plenamente compatible el avance en la integración europea con los proyectos nacionales de sus Estados miembros, es decir, descubrir que son mutuamente compatibles los avances de la integración con las demandas de modernización política o económica en el interior de los Estados, y dar por fin respuesta al imperativo de convertir a la Unión en un actor global, al levantar la vista y comprobar la acelerada transformación del mundo que nos rodea. Como afirmó el filósofo Javier Gomá en la conferencia de apertura del curso en ESADE hace unos días, los ideales son imprescindibles: marcan un objetivo y mediante la atracción que producen, impulsan el progreso moral de los pueblos. Aunque luego la realidad se quede a mitad del camino, si actuamos con objetivos bien definidos, al menos habremos recorrido un buen trecho.

El primer vector de este nuevo europeísmo exigiría abandonar cualquier nostalgia hacia la integración que ya ha discurrido y actuar de modo realista y pragmático para reforzar la gobernanza europea actual. Ni la Unión ni la Eurozona pueden revivir su pasado, ni aspirar a sobrevivir siendo sobre todo un proyecto dominado por expertos y basado en el llamado método de los pequeños pasos, cuyos resultados justificaban un cierto despotismo ilustrado. Por otro lado, la Unión no debe caer en el extremo opuesto de aspirar a convertirse en un super-Estado, inventando una demanda ciudadana que no existe, algo que sería del todo contraproducente. Las instituciones de Bruselas, a cambio, tienen que conseguir hacer política de forma más explícita y no solo formular políticas, es decir, mejorar la calidad del debate democrático europeo, con más transparencia, inteligibilidad, rendición de cuentas y competencia entre distintas visiones europeas del bien común. Las elecciones europeas dentro de seis meses serán un importante y difícil test en este sentido.

En el plano nacional, deben cobrar más importancia las reformas políticas y económicas, no por imposición de las instituciones europeas, sino como una manera de aprovechar desde las capitales nacionales más a fondo las oportunidades que ofrece la Unión. En este sentido, la reforma constitucional pendiente en España habría de partir de nuestra condición de Estado miembro de la Unión, una realidad jurídico-política que ofrece valiosas orientaciones. La revisión de nuestro modelo territorial sería más factible teniendo como hilo conductor cómo se forma la voluntad estatal en cuestiones europeas, de qué modo preservamos en nuestro territorio la integridad del mercado interior o cómo se podría aplicar de manera más eficaz y coherente el Derecho comunitario.

Si queremos que arraigue el nuevo europeísmo, parece asimismo esencial que los Estados miembros hagan aportaciones para hacer avanzar la integración, más allá de la defensa de intereses a corto plazo que la crisis económica ha propiciado. En el caso español, una de estas propuestas debería ser el desarrollo político del concepto de ciudadanía europea. En 1992 fue una aportación del gobierno de Felipe González, pero sigue en estado embrionario. Este ciudadano, complementario de la nacionalidad de un Estado miembro, propone un ideal cosmopolita, del todo apropiado para introducir racionalidad y moderación en nuestro debate territorial, porque su esencia reside en hacer posible la pertenencia a distintas identidades colectivas, haciendo plenamente compatible la integración europea con la lealtad a los proyectos de vida en común de los Estados nación que la componen. No en vano, durante la campaña electoral alemana el pasado mes de septiembre algunas voces reclamaron con gran normalidad que la integración europea no ocupase la totalidad de los debates públicos, ni fuese una realidad omnipresente, y que para ello se desterrase la idea de que todo lo bueno o todo lo malo viene de Bruselas. En el fondo, se pedía que la democracia a escala nacional mantuviese su plena vigencia, por mucho que se tuviera en cuenta el contexto europeo.

El segundo vector de un europeísmo posible, y ojalá venidero, es el reto planteado desde hace tiempo de convertir a la Unión Europea en un actor global. De nuevo, la idea de revestir a la Unión con un traje de superpotencia debe ser desechada. La ropa no tiene emperador, advertía el gran teórico de la integración Joseph Weiler en uno de sus artículos más famosos. Pero como ha señalado con lucidez José Ignacio Torreblanca al reclamar una Unión más extrovertida, si no hacemos esta transformación en un mundo multipolar corremos el riesgo de que no haya un polo europeo. La mayor parte de los problemas que afrontaremos en los próximos años se gestionarán con soluciones diseñadas y pactadas fuera de nuestras fronteras y, sencillamente, no podemos permitir que otros las tomen por nosotros. La suma de la mitad de todos los esfuerzos europeos, todavía hoy descoordinados, en el terreno de la diplomacia, la seguridad o la defensa, sería suficiente para alcanzar este objetivo.

La tarea de construir y difundir el nuevo europeísmo convoca también a una nueva generación, para los que la pertenencia a la Unión es tan natural como los atardeceres, el cambio de estaciones o el mundo digital. El desafío europeo de nuestro tiempo lo resume muy bien Goethe cuando dice “lo que has heredado de tus padres, ahora tienes que merecerlo”.

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