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Después de las europeas; por Francisco Sosa Wagner, Catedrático y eurodiputado por UPyD

19/08/2014
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El día 19 de agosto de 2014, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Francisco Sosa Wagner, en el cual el autor opina que es preciso unir esfuerzos y lograr un acuerdo entre los pequeños partidos constitucionales para acudir a las elecciones locales, autonómicas y generales.

DESPUÉS DE LAS EUROPEAS

Desde una modesta organización ciudadana, surgida en el País Vasco para luchar contra el terrorismo y desenmascarar a sus cómplices, nació el partido Unión, Progreso y Democracia, cuyas siglas (UPyD) forman parte del actual paisaje español y de nuestro vocabulario político. Gracias al valor y al esfuerzo personal de RosaDíez, esta formación está presente hoy en el Congreso de los Diputados, en algunas comunidades autónomas, en muchas corporaciones locales, en el Parlamento Europeo... Como expresivamente dijo la propia Rosa en alguna ocasión, UPyD era una frágil embarcación que se hacía un hueco entre los grandes paquebotes dominantes en la política española.

La empresa no ha sido fácil y los sinsabores que ha tenido que sufrir su fundadora ya están escritos con tinta dolorosa en las páginas de la Historia de España. Es el precio que ha debido pagar por atreverse a desafiar, armada con el utillaje de sus argumentos, al sistema político nacido en la Transición y perforar el mundo hostil y compacto crecido a su amparo. Rosa ha querido ser ignorada por el paisaje, pero ella, como ocurre con algunos actores de teatro, ha sabido sacar la cabeza por un rincón del escenario para hacerse visible.

La ciudadanía liga la creación de UPyD con la lucha contra el peligro que los nacionalismos suponen para la estabilidad de España y del Estado, también contra los excesos y despilfarros que ha propiciado y propicia el sistema autonómico y, en general, con el intento de regeneración de una democracia la magnitud de cuyas manchas ahora estamos comprobando con calambres de cólera.

Pero UPyD ha sabido además, y en pocos años, fabricar una respuesta convincente a los problemas generales de la sociedad, y así en sus publicaciones, en las actividades de sus grupos de trabajo y en los acuerdos de sus congresos se pueden hallar las ideas que sus afiliados han tejido sobre la educación, la energía, el campo o la ganadería, la gestión forestal, la sanidad, la economía y las finanzas, la defensa, el urbanismo, etcétera. Lo digo y lo escribo con conocimiento de causa y con la conciencia -que quiero dejar bien clara- de que mi participación en toda esa vasta obra ha sido muy modesta.

La pequeña odisea de UPyD es así, en su humildad concentrada en el tiempo reciente de esta España desgreñada, una odisea nimbada por el éxito. La Historia, sin embargo, está buscando siempre mármoles flamantes en los que escribir sus planes, y por eso se impone meditar acerca de los ritmos nuevos que se avecinan.

En este sentido, me limito a coincidir con muchos expertos al señalar que las pasadas elecciones europeas han significado un revulsivo inesperado de nuestro panorama político. Dijérase que, cuando afrontábamos una cita electoral de escaso atractivo y lo hacíamos con las legañas sin limpiar a conciencia y los ojos nublados por ellas, la vida que se ha asomado tras las urnas nos ha sacado del sopor y nos ha lanzado a un presente que tiene algo de abismático.

Para UPyD, pese a su aumento de diputados en Estrasburgo, ha supuesto un pequeño varapalo, pues no ha sabido recoger votos de la masiva y un poco humillante pérdida de votos de los grandes paquebotes; pero es que además ha germinado un movimiento que, gracias a sus habilidades, a su respuesta sencilla a problemas complejos y a la atención atolondrada que le prestan algunos medios, puede acabar estrellándolos contra el acantilado.

Eso no es malo en sí porque la democracia se diferencia de los sistemas autoritarios en que en ella existen ventanas que, de vez en cuando, se abren y airean el ambiente. El problema se halla en la baja calidad de las propuestas nuevas y en el aire demagógico que las hincha como a un globo de feria; y en el efecto que sobre otras formaciones políticas está teniendo, a alguna de las cuales la vemos ya dando tumbos a la espera de que algún milagro le haga recuperar la mesura perdida.

UPyD cuenta, además, con la entrada en escena de un competidor en su mismo espacio, ocupado por votantes muy próximos, que es el partido de los Ciudadanos de Cataluña. Nacido en aquella región, ha tenido la valentía de presentarse en el ruedo nacional cosechando un éxito estimable, pues son dos los diputados que se sientan en los escaños europeos.

Adviértase que, de resultas de todo ello, hoy tenemos básicamente: dos partidos políticos grandes (PP y PSOE) y dos pequeños (UPyD y Ciudadanos) que están a favor del orden constitucional y de la democracia representativa y son defensores -críticos pero defensores- del legado de la Transición; dos partidos nacionalistas que están, como siempre, por la destrucción del Estado e incluso por la separación de España de los territorios en que obtienen sus votos; y dos partidos -comunista y Podemos- cuyas ilusiones políticas acampan claramente extramuros de la Constitución y aun de la citada democracia representativa.

Las aflicciones que padece el pueblo español son tan acuciantes que la estrategia, vista desde los partidos pequeños constitucionales aludidos y desde los mensajes de las encuestas de opinión, resulta clara: es preciso unir esfuerzos y lograr un acuerdo entre ellos para acudir a las próximas elecciones locales y autonómicas y, después, a las generales. Como dijo Fernando Savater -con justicia el maître à penser de UPyD- con ocasión del segundo congreso de esta formación política (noviembre de 2013), “precisamente por la madurez y fortaleza alcanzadas por UPyD ha llegado el momento de acercarse a alguna otra formación política emparentada con nosotros”.

Es verdad que se trata de dos partidos distintos, pero existen los suficientes puntos de encuentro entre ellos para pensar en la redacción, por expertos capitaneados por Rosa Díez y Albert Rivera, de un “compromiso electoral común” basado en 10 o 12 acuerdos primordiales. UPyD, conviene recordarlo, ha tenido como emblemas de sus campañas Lo que nos une o La unión hace la fuerza: pues bien, es hora de demostrar que se cree en ellos y que no han sido puros embelecos electorales.

Sabiendo, por supuesto, que ambas organizaciones padecen defectos y carencias: Ciudadanos no cuenta con una respuesta propia, elaborada en congresos democráticos, a los problemas sociales en su conjunto; y UPyD debería liberarse de las prácticas autoritarias que anidan en su seno, prácticas que desembocan en la expulsión constante de afiliados o en su sepultura en vida cuando deciden permanecer en sus filas acogidos a un ominoso silencio.

Porque lo que está en juego es algo que a muchos nos convoca con premura: la necesidad de reforzar la alternativa política representada por estas dos organizaciones, respetando la singularidad de cada una de ellas, para avanzar en la construcción de un orden constitucional renovado, basado en la moderación, en el estudio sereno de los problemas sociales y económicos, así como en la búsqueda de soluciones lúcidas, ésas que saben aventar con un cortés corte de manga todo aquello que ronde la superficialidad o busque el parentesco con la extravagancia.

Se impone, pues, actuar libres de ridículos y obstinados sectarismos, extemporáneos en la grave hora presente.

Creer en la unión y en el progreso desposados con una ciudadanía movida por las turbinas de la razón es acaso una ingenuidad, pero es una ingenuidad fecunda. Es más: sólo un ejército de ingenuidades como ésta será capaz de traernos una España en la que habite el menor número posible de veneno.

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