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Unidad de destino; por Enrique López, Magistrado

29/04/2013
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El día 29 de abril de 2013, se ha publicado en el diario La Razón, un artículo de Enrique López, en el cual el autor opina que resulta cuando menos frustrante que todavía haya responsables políticos que estén más pendientes de la existencia de un determinado órgano administrativo o judicial en su pueblo o comunidad, y que no apuesten por el adelgazamiento racional y eficaz de nuestra administración.

UNIDAD DE DESTINO

Como decía Ortega en “La rebelión de las Masas”, “no lo que fuimos ayer, sino lo que vamos a hacer mañana juntos nos reúne en el Estado”. Una lectura detenida de todas su obras nos lleva a la conclusión de que Ortega nunca se planteó el estudio del concepto de nación como un tema unívoco y específico, pero sí se pueden establecer ciertas conclusiones, y la más clara es que amaba el concepto de nación, pero aborrecía el de nacionalismo, entendiéndolo como un concepto agresivo, tribal y excluyente, muy alejado de su proclamada aspiración de alcanzar una idea integradora y plural de España, una realidad entendida como “gran unidad histórica” y como “unidad de destino”, que habrá de converger junto a las demás grandes naciones de Europa en un espacio de convivencia común, en la realidad ultranacional sobre la que algún día se edificará el Estado supranacional europeo. Ya nadie duda de la vocación europeísta de Ortega. Nuestra integración en Europa es hoy nuestro mejor aliado para superar la crisis, si bien no podemos esperar de Europa una suerte de taumaturgia que haga desaparecer por arte de magia nuestros problemas propios, más allá del retraimiento del mercado europeo. España es, como acabo de referir, algo más que nacionalismos centrípetos y centrífugos, la vieja lucha de “cierra España” o “periferia al poder”. Como decía Ortega, es una gran unidad histórica y una unidad de destino, de tal suerte que de ésta, o salimos unidos y todos juntos, o implosionaremos. Si analizamos nuestra historia, no podemos olvidar que hemos sido el segundo gran imperio del mundo, después del romano, el primero, y que junto con el actual de Estados Unidos, son los tres grandes imperios hegemónicos que ha habido en la historia mundial. Desde su arrumbamiento, y salvo la guerra de la independencia, en la que conseguimos expulsar a los franceses, quitándonos de encima a Napoleón, siempre hemos abordado crisis y guerras domésticas, en las que nos hemos enfrentado de forma fratricida, y sobre todo suicida, demostrando que somos capaces de hacer lo mejor y también lo peor, y que tenemos una gran capacidad de autodestrucción. Por lo general, la falta de proyecto común es lo que nos aboca a estos procesos autodestructivos, y por contra, cuando nos planteamos un proyecto común, lo solemos hacer muy bien. Unidos fuimos el primer país que le ganó la guerra al todo poderoso Napoleón, y unidos forjamos las bases de nuestra transición y actual democracia. Ahora nos enfrentamos a un momento extremadamente difícil, que no hace falta describir porque ya está todo dicho. Este momento no permite agendas propias, ni permite proyectos personales y colectivos excluyentes. Quien hace esto juega con fuego en un espacio lleno de gasolina. Pero la sensación que a veces se trasmite es la contraria: luchas intestinas en el seno de las instituciones, claros y manifiestos proyectos personales, etc. Aunque no obedezcan a la realidad, el hecho de que así parezca y así se trasmita ya es peligroso. Por eso, no sólo es el momento de permanecer unidos, al margen de que cada uno haga lo que tenga que hacer, y esté en su sitio, es el momento de transmitir a la sociedad la sensación de unión, proyecto común y unidad de destino. Si se logra transmitir la idea de proyecto común y esfuerzo colectivo en el seno de todas las sustituciones, se podrá exigir un auténtico compromiso ciudadano. Nadie puede dudar de los pasos dados para superar la crisis en la que estamos, pero si no bien no podemos dejar de atender la profundidad de la misma, con graves consecuencias económicas y sociales, tampoco podemos olvidar que encuentra parte de sus profundas raíces en el individualismo y en el relativismo que distorsionan la concepción de comunidad. La esperada y deseada racionalización de nuestras administraciones no sólo debe producirse por una necesidad de adecuar nuestro aparato administrativo a las necesidades de una sociedad como la nuestra, que exige más eficiencia y menos representación administrativa, sino y sobre todo para dar ejemplo a una sociedad que ya se está ajustando a la nueva situación. Por eso resulta cuando menos frustrante que todavía haya responsables políticos que estén más pendientes de la existencia de un determinado órgano administrativo o judicial en su pueblo o comunidad, y que no apuesten por el adelgazamiento racional y eficaz de nuestra administración. Ahora bien, tampoco es el momento de proponer apresuradas reformas globales de nuestro modelo democrático; se puede hacer mucho sin necesidad de transformar nuestra Constitución. Estamos en un momento de tormenta, y cuando arrecia, la embarcación debe ser pertrechada para soportar los embates del mar y no para remodelarla o pintarla. Decía el historiador británico Arnold Joseph Toynbee, que una nación permanece fuerte mientras se preocupa de sus problemas reales y comienza su decadencia cuando puede ocuparse de los detalles accesorios.

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