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Un Kennedy sin relevo; por Rafael Navarro-Valls, Catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad Complutense de Madrid y Director de la Revista General de Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado de Iustel

28/08/2009
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El día 27 de agosto de 2009 se publicó, en el diario El Mundo, un artículo de Rafael Navarro-Valls, en el cual el autor analiza la trayectoria de Edward Kennedy. Trascribimos íntegramente dicho artículo.

UN KENNEDY SIN RELEVO

En su primera campaña para el Senado, el joven Edward Kennedy madrugó para pedir su voto a los obreros de una fábrica de Massachussets. Se le acercó un viejo trabajador y le espetó: “Teddy, hijo, me han contado que no has trabajado ni un día en tu vida”. El menor de los Kennedy se puso a la defensiva. El interlocutor rápidamente añadió: “Deja que te diga una cosa, chico: no te has perdido nada”.

Este ambiguo episodio explica la calificación política del fallecido Teddy como integrante de la “izquierda del caviar” norteamericana. Un corazón liberal en una cabeza conservadora. Una política de izquierdas en una vida de bon vivant.

Su vida política tuvo como horizonte la Presidencia de Estados Unidos, pero su verdadero terreno de juego fue el Senado. El sky line presidencial se dibujó de súbito en el panorama político por una tragedia. Su hermano Bobby había sido asesinado en plena campaña para la Presidencia. Mientras acompañaba su cadáver en el ascensor del hospital, alguien le comentó: “Eres todo lo que nos queda. Tienes que asumir el liderazgo”.

Según Jim Weighart: “Ocurrió como en un partido de tenis; de repente todas las cabezas se volvieron a Ted. Pero éste no estaba preparado”.Teddy era consciente de ello. Por eso se negó a ocupar el puesto de su hermano en la Convención demócrata de Chicago (1968), que acabó eligiendo en unas jornadas caóticas a Hubert Humphrey, con gran alivio de Nixon.

Doce años pasaron para tomar conciencia de que ahora tal vez sí estaba preparado. En la campaña presidencial de 1980 el prestigio de Carter estaba por los suelos, casi como Nixon después del caso Watergate. Se necesitaba urgentemente una alternativa: alguien con carisma que pudiera contrarrestar a Reagan, que arrasaba entre los republicanos. Todo apuntaba al senador Edward Kennedy.

Su apellido seguía siendo mágico. Sus tres períodos como senador habían sido brillantes y le concedían prestigio en el ala izquierda del partido, que añoraba vagamente el liberalismo de Roosevelt. Era, además, elocuente y con capacidad para la maniobra política.

En noviembre de 1979 se lanzó a disputarle la candidatura a Carter. Al cerrarse el proceso de primarias éste, sin embargo, se había hecho con 1.981 delegados; Kennedy había logrado 1.225. Carter había ganado en 20 estados, Kennedy sólo en 10. Al final, Kennedy perdería en la convención celebrada en el Madison Square Garden de Nueva York.

¿Causas? Probablemente, la fundamental fue que el electorado norteamericano -incluido el demócrata- no le había perdonado la tragedia de Chappaquiddick (julio 1969), en la que perdió la vida su secretaria Mary Jo Kopechne en el Oldsmobile modelo 1967 que él conducía. Un episodio sombrío, rayano en la irresponsabilidad criminal, en el que se puso de manifiesto esa cierta arrogancia kennediana frente a las reglas que a todos nos obligan. Como dijo Peter Collier: “La familia que hasta entonces había sido víctima de conspiraciones se convertía en presunta culpable”.

Barack Obama acaba de afirmar que Edward Kennedy “era uno de los más grandes legisladores de nuestro tiempo”. Prescindiendo del hecho de que el senador fuera el verdadero mentor de su candidatura, la verdad es que el trabajo de casi medio siglo en el Senado (fue elegido en 1962), hizo que las principales leyes sociales, sobre derechos civiles y sanidad llevaran su firma. Era el segundo miembro más antiguo del Senado y desde su asiento vio desfilar a diez presidentes.

Con él muere el último Kennedy de la primera generación (de los nueve hermanos sólo vive la anciana Jean Ann). No parece que la segunda pueda hacerse con la antorcha.

Joseph (56 años, hijo de Bob) ha dejado la Cámara de Representantes acosado por un escándalo de faldas; John-John, hijo de JFK -el “pequeño príncipe de América”- falleció en un accidente de aviación en 1999; Patrick -hijo de Ted y miembro de la Cámara de Rhode Island- está involucrado en un problema de drogas; Caroline Kennedy, hija de JFK, ha tenido que renunciar a presentar su candidatura para senadora por Nueva York...

Todo apunta a que la muerte del viejo senador inicia la fase crepuscular de los Kennedy.

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