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Cambiemos las reglas de juego; Elisa de la Nuez, abogada del Estado

07/02/2013
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El día 7 de febrero de 2013, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Elisa de la Nuez, en el cual la autora considera que la clase política ya nos ha dejado claro que no es capaz de iniciar un proceso de regeneración en el que tiene todo que perder y nada que ganar si cambian las reglas del juego, incluso en circunstancias extremas como las que atraviesa nuestro país.

CAMBIEMOS LAS REGLAS DE JUEGO

En la gran película de Charles Chaplin El gran dictador hay una escena que resume bastante bien lo que estamos experimentando los españoles estos días. Chaplin interpreta a un barbero judío que ha pasado 20 años en un hospital con amnesia, a consecuencia de un golpe sufrido durante la I Guerra Mundial. Por eso desconoce que su país (Tomania) ha sufrido una gran crisis, a consecuencia de la cual ha tomado el poder un dictador, Hynkel (también interpretado por Chaplin), que ha implantado un sistema totalitario y antisemita. El barbero (y el espectador) se dan cuenta, con sorpresa y miedo, de la nueva situación cuando el barbero llama a la policía para que le proteja de los asaltantes que destrozan la barbería y se encuentra con que la policía ya no está para defenderle, sino que, al contrario, se muestra muy tolerante con los antisemitas.

Efectivamente, los españoles estamos comprobando con angustia que nuestros gobernantes son muy complacientes con personajes que parecen sacados de una serie de gánsteres y que parecen tener el poder de derrumbar con sus apuntes instituciones enteras, empezando por los propios partidos, mientras que son muy duros con los ciudadanos y los medios de comunicación a quienes exigen transparencia y honestidad. Y más allá de las inevitables vicisitudes judiciales que atravesará el asunto de los papeles de Bárcenas, el lamentable cierre de filas del partido en el Gobierno pone de manifiesto con enorme crudeza la existencia de una brecha ya probablemente irreparable entre ciudadanía y clase política. Al menos la actual clase política.

Una clase política que ya nos ha dejado claro que no es capaz de iniciar un proceso de regeneración en el que tiene todo que perder y nada que ganar si cambian las reglas del juego, incluso en circunstancias extremas como las que atraviesa nuestro país. Porque cambiar las reglas de juego requeriría jugadores que supieran jugar con las nuevas, claro está. Pero es que eso es precisamente lo que los ciudadanos queremos, unas reglas de juego distintas y mejores que permitan la aparición de jugadores distintos y mejores. Unas reglas que traigan consigo más democracia y no menos, como se nos quiere hacer creer por los interesados en defender el statu quo. Unas reglas que permitan restablecer los controles desaparecidos en la gestión del dinero público, que permitan devolver a las instituciones la independencia y profesionalidad perdidas por culpa de su colonización por los partidos, que permitan establecer la imprescindible rendición de cuentas ante los ciudadanos, que instauren la transparencia como regla general y no como excepción siempre que se trate de instituciones públicas y del dinero del contribuyente, que aseguren que los poderosos y los políticos pueden ser juzgados y condenados como todos los españoles. Y esto no lo quiere hacer la actual clase política sencillamente porque no le interesa cambiar unas reglas que les permiten seguir jugando aun a costa de llevarse por delante el juego democrático.

¿Qué hacemos entonces? Pues habrá que empezar desde el principio. Y en el principio están los partidos, su falta de transparencia y de democracia interna, su financiación irregular y su falta de compromiso con los electores. Empecemos por forzar su inclusión en el Proyecto de Ley de Transparencia que se tramita en el Congreso (junto con la Casa del Rey, a la que tampoco le vendría mal un cambio de reglas de juego y de jugadores). Aunque no seamos ingenuos, porque para que un político sea transparente no es necesario que la Ley le obligue. Hace falta tener la voluntad de ser transparente. Ya hay partidos que publican sus cuentas y políticos que publican sus declaraciones fiscales. Hasta hay organismos públicos (no muchos) que detallan en qué se gastan el dinero de nuestros impuestos. Probablemente porque no tienen nada que ocultar.

Incluir a los partidos en la Ley de Transparencia puede ser un buen comienzo, aunque no es en absoluto suficiente, especialmente si los controles para garantizar el cumplimiento de la ley siguen en sus manos, como ocurre ahora mismo.

Así que hay que seguir con pasos un poco más difíciles, pero a estas alturas ya imprescindibles. A mi juicio es necesaria una modificación de la Ley Orgánica de Partidos Políticos para implantar la democracia interna y acabar con la autorregulación que ha fracasado estrepitosamente. Y como todo está inventado, copiemos lo que funciona en otros países. Obliguemos a nuestros partidos a celebrar congresos cada dos años, a que los delegados sean elegidos por votación secreta entre los afiliados, a que los candidatos a cualquier cargo público sean elegidos en primarias, a que haya auditorías externas que garanticen el funcionamiento democrático. Fomentemos la competencia, tan sana en política como en economía.

