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Crisis de nuestra democracia; Por Manuel Ramírez, Catedrático de Derecho Político

15/06/2012
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El día 15 de junio de 2012, se ha publicado en el Diario ABC, un artículo de Manuel Ramírez, en el cual el autor analiza por qué aquellos españoles que recibieron sin grandes dudas el devenir democrático, debidamente limado en sus extremos en las primeras elecciones generales dejando al sistema en un pluripartidismo limitado, andan actualmente sumidos en una insoslayable desilusión.

CRISIS DE NUESTRA DEMOCRACIA

Estimamos que es hora de preguntarse por qué aquellos españoles que recibieron sin grandes dudas el devenir democrático, debidamente limado en sus extremos en las primeras elecciones generales dejando al sistema en un pluripartidismo limitado, por qué andan actualmente sumidos en una insoslayable desilusión. Las causas están, lógicamente en los defectos que nuestra actual democracia presenta ante ellos. Permítaseme que los enumere de forma no muy extensa:

1.- La ruptura del ámbito de la democracia

Tras el resultado final de la segunda guerra mundial, se produce una especie de universalización o mundialización del concepto de régimen democrático. Gran parte de naciones se suman a la democracia. Pero ocurre que, en algunos países entre los que encontramos al nuestro, cuando sale del autoritarismo anterior, lo que se produce es una concepción errónea de que el principio democrático está en todos los terrenos y sectores de la sociedad. La democracia tiene su ámbito en el terreno político. Cuando aquí hablamos de ruptura hacemos referencia al hecho de que se haya constituido en principio hegemónico en terrenos en los que deben predominar otros principios. Piénsese en los terrenos religioso, académico o militar.

2.- La crisis de valores

También podríamos usar el epígrafe como ausencia. Porque son dos las circunstancias que en este punto concurren. En primer lugar, el desprecio y hasta la condena de valores por creer que eran propios del sistema autoritario anterior. Quizá hubiera sido suficiente con alguna matización, pero, siguiendo la vieja tendencia de negar, manejar o manipular parte de lo recibido, se prefirió dar al traste a valores tales como el orden, la autoridad, el respeto a la antigüedad o la consideración a los méritos por otros obtenidos. Y, en segundo lugar, la incapacidad de articular un sistema de valores propios de la democracia, que los tiene y que de forma general suelen denominarse “cultura cívica”, entre nosotros todavía sumamente débil.

3.- La mediocridad

Estamos acostumbrados a oírlo como defecto de los políticos que nos gobiernan. Pero hay que ir mucho más allá. No es posible negar que con el panorama de las autonomías han proliferado numerosas muestras de culturas locales. Pero no es menos cierto que, a más del derroche que esta tendencia supone (resulta suficiente con pensar en el número de revistas que proliferan), el auténtico valor cultural de estas manifestaciones es harto minúsculo. Algo similar en las “llorosas series” televisivas, la evasión a través del fútbol, el lenguaje que se oye y que destroza el idioma, el aumento de cadenas televisivas regionales que bien poco aportan, los segundos planos para la música clásica, el arte escénico o la ópera, etc. Todo eso afecta a la sociedad. Y de una sociedad mediocre únicamente pueden surgir políticos mediocres. Y, claro está, vivir en un contexto mediocre también hiere los sentimientos de los ciudadanos, sobre todo de aquellos que en su día gozaron de un buen bachillerato.

4.- Y la partitocracia

Cuando nuestra actual Constitución regula, por primera vez en nuestra historia, y reconoce la existencia de los partidos, lo hace, sin duda, con unos párrafos claramente hegemónicos: expresan el pluralismo político, son instrumento fundamental para la "participación política. Y aunque el mismo texto constitucional, en su artículo 23 reconoce que la participación puede hacerse directamente o a través de representantes, es sabido que nuestros constituyentes optaron claramente por la democracia representativa, a través de partidos, minusvalorando la participación directa. Y hay que añadir que, en cuanto representación de la soberanía, también se encarga al Parlamento la elección de algunas figuras jurídicas propias de otro poder (Tribunal Constitucional, parte del Consejo General del Poder Judicial, Defensor del Pueblo).

Hasta aquí, nada que objetar. Pero son dos los extremos que no dice la Constitución. Ni que esa elección parlamentaria se haga a través de las nefastas “cuotas” de los partidos, sin más, sin ningún control paralelo o superior de los propuestos (que, claro está, siempre se mostrarán obedientes con el partido que propone), ni que los partidos, de una forma u otra, han de estar en todo el entramado social. En vez de “sopa de partidos”, como un día denunciara Felipe González antes de las primeras elecciones generales, ahora habría que decir “partidos hasta en la sopa”. Para todo y por encima de todo. Sin advertir que la democracia representativa no puede estar en todas partes (formación de claustros, elección de cargos académicos, tribunales de oposiciones, etc.). Como así está ocurriendo, entramos en el peligroso camino de la partitocracia. Vale quien el partido ha decidido y surge una nueva lealtad: de la “lealtad al jefe” antes y tan denostada a la “lealtad al partido”. O al sindicato, que igual camino recorre. Y con la partitocracia o la sindicatocracia, duro golpe se atribuye a la visión deseada de nuestra actual democracia.

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