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Europa, 1914-2014; por Araceli Mangas, catedrática de Derecho Internacional en la Universidad Complutense de Madrid

07/01/2014
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El día 6 de enero de 2014, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Araceli Mangas, en el cual la autora analiza los cambios que se han producido en Europa desde la IGM, que en 2014 cumple 100 años.

EUROPA, 1914-2014

2014 Es el centenario de la Primera Guerra Mundial, el 75.º aniversario de la Segunda Guerra Mundial y el cuarto de siglo desde la caída del muro de Berlín. Una fecha, como la que comenzamos a vivir en estos días, dará pie a conmemoraciones que aportarán emociones y reflexiones. Se ha dicho que el siglo XX fue breve por comenzar en 1914 con la Gran Guerra y terminar con la caída del muro de Berlín en 1989.

Sin entrar en pormenores del Tratado de Versalles de 1919, es ampliamente aceptado que las condiciones impuestas al vencido pueblo alemán fueron un error de consecuencias trágicas. Fueron no menos determinantes el nacionalismo nazi y fascista y de su misma ralea inmoral el totalitarismo comunista. Otros factores que no frenaron la gestación de la siguiente guerra fue la falta de representatividad de la Sociedad de las Naciones creada por aquel Tratado (Estados Unidos impulsó su creación pero no quiso formar parte, Rusia-URSS fue expulsada por invadir Finlandia y un centenar de pueblos estaban sometidos a dominación colonial), así como la ausencia de poderes coercitivos de su Consejo y la falta de determinación para reconocer como ilícito la amenaza o el uso de la fuerza, lo que fue corregido en la Carta de Naciones Unidas.

El horror vivido en la Segunda Guerra Mundial hizo que la Gran Guerra (1914-1918) perdiera su nombre y pasara a ser la Primera (cuya tragedia fue descrita en 1916 por la recomendable novela de Vicente Blasco Ibáñez, objeto de dos buenas películas de gran impacto -Los cuatro jinetes del Apocalipsis- que en 1921 protagonizó Rodolfo Valentino y en 1962 Glenn Ford y dirigió Vincente Minelli).

Al menos hay que reconocer que desde una amplia perspectiva las cosas se hicieron bastante mejor tras la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, la creación de Naciones Unidas. Aunque en España, tanto en la derecha como en la izquierda, en los medios de comunicación y en los institutos de análisis se respira un gran desprecio hacia Naciones Unidas (el franquismo hizo tanto daño que sigue conformando la mente de muchos españoles de todas la ideologías), Naciones Unidas ha evitado guerras de dimensiones parecidas a las del siglo pasado. Es bien sabido que sus hacedores (Roosevelt y Churchill) crearon las Naciones Unidas no para que nos condujeran al paraíso sino para que nos salvaran del infierno. Y a fe que lo ha cumplido con éxito.

Aunque no estaba en el guión inicial, Naciones Unidas hizo posible que casi dos tercios de la Humanidad se liberaran de la opresión política y explotación económica, aunque para algunos de esos pueblos el cambio de gobernantes coloniales por los autóctonos y por los neocolonialismos no les liberó ni de la dominación ni de la rapiña de sus propios políticos.

También la llamada “familia de Naciones Unidas” (los organismos especializados como el FMI, Banco Mundial, FAO, OIT...) y otras organizaciones internacionales, como la Unión Europea, han permitido institucionalizar el diálogo permanente y la cooperación internacionales como nunca se pudo imaginar en el pasado. La red de normas internacionales multilaterales y, sobre todo, el diálogo en múltiples foros, han sustituido a las armas para dirimir los enfrentamientos de intereses entre Estados y aunque a veces se critica al turismo diplomático es más digerible y saludable que la muerte en las trincheras, los campos de prisioneros de guerra o la indignidad de los campos de concentración.

El sistema de Naciones Unidas, ideado por los vencedores contra el nacionalismo fascista y nazi, estuvo parcialmente hibernado por el enfrentamiento ideológico de la Guerra Fría. El fin de la bipolaridad EEUU-URSS, que se selló con la caída del muro de Berlín, supuso el retorno al espíritu de la Carta de San Francisco y al mayor entendimiento global y cooperación que jamás haya existido en la Historia. Se institucionalizó la efectividad política, militar, económica y social que representan materialmente las grandes potencias en el Consejo de Seguridad, facilitando su diálogo y dotando de poderes coercitivos, incluidos los militares, a su consenso.

