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¿Viejo o nuevo bipartidismo?, por Jorge de Esteban, catedrático de Derecho Constitucional

12/02/2015
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El día 13 de febrero de 2015, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Jorge de Estaban, en el cual el autor opina que mientras que no se modifique el sistema electoral actual, todo concurre al mantenimiento renovado de un sistema bipartidista.

¿VIEJO O NUEVO BIPARTIDISMO?

Desde que se implantó la democracia en España, a partir de las elecciones del 15 de junio de 1977, nuestro sistema político se ha basado en el bipartidismo. Esto es, en la existencia de dos partidos preponderantes sobre el resto, capaces de gobernar por sí solos esencialmente.

De este modo, durante ese periodo de régimen democrático que llega hasta nuestros días, hemos asistido a dos fases de bipartidismo: la primera, de 1977 a 1982, en la que los partidos preponderantes fueron UCD y PSOE, y la segunda, desde 1982 hasta la fecha, en la que los dos partidos más destacados han sido el PSOE y el PP. Dicho de otra manera: en ambos casos el electorado español se pronunció por un partido de derechas, la UCD o el PP, o por un partido de izquierdas, que ha sido siempre el PSOE. Por lo demás, cuando ninguno de los dos partidos preponderantes obtuvieron la mayoría absoluta, recabaron para llevar a cabo su política el apoyo parlamentario especialmente del PNV y de CiU, es decir, de los dos partidos nacionalistas, vasco y catalán, que ha supuesto un costo que ha acabado desembocando en sendas tendencias secesionistas. No cabe duda de que el origen de este error, que hemos pagado ampliamente, se encuentra en la normativa electoral que permitió una sobrerrepresentación en el Congreso de los Diputados de los partidos nacionalistas.

Pues bien, sea lo que sea, cuando estamos en un año en que se celebrarán cuatro elecciones importantes: andaluzas, autonómicas y municipales, catalanas y, por último, generales, ha irrumpido un nuevo partido, Podemos, que ha puesto todo patas arriba al igual que si hubiese entrado un elefante en una cacharrería. Ahora bien, lo curioso de la situación es que esta nueva formación política, totalmente desconocida hace un año, se ha convertido, según revelan los últimos sondeos, en una de las dos formaciones preponderantes en la actualidad. ¿Significa esto que, a partir de ahora, haya que dar por fenecido el sistema bipartidista vigente hasta ahora y que haya que hablar de tripartidismo o incluso de un cuarto partido en fase creciente como es Ciudadanos?

Es pronto para poder afirmar que el viejo bipartidismo está herido de muerte, pues sólo lo sabremos después de las elecciones generales de fin de año, ya que las autonómicas y municipales no parece que sean decisivas para delimitar -pero sí para complicar más aún- el nuevo sistema de partidos. Con todo, se pueden deducir algunas tendencias que se apuntan ya en el horizonte. Una primera es que la fuerza irradiante de Podemos no parece haber influido en el funcionamiento del PP, el partido que gobierna actualmente, ya que a pesar de su falta de democracia interna y de sus escaramuzas constantes con la corrupción, no se ha propuesto ningún gesto que indique que se quiere adaptar a la nueva situación. Algunos afirman que le basta para mantener su actual posición preponderante agitar el espantajo del miedo de muchos ciudadanos, amenazando con la eventual llegada de Podemos al Gobierno, a fin de rescatar así a muchos de sus electores huidos a otro partido o a la abstención. En segundo lugar, el PSOE, un partido que es necesario para la estabilidad de España, se ha visto, por el contrario, muy afectado por la llegada del nuevo partido de izquierdas, contribuyendo paradójicamente sus propios dirigentes a su actual crisis y a la debilidad de su liderazgo. De ahí que la fulminante destitución por Pedro Sánchez del invictus Tomás Gómez -arrollado por Un Tranvía Llamado Deseo, que decía Tennessee Williams-, es un regalo espléndido para los intereses de Podemos. En suma, sólo una fuerte reacción de los dirigentes del PSOE modernizando su programa, volviendo a sus raíces socio-demócratas y afianzando unitariamente a Pedro Sánchez como líder indiscutible, por encima de las ambiciones sureñas, le podría salvar de la debacle, pues ya no hay tiempo de construir otro líder, ni siquiera virtual.

