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La OPA del Reino Unido; por José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado

19/02/2016
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El día 19 de febrero de 2016, se ha publicado en el diario ABC, un artículo de José Félix Pérez-Orive Carceller en el cual el autor opina que lo que pretende el señor Cameron es que acabemos con la Unión Europea y volvamos al Mercado Común.

LA OPA DEL REINO UNIDO

El pasado 10 de noviembre, el primer ministro inglés lanzaba en nombre del Reino Unido una oferta pública para controlar el devenir de la Unión Europea. Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, le contestó con una sonrisa que no, y David Cameron insistió visitando medio continente para que nos allanáramos a sus deseos antes de junio de 2016, fecha en la que amenaza con un referéndum.

La más inaceptable condición de la propuesta británica es que Europa renuncie a su objetivo fundacional de buscar una “ever closer union”, abdicando así del derecho a su futuro. Su segunda demanda es que la Unión tenga varias monedas oficiales para dar mayor protagonismo al Banco de Inglaterra y de paso complicar nuestra unión bancaria. Por último, y en contra de los valores fundacionales europeos, desearían imponer requisitos a sus inmigrantes y residentes europeos para disfrutar del Estado del bienestar.

En definitiva, lo que pretende el señor Cameron es que acabemos con la Unión Europea y volvamos al Mercado Común.

Pues bien, a cambio de estas múltiples renuncias Cameron nos ofrece dos cosas: a) un chute de “liberalismo” que reduzca las regulaciones de nuestro mercado, de manera que Europa sea más competitiva; algo que dan a entender que solo sería posible si ellos marcasen el rumbo, y b) recordarnos con sutileza que de no aceptar la oportunidad de esta OPA podríamos perder a uno de nuestros contribuidores netos.

Muchos se habrán preguntado: “Y este terremoto ¿para qué?” Respuesta: para que el partido euro-escéptico de extrema derecha UKIP (12,7% de los votos y un escaño en la Cámara de los Comunes) no presione en las próximas elecciones al partido conservador de Cameron. Intimidación que ha inducido a este a optar por un riesgo mayor: un plebiscito como el de Escocia, pero con él en el limbo de la intermediación separatista.

Es difícil evaluar las ventajas de la permanencia de Inglaterra en la Unión Europea en términos de Producto Interior Bruto. Dificultad que no está ligada a la sensibilidad de la exportación, paro o cotización de la libra; sino a intangibles como la reacción de la City de producirse la salida.

La City es una sublimación del pasado imperio inglés. Un emporio de servicios que representa entre el 20 o 30% del crédito mundial, según se mida este desde el centro de Londres o de sus terminales: Hong Kong, Singapur, Caimán La City se asemeja a un estado dentro del Estado, cuenta con sus propias leyes y votan las empresas, no las personas. En ella se residencian las acciones de los activos más opacos del orbe económico. Un mundo representado más por la codicia de Lehman Brothers que por los valores anglicanos que dieron soporte a la industria inglesa. Lo ilustra un chiste: un niño le dice a su padre: “Papá, ¿los malos van al infierno? No, hijo -responde el padre- los malos van a la City. Y es que en la City a nadie le impresiona ya que sus ejecutivos trabajen 80 horas semanales o que, por la presión insufrible de conseguir resultados, haya una alta tasa de suicidios y muertes súbitas.

Cuando Cameron expone que con el sufragio está salvando los negocios de la City, solo formula el deseo de que esta permanezca en Inglaterra. Pero de confirmarse el “opt-out” no podría garantizarlo. La City es la City por varias razones, pero una esencial es porque está en Europa. Un resultado favorable a la salida podría animarla -en una fracción dificil de anticipar- a un traslado paulatino a Fráncfort, cuna del euro, donde tienen su sede ya más de trescientos cincuenta bancos (trescientos treinta alberga la City).

La mudanza no solo afectaría a intereses, susceptibles de volatilidad -árabes, chinos, indios y rusos-, sino también ingleses, y a los escoceses se les proporcionaría un argumento para desligarse del Reino Unido; sin olvidar un tema menor: representaría un mazazo para Gibraltar, que se acercaría a España a regañadientes.

En un azaroso pero verosímil agregado de coincidencias, el error de la salida de la Gran Bretaña de Europa sería inconmensurable. Orientarse en el laberinto en el que se ha metido Cameron es difícil, aunque a ello deba su mayoría absoluta en las últimas elecciones. Pero de cara al resto de Europa, la oferta inglesa, tintada de acento “plummy”, no es simpática.

Claro que Cameron tiene razón cuando dice que Europa está regulada en exceso y que le conviene más libre empresa, pero eso Europa lo resolverá por sí misma, sin necesidad de enrarecer su proyecto y poner a la Unión en sus manos.

En la película inglesa “Love Actually”, cuando el primer ministro británico se dirigía al presidente de Estados Unidos, decía: “Un amigo que abusa de nosotros no es nuestro amigo”. Pues bien: ese criterio va calando también entre los europeos. En el mundo de las fusiones de empresas se cuenta que lo que separa una opa hostil de una amistosa pueden ser 10.000 euros; en este caso lo que puede separarla es mucho más que un número indeterminado de inmigrantes, es la duda creciente de si nos interesa el Reino Unido en Europa a cualquier precio.

Ahora bien, no deben confundirse riesgos con consecuencias. Es un hecho que las consecuencias de la ruptura serían nefastas para todos, mientras que los riesgos, que son las probabilidades de incurrir en ellas, serían mayores para Gran Bretaña, pues los sufren más quienes los provocan. Otra apreciación obvia es que ambas partes se necesitan, con un matiz evidente: el factor soledad, a la larga, afectaría más a los ingleses en su defensa y prosperidad. Una tercera reflexión es que la pelota está en su tejado y que los plazos preclusivos solo a ellos les incomodan; consideración que debería recordar que ser proactivos por nuestra parte, más allá del cariño que les da Juncker en sus duras conversaciones, supondría ceder, sin garantías de arreglar nada, y dando alas a los euro-escépticos.

De lo expuesto podría deducirse que es Cameron el más interesado en resolver el problema del “Brexit”, mientras que lo aconsejable para Tusk, de cara a la inminente reunión de primeros ministros, es abordar el tema más como un asunto interno de la tan cacareada soberanía británica que como algo nuestro, y ofrecer remedios livianos que se encargarán los europeístas británicos de magnificar. Los ingleses, como siempre, harán lo que les de la gana, por eso cuanto menos se les contemple todo resultará mejor.

Si sopesamos posibilidades, será un avatar menor jugársela al resultado incierto del referéndum (el sí lleva ventaja de 15 puntos) que al batacazo seguro de retrotraernos 45 años o renunciar a nuestros principios. Como europeos lo primero nos podría perjudicar, pero lo segundo no seríamos capaces ni de imaginarlo.

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