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El localismo español, por Santiago González Varas, Catedrático de Derecho Administrativo

27/05/2013
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El día 25 de mayo de 2013, se ha publicado en el diario La Razón, un artículo de Santiago González Varas, en el cual el autor opina acerca del localismo de España

EL LOCALISMO ESPAÑOL

En la mayor parte de los países de nuestro entorno se entiende que quien quiere mejorar sus opciones laborales tiene seguramente que “sacrificarse” o “moverse” para seguir su proyecto personal, sobre todo en el ámbito público. La movilidad se manifiesta en Estados Unidos o en Francia, donde las oposiciones se dirigen desde el Estado y el opositor, si quiere ocupar el puesto que ambiciona, tendrá seguramente que cambiar de lugar de residencia. Y en el Estado federal alemán tampoco se concibe que uno acostumbre a ser funcionario donde nace, o culminar la carrera de profesor en la misma ciudad donde se cursaron los estudios en el colegio o en la Universidad; en España, en cambio, el promedio debe de estar en unos cuarenta kilómetros a la redonda del pueblo en cuestión (y tampoco es justificación suficiente ausentarse tres meses para tener una estancia en otro lugar).

En España, el ámbito público ha pasado a estar afectado por el localismo, pese a que algo de la sana movilidad queda, en tanto en cuanto aún no han conseguido meterse las nuevas tendencias: abogados del Estado o jueces, por ejemplo, pese a que no nos extrañe que terminen sucumbiendo a los modernos encantos políticos. En España, por desgracia, la movilidad se da actualmente sólo en el contexto de la desdichada emigración que padecemos de nuevo.

Ahora bien, es preciso reconocer que el localismo parece hacer felices a muchos hombres y mujeres, porque con tal de hablar lenguas locales (olé) y celebrar conmemoraciones anti-unidad, uno es ya feliz (como aquellos del Narrenschiff de S. Brant). El localismo es la marca actual de la nueva “Spain is different”. Lo curioso es que todo esto se ha hecho al parecer mientras se quería europeizar España; se miraba sobre todo a Francia, el otro lado de la frontera, y uno se pregunta, ¿qué se veía allí cuando resulta que las estructuras políticas territoriales allí imperantes no eran sino las que había en España? Singular fenómeno éste de que para ser europeos hacemos algo distinto de lo europeo.

Primero, el localismo en España se manifestó cómo fenómeno regional, pero con el tiempo este elemento va contagiando el complejo social general, originándose “intereses creados”, preocupantes, porque podría haber ya una mayoría interesada o instalada en el localismo. Incluso algunas voces que se presumen de cierto nivel no dudan en anteponer elementos locales a la legalidad misma. Tiene ventajas y es cómodo. El normal pasa a ser el anormal, y el anormal normal. Alejándonos de las sanas estructuras territoriales tradicionales y europeístas, se dificulta el propio Estado de Derecho, porque éste funciona cuando la Ley se aplica con objetividad pero no cuando se sujeta a condicionantes locales. La sociedad se empobrece, así como la propia importancia de los puestos de trabajo, porque éstos serán más apreciados y valorados por la sociedad si ésta observa que para quien los ostentan merece la pena moverse o trasladarse. Éste era el sistema histórico imperante también en España, pese a que el localismo ha pasado a formar parte de nuestra vida ordinaria, como funcionarios locales, o regionales, estatales, empresas... ¿Para qué trasladarse si uno puede hacer todo en casa y hasta se tienen mayores opciones siendo local?

¿Soluciones? Los problemas parten en buena medida de un déficit de tipo cultural, desconocimientos de la realidad de otros estados y de la propia historia del nuestro. En España se vive de tópicos. La gente debería darse cuenta de que la solución a sus problemas no pasa por enarbolar las habituales banderas carlistas con que se adornan cotidianamente nuestras manifestaciones en la calle, ya que beneficia más al individuo (y su bolsillo) el Estado unitario. Hay que dar tiempo. De momento es hasta comprensible que quien gobierna la Nación no pueda hacer mucho contra esto, porque en nuestro país rige la regla de que cuanto más se intenta la racionalidad, mayor es la oposición del localismo imperante y antiilustrado. De momento, no queda otra que lo de siempre: ser intelectual y sufrir, o sumarse al localismo y gozar.

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