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Otro test de estrés; por José Luis Requero, Magistrado

12/06/2012
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El día 12 de junio de 2012, se ha publicado en el Diario La Razón, un artículo de José Luis Requero, en el que el autor opina que la base de nuestra economía no puede ser un ladrillo, fuente de especulación y corrupción, sino una economía basada en la productividad y en la competencia.

OTRO TEST DE ESTRÉS

Huele a cambio, y no de ciclo sino de época. De golpe vemos que la Constitución no digo que haya que derogarla o que sea un trasto viejo, sino que urge un replanteamiento en no pocas de sus previsiones. Porque repentinamente vemos el Estado del bienestar, ese Estado social que proclama la Constitución, no depende de inflar el gasto público, sino de que España sea un país próspero. Hemos descubierto que la base de nuestra economía no puede ser el ladrillo, fuente de especulación y corrupción, sino una economía basada en la productividad y en la competencia.

También se ha descubierto que en estos años se han teñido de politización y partitocracia órganos constitucionales que deberían ser independientes. Además esos males alcanzan a órganos nacidos al margen de la Constitución, que ejercen de supervisores y reguladores, que cuidan del “orden público” económico, bursátil, energético o de las telecomunicaciones. De esa independencia depende que nuestro tejido institucional sea serio y respetable.

Y también hemos descubierto que España arrastra una larga herencia de privilegios (de grupo, corporativos, profesionales, económicos), de imposiciones ideológicas que, como mínimo, hacen que seamos un país caro, un país en el que bienes de primera necesidad -lo más paradigmático es la vivienda- sea un lujo, sea el gasto de toda una vida. Somos un país donde hay profesiones y funciones que son un fin en sí mismo, que las familias tienen que pagar demasiadas facturas políticas, sindicales o ideológicas.

Hace unos años se hicieron los test de estrés de nuestro sistema financiero; salimos airosos y ahora, sorpresa, estamos como estamos. Pero con esta crisis hay otras instituciones que sí se están sometiendo a diario a otros test de estrés y sin amaño alguno sí que los superan. Aquí ya no hay ingeniería contable ni artificio. Pienso en dos ejemplos: la familia y la Iglesia. Se ha dicho hasta la saciedad que no pocos están sobreviviendo en y a esta crisis gracias al apoyo y ayuda de la familia. Ya fue un anticipo el peso que asumen ante políticas fallidas -botón de muestra, la dependencia- y ahora ante el apoyo que brindan a quienes están en peor situación.

A ser esto así resulta sorprendente que en estos años la política familiar ha ido encaminada, más que nada, a debilitar y desdibujar las ideas maestras de la familia. Y la familia, a pesar de todo supera ese test de estrés al que le somete el legislador. Aun así es esencial que en esta legislatura todo aquello que la ha debilitado se suprima, que se invierta jurídica -también económicamente- en más familia.

Y en cuanto a la Iglesia basta decir que no sólo ahorra gastos al Estado, sino que contribuye en crear un hábitat más humano y generoso, algo que no es desdeñable en momentos de desesperación para muchos. Tal aportación recibe como pago y reconocimiento la propuesta demagógica y descerebrada de que es insolidaria por no pagar el IBI. Como lleva veinte siglos en constante test de estrés, y con éxito, seguro que superará el del IBI.

Aprovecho para que nos planteemos ya otro test de estrés: el de nuestro futuro. Imagino que ahora todo político -sobre todo si gobierna- no está sino para el Ibex, la prima de riesgo y no ve más allá de 2013. Lo malo son muchas ya las generaciones de políticos que no ven más allá de una legislatura o, si me apuran, de un periodo de sesiones. Digo esto porque hay problemas básicos, estructurales, vitales, en donde nos jugamos el futuro y que no se abordan. Vayan dos ejemplos.

Uno es el demográfico, el suicidio demográfico de España, una realidad que desautoriza a los neomalthusianos de la revista Nature. No oigo ningún plan inmediato, para ya, que enmiende este drama al que nos encaminamos, el de un país envejecido y sin relevo generacional. Y el otro es el de nuestra educación. Ambos coinciden en que afectan a las generaciones futuras. Si seguimos así España tiene mal futuro, porque el futuro de un país está en su gente y en una juventud bien formada. Esos son sus activos, tan reales que su falta no hay consultora capaz de maquillarlo.

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