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ELOGIOS CON OCASIÓN DE LA MUERTE DEL PROFESOR GARCÍA DE ENTERRÍA

Hasta siempre, don Eduardo; Por Miguel Beltrán de Felipe, Catedrático de Derecho Administrativo, y José Luis de Castro Martín, Profesor de Derecho Mercantil

02/10/2013
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Enterría no sólo era un jurista excepcional, probablemente irrepetible. Tampoco era sólo un humanista, y un intelectual de enorme talla, comprometido con su país, con los valores cívicos y con las libertades. Era un hombre bueno, vital, generoso y sencillo, ajeno a cualquier afectación, siempre dispuesto a aconsejar, y a escuchar, y a dedicarles a los demás un rato de conversación, incluso a jóvenes doctorandos o a gentes venidas de muy lejos sólo para saludarle

Desde sus primeros escritos publicados en la década de 1950, cuando era un joven letrado del Consejo de Estado que ya había ganado la cátedra de Derecho administrativo en Valladolid, Enterría comenzó a forjar una cultura del Derecho y de los derechos, cosa poco común en España, e insólita en aquella España de la dictadura. Después, ya como cabeza visible de una prolífica escuela de profesores, de jueces y fiscales, de funcionarios, de abogados, etc. y como autor de importantísimos libros traducidos a varios idiomas europeos, fue de los primeros que apostó por las potencialidades transformadoras de la Constitución. Nunca abandonó la Universidad, y hasta pasados lo 85 años siguió asistiendo todos los miércoles al Seminario que él fundó en la Complutense. Su compromiso con la democracia y con el Estado de Derecho fue ejemplar. Fue el primer español que fue nombrado juez europeo allá por 1978, y además fue Premio Príncipe de Asturias en 1984, Premio Internacional Menéndez Pelayo en 2006, Doctor Honoris Causa en la Sorbona en 1977, en Bolonia en 1992, y en docenas de Universidades españolas y americanas (la de Málaga le concedió el título en 1999), Académico de Legislación en 1970, de la Española en 1994, de la Accademia Nazionale dei Lincei en 2004. Todos estos reconocimientos y nombramientos premiaron su talento, su fe en el Derecho y su aportación capital a que España fuese una democracia avanzada y europea.

Entre 1999 y 2006 quienes esto escribimos tratamos a don Eduardo muy de cerca (bueno, uno de nosotros, discípulo suyo, lo había tenido como profesor en la Complutense, allá por 1984, de forma que el trato es muy anterior). Durante aquellos siete años, todos los jueves por la tarde trabajamos con él en la Real Academia Española en la llamada “Comisión de Léxico Jurídico”, en la que don Eduardo se había comprometido a revisar el léxico jurídico del Diccionario para la vigésima segunda edición que aparecería en 2001. Él decía que los ciudadanos debían poder conocer el sentido preciso de palabras como “subrogación”, o “gravamen”, y por eso se empeño con admirable energía en repensar y rehacer, redactándolas en términos llanos y actuales, gran parte de las definiciones de las palabras jurídicas del Diccionario. Los trabajos de la Comisión continuaron después de la publicación de la edición del año 2001, en una no fácil tarea que, según decía don Eduardo, era la que más le había apasionado, y la que más iba a llegar a la gente. Colaborar con él en la Real Academia Española fue un privilegio incomparable a cualquier otro. Fue para nosotros lo más grande que nos podía suceder.

Enterría no sólo era un jurista excepcional, probablemente irrepetible. Tampoco era sólo un humanista, y un intelectual de enorme talla, comprometido con su país, con los valores cívicos y con las libertades. Era un hombre bueno, vital, generoso y sencillo, ajeno a cualquier afectación, siempre dispuesto a aconsejar, y a escuchar, y a dedicarles a los demás un rato de conversación, incluso a jóvenes doctorandos o a gentes venidas de muy lejos sólo para saludarle. De su tolerancia y talante da muestra que entre sus discípulos, o entre juristas de su escuela, hubo ministros de la UCD, ministros socialistas, ministros del Partido Popular, personas próximas al nacionalismo no españolista, personas de sensibilidad centralista, etc. Acompañado por Amparo y muchas veces por sus hijos y nietos, don Eduardo pasaba los fines de semana en su casa de Arenas de San Pedro o en la Liébana, leyendo, y también subiendo por los riscos de Gredos o del Urriello. Enterría nos ha hecho a todos ser mejores. Hoy todos, no sólo quienes le tuvimos cerca, nos hemos quedado un poco más huérfanos.

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