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Némesis y catarsis; por Enrique López, Magistrado

18/02/2013
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El día 18 de febrero de 2013, se ha publicado en el diario La Razón, un artículo de Enrique López, en el cual el autor opina que el ejercicio del derecho de libertad de prensa se agota como un fin en sí mismo, pero la investigación policial y judicial no.

NÉMESIS Y CATARSIS

Hay una palabra que me gusta, “Némesis”, que en la mitología griega identificaba a la diosa de la justicia retributiva, la solidaridad, la venganza y la fortuna. Castigaba a los que no obedecían a aquellas personas que tenían derecho a mandarlas, sobre todo, a los hijos desobedientes. Tenía también un cometido menos conocido, recibía los votos y juramentos secretos del amor y vengaba a los amantes infelices o desgraciados por el perjurio, deslealtad o la mentira de sus respectivos amantes. Me quedo con el primero de sus cometidos, pues los problemas derivados del segundo sólo se superan con dolor y resignación. Justicia retributiva y dar a cada uno lo que se merece. Para ello primero que hay qué determinar que es lo que se merece cada uno de los llamados a que se le aplique y, en un estado de derecho como el nuestro, esto sólo se verifica través de un proceso judicial con todas las garantías. Otras palabra que me gusta es “catarsis”, también griega, la cual se encuentra descrita en la “Poética” de Aristóteles como un proceso de purificación emocional, corporal, mental y espiritual, algo que también se reclama de vez en cuando. Pero este proceso es ajeno al judicial y no deben mezclarse, pues ello produce un efecto de confusión que impide hacer justicia y también purificarse. Hace una semana me refería al respeto a la presunción de inocencia como algo básico para alcanzar una justicia material adecuada. Hoy me referiré brevemente a algo que puede impedir el respeto a la presunción inocencia y que también afecta en muchos casos a la intimidad personal: los juicios paralelos que constantemente se producen en los medios de comunicación. La libertad de prensa, tan necesaria en una democracia, es como un gas que tiende a ocupar el espacio del recipiente que lo contiene, de tal modo que resulta muy difícil poner límites. La libertad de prensa debe tener pocos límites, debe correr libre, sin mordazas ni ataduras, pero debe ser posible y conciliable su ejercicio con el respeto al núcleo básico de ciertos derechos fundamentales, como son el de la intimidad, el honor y el derecho a obtener una tutela judicial efectiva. A veces la libertad de prensa cabalga a lomos de medias verdades, informaciones sesgadas o interesadas, que hacen que en esa cabalgada se puedan producir atropellos, y esto hay que impedirlo. Informar, sin lugar a dudas, pero sobre datos objetivos, para lo cual hay que hacer un esfuerzo de claridad en la información que se puede y debe ofrecer desde el ámbito de la justica. Opinar también, pero presentando la opinión como un juicio de valor del que escribe, y no como un dato objetivo. El problema surge cuando ellos y las periodistas pasan de su función informativa y formativa a un ejercicio ilegítimo del periodismo en el cual pretenden sustituir o alterar la sensibilidad o percepción social por medio de una intervención manipuladora, aunque en la mayoría de las veces sea bienintencionada. Esto sobrepasa el ejercicio de prensa, puesto que la Némesis está reservada a los jueces, mientras que en la catarsis todos debemos intervenir. Por ello hay que aplaudir iniciativas como la la fundación Fernando Pombo, que junto a la Fundación Walters Kluwer, han creado un observatorio de la presunción de inocencia y juicios paralelos, para contribuir a mejorar el estado de las cosas. Aun así, ya me atrevo a adelantar que no todo pasa por la debida y deseada autorregulación del ejercicio de libertad de prensa, sino por un estudio en profundidad de nuestro derecho procesal penal para introducir instrumentos ya probados en otros países en aras a la defensa y reforzamiento del respeto al derecho de presunción de inocencia. A este respecto, sé que ya en el borrador de anteproyecto del Código Procesal Penal se introducen algunos, pero hay que ir más allá y colocarse a la vanguardia en esta materia. Pero ello no sólo -que ya es suficiente- por respeto al derecho, sino porque los erróneos o perversos tratamientos de ciertos procedimientos penales a quien favorecen de verdad es al delincuente, puesto que éste se ve integrado en una visión negativa de nuestra sociedad en la que todo es delito. Al profesional de la corrupción, este escenario le va bien y le favorece y esto no nos lo podemos permitir. El ejercicio del derecho de libertad de prensa se agota como un fin en sí mismo, pero la investigación policial y judicial no, puesto que no es más que un medio dirigido a alcanzar un fin, el esclarecimiento de la verdad, y está en el ámbito judicial es la que se fija en una foto final en el juicio oral a través de una sentencia. Por ello, todo el sistema de justicia debe trabajar para este fin, y no para otros, que por lo general le restan justicia material y eficacia.

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