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Togas para la dignidad; por Javier Gómez de Liaño, abogado y magistrado excedente

17/12/2012
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El día 17 de diciembre de 2012, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Javier Gómez de Liaño, en el cual el autor opina sobre las candidaturas que se presentan a las elecciones del Colegio de Abogados de Madrid.

TOGAS PARA LA DIGNIDAD

La verdad es que estas líneas hubieran podido titularse de otra manera. Por ejemplo: ¿No serán muchos?. Ello en referencia a los 185.869 abogados -130.038 ejercientes y el resto, no- que, según datos del Consejo General de la Abogacía, hay en España, lo que significa una de las tasas -2,63 abogados por cada 1.000 habitantes-, más altas de Europa, sólo superada por Grecia, Italia y Luxemburgo. Aparte de que las cifras recuerdan al personaje de Baroja que en El tablado de Arlequín decía “como no vales para nada útil, hazte abogado”, o a Joaquin Costa cuando sostenía que “en España hay gente que piensa que siendo abogado se puede llegar a todo, hasta Reina Madre”, lo más preocupante del exceso inflacionista de abogados es que al cabo de diez años de colegiación, alrededor del 40% abandona el ejercicio de la profesión por falta de trabajo o porque el poco que tienen apenas da para cubrir gastos.

Este artículo también hubiera podido titularse Las servidumbres de la toga por el fuerte compromiso que la función de abogado tiene con la ley, la razón y las circunstancias. Todos somos conscientes de la crisis que la Justicia atraviesa, lo cual no es sino el inevitable reflejo de la crisis de la sociedad. La Justicia, más que cuestión de Estado, lo es de supervivencia del Estado y a caballo de esa situación es como el buen abogado anda y desanda un camino repleto de afanes y vicisitudes. La norma más íntima del abogado es la esperanza de justicia, un estado de ánimo que le frena tirar la toga como gesto de renuncia cuando el estrado de un tribunal, teñido de desesperanza, parece hundirse a sus pies y el ciudadano ve el mundo de la Justicia con ojos repletos de lágrimas de desilusión y de escepticismo.

Estos párrafos también hubieran podido titularse Togas para la libertad, que es como Plácido Fernández Viagas llamó a una obra que escribió en 1982 con el diáfano propósito de que las inquietudes de libertad y de justicia del abogado no caducasen. El hombre de toga no tiene más rey que el Derecho. Pedir justicia con libertad, lo mismo que impartirla con independencia, es una de las cosas más imponentes que el ser humano puede hacer y jamás olvide el abogado que su libertad de expresión es especialmente resistente e inmune a restricciones.

Este comentario también hubiera podido titularse Togas al servicio de la Justicia, pues me parece que sería un buen lema común de todas las candidaturas que se presentan a las elecciones del Colegio de Abogados de Madrid. Porque, ¿para qué y para quién están los abogados? Desde luego, nunca para servir a quienes dicen ser los genios de la Justicia, sea porque la dominan o la pagan. La razón de ser del abogado es defender al cliente, sí, pero también a la Justicia con mayúscula. Cuando el abogado acepta una defensa, es porque estima, aunque sea erróneamente, que la pretensión de su defendido es justa. Para él debería ser un orgullo que el cliente, antes que defensor, le considerase su primer juez. Por encima de todo, el abogado es un hombre de paz, un árbitro conciliador del estilo que Abraham Lincoln recomienda en sus Notes for a Law Lecture y que escribió cuando ejercía la abogacía en Illinois: “Desalentad los pleitos. Persuadid cuanto podáis a vuestros vecinos para llegar a un arreglo (...); como pacificador, el abogado tiene una espléndida oportunidad de ser buena persona”.

Esta página también podría haberse titulado Elogio de los abogados escrito por un juez, aunque esté en excedencia, o sea, lo mismo que la obra de Piero Calamandrei, pero al revés y algo más largo, aunque, a decir verdad, las relaciones entre ambos gremios no pasan por los mejores tiempos. Impuntualidad insoportable y una intolerable falta de respeto por parte de funcionarios antipáticos, indolentes y escasamente formados, son los reproches que justificadamente cabe formular por mucho que duela a los responsables y por mucho que las salpicaduras de ese maltrato hieran a cuantos colaboran con ellos, empezando por miembros de la magistratura y del Ministerio Fiscal que miran al abogado no como un coadyuvante en quien confiar sino como un enemigo del que hay que protegerse.

“Os necesitamos”, declaró el magistrado del Tribunal Supremo y fiscal excedente Antonio del Moral en una conferencia ofrecida recientemente en el II Congreso Regional de la Abogacía de Castilla y León, en directa alusión a los abogados que “trabajan con pasión y equilibrio, fe en la justicia” y afán de colaborar con ella.

