EL PRIMER VIAJE DE LEÓN XIV: TURQUÍA Y EL LÍBANO
Los viajes de los Papas fuera de Italia son relativamente recientes. Los inició Pablo VI (que realizó nueve), Juan Pablo II, que batió todos los récords de viajes al extranjero (104), Benedicto XVI realizó 25 viajes internacionales y Francisco 45. ¿Cuáles son las razones de tantos viajes? Naturalmente, sus motivaciones son variadas, pero el Papa viajero (Juan Pablo II) las reunió en un divertido coloquio con un niño de 11 años que le preguntó: ¿Por qué estás siempre viajando por el mundo? El Pontífice polaco respondió: “El Papa viaja tanto porque no todo el mundo está aquí”. Es decir, la clara comprensión de que no todos los factores culturales, intelectuales y morales son los que existen en Roma.
¿Qué hará Leon XIV? En mi opinión, el Papa estadounidense hará bastantes, si le acompaña la salud. No solamente por seguir la dinámica pontificia, sino también porque es un Papa open to the world. Pero su amplio conocimiento del mundo proviene de su nombramiento como Prior general de la Orden de San Agustín (2001-2013). Durante este tiempo viajó a numerosos lugares del mundo desde África a América Latina, casi 15 viajes. La diócesis de Chiclayo (Perú) es su último destino antes de ser nombrado Prefecto del Dicasterio de Obispos. Los viajes que haga no le pillarán por sorpresa.
El primero es el que comenzó ayer con destino a Turquía y Líbano, y concluirá el 2 de diciembre. Ha llegado a Ankara, ciudad en la que ha tenido un intenso programa, desplazándose a Estambul, donde esta mañana tendrá otro fuerte programa.
La elección de estos destinos no es casual: ambos países representan un punto de encuentro -y de tensión- entre religiones, culturas y civilizaciones. En palabras del propio Pontífice, se trata de un viaje “de raíces y de futuro”.
Este viaje será complicado. Las visitas a Turquía de sus predecesores Benedicto XVI y Francisco obligaron al Estado turco a adoptar medidas de seguridad verdaderamente imponentes. Mayores incluso que las tomadas cuando el presidente estadounidense George W. Bush asistió a una cumbre de la OTAN en Estambul, Sigue existiendo el temor de que pueda ser objeto de un atentado por parte de ultranacionalistas o islamistas.
Por su parte, el Líbano es un país que vive una prolongada agonía. Ya Juan Pablo II sufría por el acostumbramiento a las imágenes que llegaban a diario de aquel país; se aceptaba una situación en la que todos luchan contra todos. Y algunos dan por descontado la desaparición del Líbano como Estado independiente.
El Líbano, donde los cristianos aún representan una parte importante de la población, es considerado un símbolo de equilibrio entre Oriente y Occidente. La visita del Papa busca profundizar en ese espíritu de coexistencia y recordar al mundo que la República Libanesa sigue siendo un referente de pluralidad y resistencia en Medio Oriente.
En Turquía también se desplazará a İznik, la ciudad que en el año 325 acogió el Primer Concilio de Nicea. De aquel encuentro nació el Credo Niceno, una de las claves entre una de las declaraciones de fe más universales del cristianismo. Al peregrinar allí, León XIV busca algo más que un recuerdo histórico. “Nicea nos recuerda que la unidad no se impone: se construye en el diálogo”, dijo en un mensaje anterior al viaje. Su presencia en territorio turco tendrá, por tanto, una fuerte vertiente ecuménica, en especial, en relación con la Iglesia Ortodoxa.
El Papa se entrevistará con el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, con el que probablemente emitan una declaración conjunta en favor de la reconciliación entre Oriente y Occidente. En un hábitat de divisiones políticas y religiosas, el encuentro de İznik pretende emitir un mensaje: la unidad de los cristianos no es un sueño o una utopía teológica, sino una tarea urgente.
Después de Turquía, el Papa viajará al Líbano, país que San Juan Pablo II definió como “más que un país, un mensaje”. Allí, León XIV se reunirá con líderes religiosos y con representantes de una sociedad marcada por el hundimiento económico, la inestabilidad política y las heridas abiertas desde la explosión del puerto de Beirut en 2020.
