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¡Majestad, por España!, por Javier Gómez de Liaño, abogado y magistrado en excedencia

24/04/2012
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El día 24 de abril de 2012, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Javier Gómez de Liaño, en el cual el autor opina que Don Juan Carlos, a diferencia del resto del procomún, incluidos los políticos y funcionarios públicos, no tiene ni debe tener vida privada porque lo que es, lo es durante las 24 horas del día.

¡MAJESTAD, POR ESPAÑA!

No cabe duda de que los españoles tenemos una excesiva afición a desencadenar tempestades en un vaso de agua. Después, cuando vemos que las aguas vuelven a su cauce, poco a poco se nos van calmando los ánimos hasta darnos cuenta de que no hay mal que cien años dure. Digo esto a propósito del tinglado que se ha montado por los pormenores del viaje del Rey a Botsuana y, más concretamente, por el objetivo cinegético de la expedición, las compañías inconvenientes, la caída nocturna de Don Juan Carlos y la operación de cadera, y que vistos después de una semana, día de más, día de menos, resulta que bien pudo ser un vendaval en una palangana donde han soplado muchos y con todas las fuerzas de su fuelle. Políticos de uno y otro signo, periodistas, especialistas en programas del corazón y de otras anatomías menos pudendas se han pronunciado acerca de la cuestión, al margen de que no pocos conocieran los entresijos de ella y hasta ignorasen dónde está el delta de Okavango.

Confieso que no tenía intención de terciar en el asunto, que pienso no debe despreciarse. Sin embargo, al final me he decidido. Lo hago desde el respeto sincero y profundo que siento por la institución que el Monarca representa, por el Jefe del Estado, y tras recordar a los lectores que hace poco más de tres meses, en estas mismas páginas escribí un artículo titulado El Rey en su sitio y que dediqué al discurso de Navidad de Don Juan Carlos y a la proclamación, en referencia al proceso penal seguido a su yerno, de que “la Justicia es igual para todos”.

La dimensión del caso que me propongo tratar es si el Rey tiene o no una vida privada que deba ser respetada o ventilada de manera pública. Las posturas varían. Mientras unos entienden que si de los asuntos íntimos del Monarca no se derivan consecuencias negativas en sus responsabilidades públicas, entonces deben ser mantenidos en el ámbito privado, los hay que, en sentido opuesto, opinan que en tanto en cuanto sea Rey, todo lo que se refiere a él es relevante para la ciudadanía y, por tanto, la divulgación es saludable.

Como todas las cosas en la vida, ser Rey también tiene su precio. Para mí, Don Juan Carlos, a diferencia del resto del procomún, incluidos los políticos y funcionarios públicos, no tiene ni debe tener vida privada porque lo que es, lo es durante las 24 horas del día. El Rey es un todo y todo lo que hace son mensajes de potestades y privilegios que él mismo trasmite. Cuando el Rey comparece en un acto oficial acompañado de su mujer, o sea, la Reina, o sus hijos, está enviando una señal de estabilidad. Si, por el contrario, la televisión ofrece las imágenes de un Rey que desprecia a la Reina y permite que por la alfombra roja de un aeropuerto, tras él o junto a él, pise otra mujer con la que mantiene relaciones afectivas, entonces el recado es bien distinto. Lo malo se da cuando los desórdenes de conducta personal o familiar se reflejan en comportamientos públicos. La vida completa del Rey forma parte de su estabilidad pública y si no quiere que nadie se meta en su vida privada, que empiece poniéndola en orden.

Supongo que para Don Juan Carlos habrá sido muy doloroso el que se haya hecho pública una parte de esa vida íntima que tiene y no digamos cuando no se acomoda a los usos tenidos por ortodoxos entre quienes, a puerta cerrada, pueden hacer lo que quieran sin miedo al escándalo porque los devaneos, aventuras y pasatiempos de alcoba de los desconocidos no interesan a nadie. Éste es uno de los mayores encantos que asiste al transeúnte corriente y moliente. Admito, por tanto, que se dé publicidad a la entera vida del Rey, aunque a cambio sostengo que el público aireamiento no puede ponerse jamás al servicio de curiosidades malsanas o intereses bastardos. Y el que quiera entender que entienda.

Creo que la primera virtud que ha de mostrar el Rey de España que, no se olvide, a la vez es Jefe de Estado, es la sensatez y estoy convencido de que cualquier monárquico que se precie de ello tiene muy presente que Don Juan Carlos asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales -artículo 56.1 CE-, que le corresponde el mando supremo de las Fuerzas Armadas -artículo 62.f) CE-, que los jueces y magistrados integrantes del poder judicial administran justicia en su nombre -artículo 120.1 CE- y que el Monarca es inviolable y no está sujeto a responsabilidad -artículo 56.3 CE-.

