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El tigre asiático de la Iglesia; por Rafael Navarro-Valls, Catedrático y Secretario General de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación

18/08/2014
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El día 15 de agosto de 2014, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Rafael Navarro-Valls, en el cual el autor opina que Corea, con un cristianismo joven y en continuo movimiento, ejerce gran atractivo para Francisco.

EL TIGRE ASIÁTICO DE LA IGLESIA

Francisco ha viajado a un país formalmente en guerra, una zona caliente del planeta. La Guerra Fría entre EEUU y la URSS fue en realidad, como observa Stanley G. Payne, “una guerra mundial por poderes” que, en ocasiones, generó guerras civiles en varias partes del mundo, como fue el caso de Corea. El 27 de julio de 1953 se suspendió la sangrienta contienda iniciada tres años antes con un ataque masivo del Norte contra el Sur a través de un armisticio. Y Corea del Norte, dominada por el socialismo real, ha amenazado varias veces con denunciarlo. De ahí la incertidumbre en que se encuentra la zona desmilitarizada, que se extiende por 250 kilómetros en la frontera que separa a ambos países. La situación de alerta continua desestabiliza la posible coexistencia pacífica. Misiles nucleares norcoreanos apuntan a Corea del Sur, y ésta, a su vez, realiza ejercicios militares en bases con decenas de miles de soldados estadounidenses.

En ese clima de tensión, Pyongyang acaba de prohibir formalmente a los católicos norcoreanos que asistan a las ceremonias de reconciliación previstas por el viaje papal. Hubiera sido una ocasión espléndida para bajar transitoriamente la cortina de bambú que separa a las dos Coreas. La intransigencia de los creadores del telón vegetal obliga a mantener las espadas en alto, aunque el Papa no dejará de ofertar la reconciliación, como ya hizo ayer en Seúl. Es una de las razones que le han movido a viajar a esta parte de Asia, 15 años después de una última visita papal. Como han dicho fuentes de Seúl, “la reunificación es una herida abierta para el pueblo coreano”. No hay que olvidar que, aunque divididos, Norte y Sur son un solo pueblo, con el mismo trasfondo cultural y la misma lengua

En su visita, el Papa beatificará a 124 mártires coreanos; sólo uno es sacerdote, los restantes son trabajadores, amas de casa, pequeños empresarios, sirvientes, etcétera. Este dato da razón de otro hecho inédito en la historia del cristianismo: un país evangelizado por laicos, sin mediación externa sacerdotal hasta bastantes años después. A Francisco -que se ha confesado “anticlerical” en el sentido de que fustiga el “clericalismo”- este hecho le sorprende y, pienso yo, en su fuero interno le agrada. Es otra de las razones que han impulsado esta visita de cuatro días. No fue una frase de circunstancia el “amo a Corea” que el Papa Francisco pronunció al hacer cardenal al arzobispo de Seúl.

Las periferias sociales siempre han ejercido un especial atractivo para el Papa argentino. También las geográficas. Corea es uno de los ejemplos más vivos. Periferia geográfica, pero cristianismo dinámico. Una de las sociedades más activas no solamente del continente asiático, sino de todo el mundo, con un cristianismo joven y en continuo movimiento. Por eso es llamada el tigre asiático de la Iglesia, tomando ocasión del animal emblemático de Corea del Sur.

Pero, a medio plazo, se entrevé que el objetivo del viaje es también China. Tanto Corea como Filipinas, a la que después viajará Francisco, están cercanas al coloso asiático. Pekín ha autorizado -lo que no hizo con los viajes de Juan Pablo II- que el avión del Papa penetre en el espacio aéreo chino. Es un débil síntoma de que algo está cambiando en el gigante chino, que es parte del objetivo estratégico de la Iglesia católica. El ejemplo de Corea hace que la fe ya no pueda ser asociada en este continente al colonialismo, ya que los coreanos mismos produjeron el milagro de la inculturación del cristianismo en tierras asiáticas, conviviendo con religiones milenarias tan distantes del mensaje de Jesús.

Tal vez sean estas algunas de las razones que llevaron a Juan Pablo II a decir que el tercer milenio debía ser el de la evangelización de Asia.

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