En todo caso, la irrupción de Podemos sí ha influido directamente en IU, un partido que corre el peligro de ser fagotizado por la nueva formación que aspira a la hegemonía en la izquierda. Al mismo tiempo, de forma indirecta la consolidación de Podemos podría comportar el debilitamiento de los partidos nacionalistas, vascos y catalanes, fortaleciendo en cambio a Ciudadanos que aparece como el cuarto partido nacional, a pesar de que UPyD no haya permitido un acuerdo que fortalecería a ambos.

En cualquier caso, la confirmación de estas tendencias dependerá sobre todo de lo que suceda con Podemos. En efecto, hay que tener en cuenta, por una parte, que puede ser definido como un “partido-protesta”, en el que confluye una mayoría de descontentos con el régimen actual, que dice buscar sobre todo la regeneración de la democracia. Pero, por otra parte, le caracteriza asimismo una segunda nota que obliga a definirlo como un “partido-incógnita” a causa de dos motivos: primero, porque es sorprendente que un partido que parecía justificarse en razón de cumplir, como digo, con la función de regenerar el sistema político español y de librarnos de la llamada “casta”, se ve envuelto, en lo que se refiere a su equipo directivo, en turbios asuntos de dinero que podrían tacharse de claras corrupciones o cuando menos de corruptelas. Si la idea de regenerar, o incluso de cambiar, el actual sistema político era la idea primigenia de sus fundadores, el éxito de semejante empresa tenía que depender forzosamente de una condición sine qua non: una conducta intachable desde el punto de vista ético y político.

Y, en segundo lugar, es un “partido-incógnita” porque todavía no ha explicado con exactitud, al margen de metas utópicas y fantasiosas, cuál es su programa en lo que se refiere a temas cruciales como, por ejemplo, el modelo de Estado, aunque parece haber adoptado un oxímoron que compagina soberanía nacional con el derecho de autodeterminación. En parte, estas carencias se deben a su aspiración de ser un partido transversal que recoja votos en todas direcciones y, por lo tanto, que no ahuyente a muchos votantes que le ven como “el regenerador de la democracia”. Su incógnita tendrá que revelarla algún día antes de las elecciones, por lo que podría encontrarse con el rechazo de muchos electores potenciales.

Pero, sea lo que fuere, la cuestión es que si se convierte en el primer o segundo partido preponderante, según señalan las encuestas, cabría afirmar entonces que no desaparecería el sistema bipartidista, sino que simplemente estaríamos ante su tercera fase, la cual se basaría entonces en el PP, por la derecha, y en Podemos, por la izquierda, condenando al PSOE a una tercera plaza de eventual partido-bisagra, o incluso a su práctica desaparición, como ha ocurrido en Grecia con el Pasok. Se pasaría así del viejo al nuevo bipartidismo, gracias en gran parte a las características de nuestro sistema electoral y siempre que se mantengan los resultados que han avanzado los últimos sondeos.

En efecto, mientras que no se modifique el sistema electoral actual, todo concurre al mantenimiento renovado de un sistema bipartidista. En efecto, a pesar de que la Constitución señala en su artículo 68.3 que la elección de los miembros del Congreso de los Diputados “se verificará en cada circunscripción atendiendo a criterios de representación proporcional”, el hecho es que esto sólo es cierto en las provincias-circunscripciones que eligen más de ocho escaños, que son únicamente 13. Mientras tanto, en las 37 restantes más Ceuta y Melilla, lo que rige realmente es un sistema de efectos mayoritarios que favorece el bipartidismo.

Abundando en la cuestión: el hecho de que las provincias sean muy desiguales en lo que se refiere a su población, más la aplicación de la fórmula de D’Hondt para la conversión de los votos en escaños, comporta que se premie a los partidos más fuertes hasta el punto de que sean esencialmente dos los preponderantes. Así ha sido hasta ahora y así seguirá siendo mientras que no se cambie el sistema electoral. El problema, por tanto, radica en saber si el partido preponderante de la izquierda será como hasta ahora milagrosamente el PSOE o, por el contrario, lo será Podemos, que parece que ha venido para quedarse, de no ser que los electores le abandonen porque piensen que es la nueva casta.

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