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Santiago Muñoz Machado

Luis Ortega, la vocación de ser útil desde el Derecho

16/04/2015
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El prestigioso catedrático de Derecho Administrativo y miembro de la Real Academia Española Santiago Muñoz Machado escribe sobre el juez del Tribunal Constitucional Luis Ortega, fallecido ayer repentinamente en la sede del propio TC tras sufrir un infarto. Ortega, de 62 años, se incorporó al Constitucional en enero de 2011 a propuesta del PSOE.

EL BLOG DE EL ESPAÑOL 16.04.15

Estuve con él hace unos días en Toledo, en la Facultad de Derecho, porque me había invitado, como solía hacer, a dictar una conferencia en las jornadas sobre organización territorial del Estado que venía celebrando allí desde hacía muchos años. “¿Cuántos?”, le pregunté. Me dijo que veinticinco, con una sonrisa, y me escandalicé por el vertiginoso paso del tiempo. “Nos estamos haciendo viejos”, comenté. Y entonces soltó esa carcajada tan poderosa y característica de su personalidad porque ni lo era ni se sentía tal, en el límite de los sesenta.

Luis Ortega había llegado a Toledo con la generación fundadora de la Universidad de Castilla-La Mancha. Al principio creyó que era un destino pasajero pero se enamoró enseguida del lugar y de sus posibilidades y, aunque tuvo oportunidades de regresar a la Universidad Complutense, donde había estudiado y se formó como profesor en el departamento que había dirigido durante tantos años Eduardo García de Enterría, se enraizó académicamente en Toledo y, poco a poco, fue capaz de poblar colegios y departamentos con profesores formados a su lado y participar en el desarrollo de otras facultades, en la misma comunidad autónoma, en su mayor parte dirigidas actualmente por discípulos de Luis.

Cuando acabó su carrera de Derecho en la Complutense, completó la primera fase de su formación académica en Roma, en las proximidades del profesor M. S. Giannini, uno de los grandes del Derecho Administrativo europeo, en cuya doctrina se empapó y supo traer luego con acierto a nuestras universidades poniéndola disposición, mediante traducciones de lo esencial, de los cultivadores del derecho público en España. La deslumbrante Roma y la obra humanística del profesor Giannini lo marcaron igualmente porque conservó siempre un interés por las creaciones intelectuales de toda clase, la literatura, especialmente la poesía, y las demás artes mayores con las que supo romper la brutalidad de la especialización excesiva, a la que siempre se negó.

Otra manifestación de la versatilidad de Luis Ortega fue su interés por la política, no expresado ni por su integración en la burocracia partidista ni en la lucha por ocupar cargos concretos, sino entendida como preocupación y placer intelectual por el debate sobre las cosas públicas. Tal vez en sus escritos de administrativista aparezca este rasgo de un modo más caracterizado que en cualquiera de nosotros, sus compañeros. Se trataba de la inclinación irresistible por ser útil para orientar a los gobernantes, buscar las mejores soluciones para los problemas del Estado. Tuvo una oportunidad directa de desarrollar esta vocación el largo período de tiempo que sirvió en el gabinete del vicepresidente del gobierno en la primera etapa felipista. Actualmente había llegado al lugar en que todas sus vocaciones podían desarrollarse conjuntamente: debatir sobre los grandes temas de la política, y hacerlo además con método jurídico y con soluciones constitucionales. Ésta era su tarea como magistrado del Tribunal Constitucional, que ha desempeñado con grandísima devoción, hasta esta misma mañana. “¿Qué tal te va, Luis, en el tribunal?”, le dije en aquella ocasión del principio. “¿No te aburres?”, pregunté. “Me lo paso extraordinariamente bien”, me contestó.

Esta mañana ha acabado todo dramáticamente, bruscamente, de forma inesperada. Escribo todavía bajo la conmoción que me ha producido su pérdida, y solo se me ha ocurrido para glosarla coger de mi librería uno de los pequeños libritos en los que recogía sus poemas. El hombre del mar, se llama este. En algún sitio dice: “Sabía que,/ esperando el tiempo,/ el espacio se convertía en ritmo / y que, / discurriendo el espacio, / el tiempo recuperaba / su forma, / a veces transformada / en deseo”.

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