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Luis Díez-Picazo, maestro de civilistas

11/01/2016
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Por Antonio Fernández de Buján, Catedrático de Derecho Romano de la Universidad Autónoma del Madrid, académico de número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y de la Real Academia Gallega de Jurisprudencia y Legislación.

ABC 09.01.16

LUIS DÍEZ-PICAZO, MAESTRO DE CIVILISTAS

Me duele escribir en pasado de mi amigo Luis Díez-Picazo, a quien tanto quería. Me he resistido a hacerlo hasta hoy, aunque debería haber ya esbozado unas líneas en su memoria, las obligaciones naturales deben cumplirse al menos con la misma diligencia que las civiles. Al igual que le ocurría a Luis, soy reacio a hacer públicos mis sentimientos sobre las personas especialmente queridas, a lo que se une que me han faltado, hasta hoy, fuerzas y coraje para enfrentarme a la realidad de los hechos.

Procedo pues a exponer un testimonio sobre su persona, y unas mínimas apreciaciones sobre su legado y su ingente y brillantísima obra jurídica, en la que destacan sus “Fundamentos de Derecho Civil”, y el “Sistema de Derecho Civil”, en coautoría con Antonio Gullón, y sus aportaciones como catedrático de Derecho Civil, magistrado del Tribunal Constitucional, presidente de la Sección de Derecho Civil de la Comisión General de Codificación, consejero de Estado, académico de número y presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, y director de la “Revista Crítica de Derecho Inmobiliario” y del “Anuario de Derecho Civil”. Creo que puede afirmarse, sin exageración alguna, que Luis Díez-Picazo ha sido el más relevante civilista de la historia de España.

Entre sus aportaciones de literatura no estrictamente jurídica, su “Memoria de pleitos”, con dedicatoria: “A Eduardo García de Enterría, maestro siempre, y a Amparo” refleja como ninguna otra su recia personalidad, y la humanidad de su actuación en los asuntos que defendió como abogado.

Lo recuerdo como alumno en los años setenta en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma. Bajaba a clase provisto sólo con el Código Civil, se sentaba, lo abría por la materia que tocaba, leía un artículo de forma pausada y nos preguntaba qué nos sugería el precepto, ante el habitual silencio general, se deleitaba explicándonos la letra y el espíritu de la disposición, que cobraba vida en sus palabras. Se lo recordaba hace unos días a su esposa María Teresa, que me contó que su gran pasión fue el estudio del Código Civil, del que compraba dos ejemplares en todos los países que visitaron a lo largo de su vida, uno para la Universidad o para la Academia y otro para su biblioteca.

He tenido la fortuna de pasar cientos de tardes hablando o paseando con Luis en los últimos quince años. Solíamos charlar durante horas, y tomar café con pastas en el salón central del hotel Palace y en verano, blanco y negro y horchata, en las terrazas de Rosales. Era apabullante lo que sabía sobre cualquier tema, y la claridad de ideas con la que se expresaba. Sobre todo le gustaba hablar de historia, literatura y derecho. Había leído muchísimo, tenía una memoria prodigiosa y una extraordinaria inteligencia natural. Recordaba la obra íntegra de Galdós como si la hubiera acabado de leer. Me contó que había ganado a los catorce años un galardón académico en el colegio agustino del Buen Consejo, que le daba opción a pedir un premio, y que su decisión de optar por los “Episodios nacionales” hizo dudar a la comunidad agustina sobre su procedencia, que a la postre fue aceptada. El último año me dijo que estaba releyendo El Quijote, y memorizando algunas partes, y me recitó con satisfacción una página de la obra.

En su trato personal conmigo fue siempre exquisito y muy afectuoso. Me dejaba sacar los temas de conversación que quisiese. Nunca me impuso su criterio, le gustaba el debate de ideas, aunque conmigo practicaba poco, dado que lo habitual era que coincidiésemos en las opiniones. Citaba con frecuencia a su maestro, al que siempre llamaba don Federico, y a sus padres, de los que conservaba un emocionado recuerdo. Le gustaba pasear por el Madrid árabe y por el de los Austrias, y éramos asiduos a las exposiciones temporales, especialmente de pintura, y a las organizadas por la Residencia de Estudiantes. Teníamos previsto, con María Teresa, un viaje al Colegio de Abogados de Bilbao, en el que íbamos a intervenir. Me dijo que pararíamos a almorzar en Burgos -donde había nacido; “Soy castellano viejo, afirmaba orgulloso- y que me enseñaría su casa natal.

Fue Luis Díez-Picazo una persona noble, sincera, generosa, tolerante, trabajador infatigable, y de inquebrantable lealtad con los demás y consigo mismo, en palabras de su gran amigo Antonio Gullón. Era impensables en su personalidad la envidia, la petulancia, la maledicencia, el sectarismo, el desear mal a nadie. Tenía un carácter fuerte en público, pero cordial y simpático en el trato personal. Fue un jurista irrepetible, un maestro excepcional y una persona de bien, a la que siempre tendremos presente en nuestras vidas.

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