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El fin del ‘apartheid’ espiritual; por Rafael Navarro-Valls, Catedrático y académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación

14/03/2014
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El día 14 de marzo de 2014, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Rafael Navarro Valls, en el cual el autor considera que el verdadero problema para el Papa Francisco no es el cambio de estructuras sino el cambio de los corazones.

EL FIN DEL ‘APARTHEID’ ESPIRITUAL

Se cumple el primer año desde que el Papa Francisco fuera elegido en uno de los cónclaves más breves de la Historia (30 horas); de un Pontífice cuya designación se produjo, después de más de 700 años, una inédita cohabitación con otro Papa emérito; del primer Obispo de Roma nacido en el continente americano, y del primero jesuita. Un Papa que ha batido todos los récords de la historia de la Iglesia, al haber canonizado en un solo día a más de 800 santos.

Un año del Papa Francisco, mencionado en los mentideros cibernéticos más de 49 millones de veces, superando incluso a Obama, y cuyo nombre es el más buscado en Google (casi dos millones de veces, sólo entre marzo y noviembre de 2013) por los internautas de todo el mundo. Es curioso que el grupo Mondadori en Italia -el mismo que no hace mucho buscaba desesperadamente nuevos scoops en el escándalo Vatileaks- acabe de lanzar una revista (Il mio Papa) dedicada a seguir al Papa Francisco, con una tirada inicial de medio millón de ejemplares, versión on line y canales en Facebook y Twitter.

En realidad, estos récords apuntan a algo más importante: el final del tiempo del apartheid espiritual al que la Iglesia llevaba unos años sometida. Las aguas han comenzado a agitarse en los palacios vaticanos y los católicos ya no tienen que esconder sus convicciones como Jonás en el vientre de la ballena. Por decirlo con palabras del Nobel de la Paz Pérez Esquivel : “Francisco ha renovado la esperanza”. Pero Francisco se rebela contra esta especie de mitología en torno a su persona, propia de un Superman: por ahora deberá resignarse. Entre otras cosas, porque la clave para que funcionen las reformas dentro de la Iglesia es su prestigio fuera de ella, un prestigio que modere la inevitable reacción de los inmovilistas.

La presencia internacional en este primer año de Francisco ha sido muy medida, pero de una eficacia sorprendente. Su día de ayuno en toda la cristiandad plantando cara a Estados Unidos y Francia, cuando la invasión militar de Siria estaba en marcha, tuvo un resultado imprevisto: la aparición del presidente Putin proponiendo moderación y planteando como alternativa la destrucción del arsenal químico de Asad. El mundo entero suspiró aliviado. El anuncio del próximo viaje a Corea del Sur supone, entre otras cosas, la posibilidad de que el floreciente cristianismo coreano atraviese el muro de bambú que separa las dos Coreas: la del milagro económico y la de los misiles nucleares. Y la cercanía del viaje a Israel, Palestina y Jordania puede ayudar a derribar otro muro: el del recelo y el odio entre árabes y judíos.

Desde Washington la trayectoria del Papa argentino se analiza con especial atención cara a la cercana visita de Obama al Vaticano. No hace mucho, el presidente estadounidense devolvía el texto de un delicado discurso político a su redactor con una sola anotación a mano: “Citar al Papa Francisco”. El presidente afroamericano sabe muy bien que el 85% de los católicos de Estados Unidos y casi el 70% de los que no lo son tienen una visión favorable del Papa. Su valoración es ya superior a la máxima que tuvo Benedicto XVI -un 83 % en 2008, tras su visita a Washington y Nueva York-, aunque sin llegar a los niveles de Juan Pablo II, que superó en varios momentos el 90%. Es curioso, por ejemplo, que le tomen como modelo congresistas tan distintos como el líder de la mayoría demócrata en el Senado, Harry Reid (mormón), el republicano Paul Ryan (católico), o el senador judío Bernard Sanders.

Naturalmente, las expectativas creadas -ese “deprisa, deprisa” de los impacientes- quieren convertir su figura en la de un guerrillero, que tendría que considerar la Historia (también la de la Iglesia) como una alternativa entre el todo y la nada, en la cual un brusco giro llevaría a un nuevo cielo y una nueva tierra. Alguien al que habría que convencer de que solamente la revolución puede perfeccionar la Iglesia, de que es imposible mejorarla gradualmente. Pero la aparente lentitud en las reformas tiene otra explicación. Para él la verdadera audacia no es la revolución. Es algo más simple: “Salir a la calle. Si la Iglesia permanece encerrada en sí misma, envejece”. Por eso el verdadero problema para Francisco no es el cambio de estructuras sino el cambio de los corazones. Y eso lleva su tiempo.

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