El Pontífice ha insistido en su deseo de “llevar esperanza a quienes sienten que el futuro se ha cerrado”. No será, por tanto, solo una visita pastoral, sino también un mensaje de esperanza a una nación en la que la convivencia entre cristianos y musulmanes está amenazada por la pobreza y el éxodo juvenil.
Los primeros viajes papales suelen ser programáticos: revelan las prioridades, el tono, y las preocupaciones pontificias. En este caso, León XIV elige comenzar en dos países del Mediterráneo oriental, donde nació el cristianismo y donde hoy es minoría.
La elección contrasta con los viajes internacionales de sus predecesores. Juan Pablo II viajó a México y a Polonia; Benedicto XVI, a Alemania; Francisco, a Brasil. León XIV, en cambio, se adentra en un escenario ambiguo, entre conflictos latentes y tensiones geopolíticas. Su decisión apunta a un pontificado más diplomático, dialogante y consciente de los márgenes.
Fuentes cercanas a la Santa Sede señalan que el Papa desea “reforzar el papel de la Santa Sede como mediadora y constructora de puentes”. En un momento de crispación global, ese mensaje cobra especial fuerza. Turquía, país de mayoría musulmana y miembro estratégico de la OTAN, y el Líbano, cuna del pluralismo religioso, serán escenarios ideales para mostrar ese talante.
En Ankara y Beirut, el Papa se encontrará con comunidades católicas pequeñas, pero activas. Su sola presencia servirá para resaltar a quienes viven su fe en minoría y, en algunos casos, bajo condiciones inquietantes. En Turquía, la Iglesia Católica no goza de reconocimiento legal pleno; en el Líbano, las parroquias luchan por sostener escuelas, hospitales y proyectos sociales en medio de la crisis.
El Vaticano espera que el viaje reactive el apoyo internacional a esas comunidades y refuerce los vínculos con las Iglesias locales, tanto católicas como ortodoxas. Para muchos observadores, se trata de un movimiento pastoral y político a la vez, que combina compasión con estrategia diplomática.
No será un viaje sencillo. Las condiciones de seguridad, la sensibilidad política y el clima regional obligan a una planificación milimétrica. Turquía mantiene una relación ambivalente con el Vaticano, marcada por la historia y la política contemporáneas. Recuérdese que, antes del viaje de Benedicto XVI, un fogoso Gran Muftí pedía el “encarcelamiento del Papa” si tocaba territorio turco. En el Líbano, el contexto interno es volátil y las instituciones atraviesan una de las crisis más profundas desde la guerra civil.
Aun así, el Papa está decidido a asumir el riesgo. Fuentes vaticanas subrayan que “los viajes de León XIV no serán cómodos, sino necesarios”. En ese sentido, este primer desplazamiento podría sentar la pauta de un pontificado que busque estar donde el dolor y la esperanza se cruzan.
Los libaneses, por su parte, ya preparan su bienvenida. “Nos visita no solo como líder religioso, sino como hermano”, declaró el patriarca maronita Bechara Boutros Rai. En Turquía, las comunidades cristianas minoritarias esperan que el viaje sirva para abrir un diálogo con las autoridades en materia de libertad religiosa y reconocimiento institucional.
Más allá de los discursos y las imágenes que dejará el viaje, el gesto de comenzar en Turquía y Líbano es una declaración de principios. Es una forma de decir que la fe no se atrinchera en el Vaticano, sino que se encarna en los lugares en los que el cristianismo nació hace siglos y donde hoy sufre.
Al mirar hacia Oriente, León XIV también mira hacia el futuro: hacia una Iglesia menos centrada en Europa, más consciente de su diversidad y más implicada en el diálogo interreligioso.
Si su mensaje logra conectar con las expectativas de quienes lo recibirán -y con las de un mundo que anhela referentes morales en medio de la incertidumbre-, este primer viaje podría convertirse en uno de los momentos definitorios de su pontificado.
En resumen, Turquía y Líbano son algo más que los primeros viajes de León XIV: son también símbolos. Allí se confeccionó el Credo que unió a los cristianos, y allí se libra hoy una ardua batalla por la esperanza y la convivencia. En esa tensión entre pasado y futuro, el Papa inicia su camino. Y con él, quizás también, una nueva etapa para la Iglesia en el siglo XXI.



















