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El gran error de Nixon "No soy un delincuente"; por Rafael Navarro Valls Catedrático y Secretario General de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación

12/08/2014
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El día 11 de Agosto de 2014 se publicó en El Confidencial.com, un artículo de Rafael Navarro Valls, en el cual el autor analiza la figura del presidente Nixon con motivo del cuarenta aniversario de su dimisión

EL GRAN ERROR DE NIXON “NO SOY UN DELINCUENTE”

El 8 de agosto de 1974 el presidente Richard Nixon declaró por televisión que dimitiría a media mañana del día siguiente. Su discurso de retirada lo siguieron por TV 130 millones de americanos, cinco millones más de los que vieron a Armstrong pisar la luna el 20 de julio de 1969. Se cumplen ahora 40 años.

El mismo 9 de agosto, el Post publicaba un cuadernillo especial de 22 páginas sobre los años de Nixon. Como dijo Katharine Graham, presidenta de la empresa The Washington Post Company: ”Todo parecía bastante irreal. Después de largos meses, que se habían convertido en años, era extraño presenciar algo que ninguno había imaginado. Había ocurrido una especie de milagro: este país iba a cambiar de presidente de forma totalmente democrática, con arreglo a un mecanismo creado dos siglos antes para una situación sin precedentes”.

Sigue siendo un misterio si los protagonistas del Watergate fueron autorizados por Nixon para colocar micrófonos ocultos en la sede demócrata. Era claro que Nixon iba lanzado hacia una victoria aplastante sobre su rival demócrata. De hecho, el 7 de noviembre de 1972 ganó a McGovern en 49 de los 50 estados de EE.UU, obteniendo 47.168.710 votos populares, que equivalían al 60,67 % de los sufragios emitidos; McGovern logró tan solo el 37,52 % de los sufragios. Carecía de sentido que un presidente virtualmente reelegido autorizara una operación con pocas ganancias y llena de riesgos.

Tampoco están claras las razones por las que iba a mezclarse Nixon en el encubrimiento. Las conversaciones con sus colaboradores en las cintas hechas públicas no eran definitivas, aunque fueran de hecho el detonante final de su dimisión.

La certeza llegaría años después, en un comentario hecho el 13 de abril de 1977, cuando David Frost, en su explosiva entrevista televisiva, le sacó lo siguiente: “Defraudé al pueblo americano y tengo que llevar esa carga el resto de mi vida“.

Aunque probablemente el error viene de más lejos. En concreto de la rueda de prensa de 17 de noviembre de 1973 sobre el Watergate cuando declaró “I am not a crook” (No soy un ladrón). Esas palabras, dichas por un presidente, convertían en posible lo que antes de pronunciarlas resultaba inconcebible para el pueblo.

Por lo demás, es curioso que la idea de grabar sus conversaciones en el Despacho Oval -que, a la postre, lo llevarían al desastre- la tomara de John Kennedy. Aunque con una diferencia catastrófica. Nixon instaló un mecanismo que se activaba con la voz, lo que eliminaba el carácter selectivo: se grababa todo. Kennedy, y también Johnson, instalaron un sistema que exigía el consciente procedimiento de accionar una palanca.

Cuarenta años después, sorprende la diferencia entre el voto popular que lo rechaza frontalmente y los juicios- más ponderados- de algunos analistas y políticos. Cuando dimitió de la presidencia, su popularidad estaba por los suelos : un 24%, según Gallup. En 2010 -no hay encuestas fiables después - su popularidad (29%) seguía bajo mínimos.

Sin embargo Larry Speakes, que trabajó en la Oficina de Prensa con Nixon, Ford y Reagan, que estaba en Washington durante las presidencias de Johnson y Carter, y que había analizado con atención la presidencia Kennedy, coloca a Richard Nixon después de Reagan, y antes que Kennedy, Johnson o Ford en su escala de mejores presidentes. Helmut Schmidt, el ex primer ministro alemán, desliza esta observación en sus memorias: “Cuando se habla en Europa de Richard M. Nixon, todo el mundo piensa, automáticamente, en el escándalo Watergate; el nombre de Nixon causa incomodidad. Yo he percibido eso con frecuencia al calificarle, por pura convicción, de gran estratega“. Y Stanley Kutler, emérito de la Universidad Wisconsin Madison, -parte demandante contra Nixon para obtener la liberación de las grabaciones letales y autor de varios libros sobre el Watergate-, acaba de calificarlo como la "figura más influyente de Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial". Para él, nada sospechoso de partidismo, el impacto de Nixon es evidente en gran parte de la vida pública de Estados Unidos. El presidente del Watergate, concluye, “todavía importa”.

Cuando se habla en Europa de Richard M. Nixon, todo el mundo piensa, automáticamente, en el escándalo Watergate; el nombre de Nixon causa incomodidad. Yo he percibido eso con frecuencia al calificarle, por pura convicción, de gran estratega.

¿Por qué? La principal razón -contra lo que pueda creerse- es que Nixon se alinea entre los llamados presidentes de Tercera Vía. Es decir, presidentes que tienden a apoderarse de la agenda política de sus adversarios. Eso les lleva a ser detestados por la oposición (pasó también con Bill Clinton y Woodrow Wilson) y a no ser demasiado amados por sus propios partidarios, pero suelen tener éxito y son reelegidos. Repárese en que Nixon prácticamente acabó con la pesadilla de Vietnam, que había destruido la presidencia de Johnson. Contra toda lógica, con una política brillante, inició la apertura a China -de la que todavía Occidente sigue cosechando frutos- y mantuvo el equilibrio en las relaciones soviético-estadounidenses. Desde luego, su frialdad, su carácter intrigante y su tendencia a la soledad le ganaron enemigos políticos y mediáticos que acabaron con su vida política. Probablemente porque “nunca aprendió la diferencia entre ser un buen congresista y ser un buen presidente”.

El caso es que con él se acrecentó como nunca la guerra partidista, con su pirotecnia de culebrones políticos. Una especie de enfermedad letal que ha estado a punto de acabar con varias presidencias. Baste decir que su Watergate es el modelo del que han ido tomando nombre los posteriores escándalos políticos: el “Irangate” de Reagan, el “Sexgate” de Clinton o el “Irakgate” de Bush Jr.

El final será patético, aunque no exento de grandeza. Un Nixon destruido, libera al país de la amenaza de una división traumática y al partido republicano de la carga de su defensa. El discurso de dimisión será el de un luchador que lamenta abandonar el combate “antes de su fin”. Luego, al pedir perdón por sus posibles errores, los justificará -con cierta doblez- diciendo que hizo lo que creía “eran los intereses profundos de la nación”. Su legado: un mundo “más seguro, no solo para el pueblo americano sino también para los pueblos de todos los países”. Al acabar el discurso, Kissinger le felicitará: “Señor Presidente, este discurso ocupará un lugar destacado entre los más grandes de la historia“. Nixon respondió dubitativo: “Henry, eso dependerá de quien escriba la historia”.

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