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Enrique Guillén

El 15-M desde la óptica del socialismo democrático

02/07/2012
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Las páginas que aquí se someten a discusión son unas reflexiones sobre un fenómeno muy reciente y nuevo en la historia de la democracia española, lo que lo hace difícil de categorizar. Carecemos de la experiencia francesa (y su mayo del 68) y de la americana (con sus movimientos a favor de los derechos civiles) y no disponemos, pues, de referentes anteriores a los que remitirnos para analizar sus similitudes o divergencias. Y tenemos también evidentes singularidades, consecuencia fundamentalmente de las circunstancias del momento en el que se ha gestado. Efectivamente, precisar el significado y alcance del 15-M, de un movimiento de protesta radicalmente plural por su composición y por sus propuestas ideológicas de partida y de llegada, de un movimiento, además, que está evolucionando al paso de los acontecimientos, es una tarea inalcanzable y probablemente también un sinsentido: sería como utilizar un arsenal ideológico tradicional para analizar un fenómeno nacido para desmarcarse de los moldes preestablecidos. (. . .)

Enrique Guillén es Profesor Titular de Derecho Constitucional de la Universidad de Granada

El artículo fue publicado en El Cronista n.º 30 (junio 2012)

Las páginas que aquí se someten a discusión son unas reflexiones sobre un fenómeno muy reciente y nuevo en la historia de la democracia española, lo que lo hace difícil de categorizar. Carecemos de la experiencia francesa (y su mayo del 68) y de la americana (con sus movimientos a favor de los derechos civiles) y no disponemos, pues, de referentes anteriores a los que remitirnos para analizar sus similitudes o divergencias. Y tenemos también evidentes singularidades, consecuencia fundamentalmente de las circunstancias del momento en el que se ha gestado. Efectivamente, precisar el significado y alcance del 15-M, de un movimiento de protesta radicalmente plural por su composición y por sus propuestas ideológicas de partida y de llegada, de un movimiento, además, que está evolucionando al paso de los acontecimientos, es una tarea inalcanzable y probablemente también un sinsentido: sería como utilizar un arsenal ideológico tradicional para analizar un fenómeno nacido para desmarcarse de los moldes preestablecidos. Todo ello ha de considerarse para tomar con prevención nuestras observaciones. Hay que asumir su necesaria provisionalidad. Puede, por ejemplo, que una de las principales tesis que aquí se mantienen, la de que nada volverá a ser como antes, se revele como falsa y que el movimiento se deshaga con la misma rapidez con la que emergió. Digamos, por tanto, que sólo vamos a tratar de abordar aquellos elementos que deben hacer mella en el proceso de construcción de una sociedad más libre e igualitaria que supone el socialismo democrático.

La sorpresa. El 15-M nos ha sorprendido a todos. En particular ha sido una sorpresa para quienes venían manteniendo que vivíamos en una sociedad adormecida, aletargada; que los jóvenes no tenían ninguna implicación política (consecuencia, sobre todo, de la denostadísima política educativa que a juicio de algunos encarnaba la LOGSE y que, al menos en este punto, ha quedado rehabilitada) y que no era en modo alguno esperable una reacción social. Digamos que de las cuatro actitudes que muy esquemáticamente caben respecto de la política (la satisfacción complaciente del que cree que vive en el mejor de los mundos posibles; la indiferencia completa del nihilista, de la posmodernidad; la insatisfacción derrotista de quienes consideran que todo está perdido de antemano y la insatisfacción crítica) la que ha irrumpido es la última.

Efectivamente, la impresión de que el actual statu quo no podía moverse a instancias de un movimiento popular, fuertemente anclada y amparada por la actitud autocomplaciente de quienes se han impuesto los galones por todo lo conseguido sin asumir ninguno de los errores, ha saltado por los aires demostrando una vez más que la previsibilidad no es una de las características de la historia (que la necesidad histórica es una entelequia). La velocidad a la que se suceden los cambios sociales es vertiginosa. Pero al vértigo hay que hacerle frente. Puede que del modelo del que ahora hablamos no quede rastro en un lustro. Pero esta evidencia no nos puede hacer caer en la pasividad, cejar en el objetivo de plantear escenarios en los que la razón, la libertad, la igualdad (la democracia, en definitiva) queden siempre a resguardo. Si no, el poder, los poderes (cualesquiera que sean, donde quiera que estén) podrán actuar sin límites.