Que el Rey está casado por la Iglesia y, según la fórmula tradicional, como Dios manda, es algo que todo el mundo sabe. Sin embargo, hasta ahora éramos muchos los que ignorábamos que Don Juan Carlos tenía novia formal, que la lleva a algún que otro viaje oficial y que va con todavía imprecisas intenciones. Yo no soy nadie para decir a nadie y menos al Rey, que se abstenga de enamorarse, pues sé que como puede leerse en Orlando Furioso, “igual que el cazador persigue a la liebre, por el frío y por el calor, por montes y valles, a la mujer sólo el hombre la estima cuando huye y la menosprecia cuando la tiene”. Ahora bien, lo que es inaceptable es que el Monarca tenga dos reinas. Con su actual amorío a contrapelo por la señora Larssen, más conocida por Corinna zu Sayn-Wittgenstein, el Rey ha huido de su deber de respeto por quien, según declaración constitucional, no es una esposa traicionada cualquiera, sino la Reina consorte -artículo 56 CE- y lo más probable es que no se haya percatado de que la regla de oro de la Monarquía está escrita sobre el tablero de la Constitución que advierte que la Corona es la culminación de la ejemplaridad y que su titular jamás debe rondar la linde de la imprudencia que puede abocarnos a la confusión del Rey responsable con el Rey frívolo e irresponsable.

Tras su metedura de pata en Botsuana y después de su petición de disculpas, la encuesta publicada el domingo por EL MUNDO demuestra bien a las claras que para la mayoría de los españoles en edad de interrogarse, el inoportuno viaje, la inoportuna compañía, el inoportuno traspié y la inoportuna rotura de la cadera no pueden tirar por tierra casi cuatro décadas de reinado, aunque, según ese mismo sondeo de opinión, más del 50% de la gente piensa que el gesto de arrepentimiento no repara el daño causado a la Corona.

“Don Juan Carlos mantendrá una mayor discreción con respecto a las amistades personales que le acompañan en sus actividades particulares y desplazamientos”. Éste es el texto publicado a partir de “fuentes oficiales de la Casa del Rey” y que agrega que entre esas relaciones se incluye la que mantiene hace años con doña Corinna. “A Dios rogando y con el mazo dando”, es un refrán en cierto modo paradigma de la sensatez. Como aquel chófer le soltó en castellano de cueros vivos al marqués que salía borracho de un prostíbulo, -”¡Señor, o nos comportamos o la cagamos!”-, a lo que yo más finamente añadiría que una institución no puede quebrarse por un amorío de más o un amorío de menos, aunque sea con una dama ante quien nadie, o casi nadie, haría timoratos aspavientos y hasta estaría dispuesto a arreglar los papeles y casarse con ella por el rito de Zambia, país en el que si no se admite la bigamia, que no lo sé, seguro que sí se tolera alguna que otra trampa y allá cada cual con su conciencia y sus cartucheras.

Quisiera terminar estas palabras con la constatación de un par de evidencias, al menos para mí. La primera es que el Rey ha cumplido un gran servicio a este país. Don Juan Carlos no tuvo fácil la tarea que le llevó al reconocimiento de los españoles y, muy probablemente, ha sido el rey de España que más dramáticamente se encontró con un país hostil a la idea de la Monarquía. Durante casi 37 años el Rey ha gozado de la simpatía y confianza de los españoles que hemos visto en su figura la imagen del camino que deseábamos recorrer, pero, por contraria razón, también puede ocurrir que se quede atrás porque pierda el norte o porque tropiece en la andadura. La actitud que lleva a la confesión de “lo siento mucho; me he equivocado y no volverá a ocurrir”, puede que se haya tomado en serio hasta por los más recelosos de la institución pero no se olvide que la Monarquía considerada como ornato ya no funciona y que un fallo político de cierta envergadura puede acarrear el hundimiento con toda una secuela de imprevisibles soluciones no deseables.

El segundo axioma es que los españoles conocemos bien al Príncipe Felipe. Sabemos de la solidez de su pensamiento y de su serenidad de criterio, por citar algunos de los valores que le caracterizan. Los sondeos de opinión demuestran que es capaz de llevar las riendas del Estado. La Corona tendrá que pasar su propia transición, que no empezará hasta el mismo día en que Don Felipe tenga que asumir la Jefatura del Estado.

Estoy intentando decir que a la sucesión del Rey no debe dársele mayores largas. Quizá no sea hoy el momento más oportuno, pero es hora de plantearnos si acaso el Rey no debería retirarse de este mundanal ruido, hacerlo cubierto de honores y dejar que la Monarquía española siga el camino que trazan pies más jóvenes. Es un hecho casi probado que lo viejo es débil y lo joven, fuerte. El Príncipe Don Felipe es un joven muy maduro, lo cual es una suerte para los españoles.

¡Majestad, por España. Todo por España! Esto es lo que dijo el 14 de mayo de 1977, Don Juan de Borbón, padre del Rey, al trasmitir a su hijo los derechos dinásticos. Pues eso.

Javier Gómez de Liaño es.

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