“Confianza y eficiencia” es el eslogan de la campaña electoral del actual decano del Colegio de Abogados de Madrid, aspirante a la reelección. No sé quién dijo que con el deseo pueden verse los fantasmas que no se ven con el concreto sentido de la vista, pero el pensamiento me sirve para afirmar que mal arte de vendedor es ofrecer un producto que de antemano se sabe que no va responder a las expectativas. Una de las leyes de la publicidad es que siempre hay clientes dispuestos a dejarse engañar, pero ninguno que tolere ser defraudado, sensación que no pocos abogados pueden tener ante la pusilanimidad demostrada por el señor Hernández Gil en el caso de la intervención de las comunicaciones entre varios letrados con sus clientes en prisión, decretadas por el juez Baltasar Garzón con el patente y grosero objetivo de reducir a los letrados -afectados o no por el atropello- y a fuerza de trabas y recelos, a una cuadrilla de leguleyos o, lo que fue más grave, considerarlos autores, por cooperación necesaria, cómplices o encubridores de los hechos imputados a sus defendidos.

“Por un cambio necesario” es la propuesta que el abogado Javier Cremades hace en su candidatura para presidir el Colegio de Abogados de Madrid, integrado -los datos son de ayer- por 66.400 colegiados, de los cuales, 40.662 son ejercientes y 25.738 no ejercientes.

Sí; hay que cambiar y ponerse al servicio de la justicia en singular y en contra de las falsas plurales justicias que confunden a la gente.

Hay que cambiar, sí, para que la abogacía estreche los lazos que siempre sirvieron de cordón umbilical con la magistratura. Siendo ramas de un mismo árbol, los jueces y los abogados, incluidos los que anteayer fueron jueces y fiscales, deben trabajar en perfecta armonía.

Hay que cambiar para garantizar la formación integral del abogado. La abogacía es sinónimo de técnica y no de retórica sin sustancia. La justicia es algo muy serio y no soporta al abogado vocero de salón o presentador de festivales, que es el tipo de letrado que Quevedo describe satíricamente cuando habla de él como individuo “bien frondoso de mejillas, sonora voz, eficaces gestos, con cuya corriente de palabras anega a los otros abogados”. La abogacía es un arte y como todas las artes, necesita un andamiaje científico. Pero esa esa capacidad de aplicar el Derecho se basa en otras circunstancias que no conviene olvidar. Hace falta que los abogados sean también hombres y mujeres de pensamiento, con quienes se pueda dicutir sobre cuestiones filósoficas y científicas.

Hay que cambiar para que la profesión recupere la buena reputación que tuvo en tiempos idos. Aunque no aspiremos al prestigio adquirido en la Grecia clásica, con personajes como Pericles o Demóstenes, o en Roma, donde los abogados eran vistos como oráculos de la Justicia y premiados con honores, gracias y privilegios, al menos logremos que la ciudadanía perciba a los abogados como espléndidos profesionales que contribuyen al sostenimiento de los principios básicos de un Estado de Derecho.

Hay que cambiar para que la profesión responda al verdadero sentido de la palabra, es decir, que el abogado sea, sobre todo, un consultor y consejero. La nobleza de la función consiste en la independencia de juicio frente al cliente y una perversión del oficio es que el abogado sea mandatario suyo, su administrador e incluso su socio. O se marca con trazo grueso la linde entre uno y otro o el abogado degenerará en un hombre de negocios.

Estas palabras que ya se están acabando muy bien hubieran podido titularse Togas para el porvenir, pues visto lo que llevo escrito, resulta que esto es lo que he querido decir. Hace unos días, Álvaro Rodríguez Bereijo y Rafael de Mendizábal Allende, magistrados que fueron del Tribunal Constitucional y 52 letrados más, escribieron en estas mismas páginas de EL MUNDO algo parecido, pero mejor, para expresar su apoyo a la candidatura encabezada por Javier Cremades y Gaspar Ariño, pues decían que “España necesita una nueva abogacía que defina el futuro de nuestro país y, de esta forma, siga liderando con una eficacia reforzada la defensa de los intereses de los ciudadanos (...)”.

Al escribir este artículo no he olvidado que mi profesión actual es la de abogado, que estoy casado con una señora que hace años ejerce de abogada y que me considero amigo de bastantes miembros de las diferentes candidaturas al Colegio de Abogados de Madrid. Mas si alguien me advirtiese que, para defender las ideas expuestas, habría hecho bien en no sacar en público mis preferencias, le respondería que afecto y amistad no quieren decir dependencia ni complicidad. Abogado, amigo de los abogados, sí, sed magis amico veritas et iustitia.

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