Para Europa occidental, la postguerra en 1945 y la existencia de los bloques le hizo rehén de la política norteamericana, supuso el fin de ser el centro del mundo durante más de cinco siglos y pasar de ser sujeto a objeto de las relaciones internacionales hasta 1989. En cambio, desde la postguerra fría iniciada en 1990, la Europa reunificada ha podido iniciar un proceso para definir su identidad política y recuperar, no el protagonismo de un tiempo que nunca más volverá máxime por el ascenso irresistible de Asia-Pacífico, sino una posición influyente debido a su modelo jurídico-político y de solidaridad que es una garantía de estabilidad y polo de atracción en el mundo. Algo que los españoles o no lo sabemos valorar o lo hemos olvidado.

Gracias a las organizaciones internacionales hay un interés evidente en actuar de común acuerdo o aproximar al menos las posiciones en las grandes cuestiones de paz y seguridad internacionales, incluidas las económicas.

Incluso si nos limitáramos a reflexionar comparativamente sobre la crisis económica de 1929 -otro aniversario aun que no tan redondo como aquellos, 85 años de la Gran Depresión- y la iniciada en 2007, y estimando que la actual es más brutal y radical que aquella, sin embargo, en el plano interno e internacional sus consecuencias colectivas han sido muy inferiores. Ello es gracias, por un lado, a los sistemas nacionales de bienestar que no existían en 1929 (pensiones, sanidad, educación...) y, por otro, a la red de salvación de los organismos multilaterales internacionales y a la disposición a la cooperación internacional entre los Estados, que no tiene comparación posible con 1929.

Entonces, la solución fue individual: el proteccionismo, el sálvese quien pueda y la peor de las guerras conocidas por la Humanidad. En la crisis de 2007-2014, la obsesión es que no caiga nadie y adoptar objetivos y políticas homogéneos (Acuerdos de Basilea III, directrices de consolidación fiscal, supervisión financiera, presión sobre los paraísos fiscales...). Se ha evitado que la larga recesión degenere en depresión y que la solución final a la crisis económico-financiera y de las deudas soberanas no nos lleve a una gran guerra, cuyo número de muertos podría superar a los desempleados en el mundo, como ya sucedió con la Segunda Guerra Mundial.

Si los norteamericanos acertaron en la segunda postguerra tratando de recuperar al pueblo y al Estado alemán y Francia confirmó esa política de reconciliación con la Declaración Schuman (1950) y la fundación de las Comunidades Europeas, también los europeos acertamos con el gran éxito que ha sido para todos la reunificación alemana en 1989-1990, a pesar de los temores franceses. La Alemania europea ha sido la gran impulsora de la profundización de la integración desde 1990 hasta 2007 y nos da fortaleza envidiable en la globalización.

Ya sé que la crisis actual nos hace ser críticos con Alemania. Pero sin que los árboles nos impidan ver el bosque, Alemania ha sido una potencia ejemplar. Ni la historia se ha repetido ni ha vuelto donde solía. Puso toda su energía en el proyecto europeo antes y después de la caída del muro y recuperó una influencia benéfica para ella y para la UE. Precisamente esto es lo que se le reprocha hoy, que no mira por el conjunto, que no ejerce liderazgo europeo para salir de la crisis y se repliega sobre sí misma.

Europa nos ha cambiado a todos. El federalismo supranacional europeo ha transformando las relaciones de poder entre los Estados miembros; ha cambiado nuestra percepción de la seguridad exterior; ha transformado el viejo Estado nacional y sin eliminarlo ha diluido su poder y sus viejas formas de ejercicio

La Unión Europea, pese a sus problemas y defectos coyunturales, es el único horizonte concebible de convivencia y bienestar para el continente. Lo único que podemos temer hoy los europeos es el avance de los “tribalismos locales resurrectos”. Igual que en 1914 o en 1939. No imitarán la liturgia externa de nacionalismo nazi, no, pero ultraderecha, populistas y nacionalismos independentistas nos pueden llevar a un camino sin retorno si el electorado europeo no recupera su determinación para hacerles frente en las elecciones de mayo de 2014 y en las citas electorales nacionales, regionales y municipales.

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