Una ley de estas características permitiría que en el PSOE hubiera una alternativa al imposible liderazgo de Rubalcaba, o en el PP una alternativa a una cúpula bajo sospecha, por poner dos ejemplos clarísimos de cómo la falta de democracia interna puede acabar con el propio partido, y de paso con el juego, al bloquear la posibilidad de una renovación interna. Necesitamos acabar con la cooptación, con las listas cerradas, con los dedazos y los congresos a la búlgara. Necesitamos que personas de valía puedan competir para presentarse a las elecciones y que la carrera política no dependa de la fidelidad y servilismo al líder, sino de la capacidad de crítica, reflexión y debate. Y que la carrera política dependa de la capacidad de ganar elecciones sin campañas mastodónticas, financiaciones irregulares, dinero B, compra o devolución de favores, clientelismo, caciquismo y, en definitiva, corrupción.

Y TERMINEMOS con el paso más difícil porque necesitamos también una reforma de la Ley Electoral que favorezca una renovación total de la vida política española, y que garantice que los representantes rindan cuentas ante los electores y no ante la cúpula de sus partidos.

Y cuando hayamos conseguido todo eso, convoquemos elecciones y empecemos de nuevo el juego democrático con estas reglas distintas. Modifiquemos todo lo que sea necesario, que es mucho, empezando por la Constitución. ¿Tendremos entonces una nueva clase política? Pues seguramente ocurrirá como al final del franquismo, algunos políticos de la vieja escuela serán capaces de adaptarse a estas nuevas reglas de juego, otros no. Ya se verá. Unas reglas nuevas de juego en todo caso obligarán a renovar mucho la plantilla, los equipos que presenten demasiados jugadores amortizados tendrán menos posibilidades. ¿De dónde saldrán los nuevos políticos? Pues sinceramente espero que muchos ciudadanos preocupados decidan dar un paso al frente aunque sea por una temporada. La ventaja que van a tener es la de no ser profesionales de la política. Pero es que la democracia, aunque sea representativa, no es tanto una cuestión de profesionales como de ciudadanos. Sin los primeros todavía podría existir, sin los segundos es evidente que no. ¿Da miedo? Mucho más da seguir como ahora.

Como es bien sabido, la película de Chaplin tiene un final feliz. Gracias a una confusión entre el dictador y el barbero (dado que los dos son idénticos) corresponde al falso Hynkel hacer el discurso final después de su victoria sobre el Estado vecino que acaba de invadir. Un discurso sobre la libertad y la esperanza en tiempos muy difíciles, mucho más de los que nos han tocado a nosotros. “A los que puedan oírme, les digo: no desesperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del progreso humano. El poder que se le quitó al pueblo se le reintegrará al pueblo, y, así, mientras el Hombre exista, la libertad no perecerá”.

Comentarios - 1 Escribir comentario

#1

Doña Elisa nos propone cambiar las reglas del juego. ¿Hay Derecho? - Quizás sería conveniete dejar de confundir al personal. La técnica "lampedusiana de siempre" - CAMBIAR ALGO PARA SEGUIR IGUAL. Llevamos 200 años cambiando las reglas del juego. 8 Constituuciones y nada. Ha llegado el momento de exigir que se cumpla LA LEY. El artículo 14 de la Constitución española - TODOS IGUALES ANTE LA LEY - El Código Penal - con las modificaciones de la Ley Orgánica 7/2012, de 27 de diciembre - publicada en el BOE de 28 de diciembre. Artículo 146 y 146 de la Ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común.
CLARO QUE HAY DERECHO. Lo que no hay derecho es a que se sistemáticamente se incumpla LA LEY.
El ejemplo de los jugadores nos sirve. Podemos fijarnos en el fútbol para aprender a corregir los errores cometidos. Todos hemos visto como se anulan goles válidos (indultos) y no se señalan penaltys de libro (prescripción-nulidad de actuciones-etcétera...). Casi siempre los favorecidos son los equipos grandes (partidos). Es la hora de cambiar jugadores y colegiados corruptos. Cambiar comité de competición corrupto y que todos los partidos sean televisados en abierto - LUZ Y TAQUIGRAFOS.
CREO QUE NO HAY QUE CAMBIAR - NUEVAMENTE - LAS REGLAS DEL JUEGO, SINO - SENCILLAMENTE - CUMPLIRLAS - DURA LEX SED LEX -
No podemos permitirnos el lujo de CAMBIAR de nuevo LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA - 1812-1834-1837-1845-1869-1876-1931...1978...para que - con la estimable colaboración de la
Casa Real - fiel a la tradición familiar - TODO SIGA IGUAL.
El artículo 56 de la Carta Magna indica el verdadero camino a seguir. HA LLEGADO EL MOMENTO DE NO CAMBIAR NADA SINO DE QUE SE CUMPLA LA LEY.

Un amigo de Montesquieu

Escrito el 07/02/2013 22:03:10 por sanchezaladro@hotmail.com Responder Es ofensivo Me gusta (0)

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