Las raíces. Para comprender los movimientos políticos, para comprender cualquier fenómeno social, hay que remontarse a sus raíces. Aun a riesgo de no ser enteramente exactos, creemos que hay diferentes razones que pueden ayudar a explicar el surgimiento del 15-M. La más evidente es la crisis económica y todo lo que ésta ha puesto de manifiesto. Porque la crisis, por sí sola, no ha sido la causa, la raíz, pero ha servido como detonante por el modo en que se ha reaccionado frente a ella. Si se hubiera afrontado con soluciones keynesianas o neokeynesianas, por ejemplo, es más que probable que no hubiésemos asistido a semejantes estallidos de descontento social. Pero no. La Crisis ha desnudado al Emperador. Ha hecho evidente que quien realmente tiene el poder no está sujeto a responsabilidad porque todo el modelo está concebido para controlar a los que formalmente toman las decisiones, no a quienes están en las sombras. Los modelos constitucionales de Occidente están pensados para marcar la pauta a los representantes de los ciudadanos en el sobreentendido de que el sistema político puede controlar al económico, de que la función de dirección política que el gobierno ejerce (artículo 97) permite también planificar la economía (artículo 131 CE), de que quien tiene el poder es designado por y responde ante los ciudadanos, y es esto lo que ha saltado por los aires con la crisis económica. Ahora es innegable que las relaciones entre la política y la economía no se rigen por estas reglas de subordinación de la segunda a la primera, con lo que corremos el riesgo de ser espectadores de primera fila en el fúnebre final de una de las ilusiones del siglo XX europeo: el Estado social. La globalización (globalización de la economía y correlativa devaluación de la política) no ha querido o no ha podido evitar que surjan corporaciones cuyo capital económico supera con mucho al de estados medios; no ha puesto instrumentos para que los primeros puestos de las economías mundiales no sean ocupados por quienes tienen tales tasas de productividad gracias a sus infrahumanas condiciones laborales; no ha impedido que los flujos de deuda pública (en definitiva, los recursos económicos con los que los Estados cuentan para poder sufragar sus gastos, último reducto de una soberanía inexistente) se sometan a los ataques de los especuladores. Y la Unión Europea, por su ínsita debilidad, se ha convertido en el principal campo de batalla en lo que es un ataque deliberado a la autonomía de la política. Donde la política es más débil (la UE), dónde más se deslocalizan las decisiones (la UE), dónde más se ha erosionado el concepto de soberanía (estatal y popular, sin que se haya erigido una europea) (la UE), dónde el Pueblo tiene una existencia política más desvaída, porque se ha desnaturalizado el de origen y no se ha llegado al de destino (la UE), es donde más garantía de éxito hay de que se consolide ese proceso de autonomización absoluta de las reglas del mercado respecto de la política. La crisis, en definitiva, se ha prodigado en hacernos perder la inocencia. Nos ha mostrado que un colapso del sistema generado por bancos, especuladores, inversores, agencias de calificación y gobiernos va a ser costeado por los sectores más débiles, a los que se exige “austeridad” y “flexibilidad laboral”, eufemismos, en muchos casos, de “pobreza” y “paro”. Y al hacer recaer los costes sobre los más desfavorecidos ha hecho, si cabe, más evidente la distancia entre la clase política, cuyas prerrogativas pasan a ser vistas como privilegios inadmisibles en favor de quienes nada han hecho para impedir estos desmanes, y los ciudadanos. Esta crisis, que es la coartada para acabar con la capacidad de la política para gestionar los intereses de los ciudadanos, ha encontrado en éstos un aliado seguramente inesperado que en su intento de regeneración puede que consiga una victoria pírrica (en el peor de los escenarios). A todo lo anterior hay que sumar que el partido en el gobierno en España era en ese momento el partido socialista, lo que ha acentuado un sentimiento recurrente en ciertos sectores desde la transición: el sentimiento de haber sido traicionados por quienes enarbolan como bandera la igualdad real y efectiva. La distancia entre el discurso oficial y el real, la demagogia y el populismo, han dado una excusa más a ciertos ciudadanos para situarse al margen del partido, ha dado alas a la demanda de reemplazar lo que se aprecia como una democracia puramente formal por una democracia real. Ciertamente, en los movimientos sociales que están detrás del 15-M no hay atisbo de autocrítica o de asunción de responsabilidad por pequeñas que sean (siquiera la de no haber intervenido activamente en las instancias que expresan los intereses generales con el objeto de que no sean mayoritariamente ocupadas por personas que no los estiman lo suficiente). Seguramente tampoco les es exigible. La autocrítica merma la autoestima y sin ésta las posibilidades de triunfo caen radicalmente.

De otro lado, se pueden encontrar también vínculos de este profundo movimiento de descontento con ciertas posturas que han venido a replantear lo que la transición política ha supuesto en la historia contemporánea de este país. Ciertamente, la transición ha pasado de ser un fenómeno casi unánimemente “hagiografiado” a reconsiderarse de forma crítica. Así se ha entroncado con todo aquello que se quedó pendiente, con lo que motivó lo que en su momento recibió la denominación de “desencanto”. El 15-M ha hecho revivir la frustración política de unos sectores, hasta ahora bastante marginales, pero que nunca han dejado de estar activos y que creían que la transición no había sido tan exitosa como se pretendía, que fue una especie de cierre en falso de la dictadura en el que se pidió el olvido de responsabilidades nunca asumidas. En especial, estos sectores siempre han sido muy críticos con el modelo de partidos al que acusan de perverso y de haberse apartado totalmente de las necesidades de la ciudadanía. El resentimiento generado por la apreciación de que prácticamente todas las esferas de la vida del país están dominadas por camarillas, por personas que, si algún día tuvieron ideales, los han sacrificado para medrar, ha encontrado una oportunidad para expresarse. Aquí podemos encontrar también la clave para comprender la incorporación de las generaciones mayores al movimiento.

... (Resto del artículo) ...

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