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Yihad, sociedad, religión; por Jesús-María Silva Sánchez, Catedrático de Derecho Penal

28/01/2015
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El día 28 de enero de 2015, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Jesús-María Silva Sánchez, en el cual el autor considera que el hecho de que se haya utilizado la religión como mecanismo de instrumentalización de fanáticos asesinos sólo muestra la responsabilidad de los instrumentalizadores.

YIHAD, SOCIEDAD, RELIGIÓN

Los horribles asesinatos del pasado 7 de enero en París han dado lugar, entre otras múltiples secuelas, a que no pocos opinantes, mediante lo que -a mi entender- no es sino una sucesión inaceptable de sofismas, se hayan lanzado a una renovada crítica del cristianismo. En efecto, si yihadismo es igual a fundamentalismo islámico, fundamentalismo islámico igual a religión islámica, religión islámica igual a religión y la religión mayoritaria en España es la cristiana católica, entonces resulta que esta última es la responsable histórica y actual de cuantas rémoras sociales quepa imaginar. Ello, tanto en relación con el progreso técnico y científico, como en lo que respecta al desarrollo de los derechos fundamentales y las libertades públicas. Simultáneamente, se ha sostenido la existencia de un derecho a la sátira blasfema, aprovechando para criticar la tibieza de los medios norteamericanos por adoptar una suerte de equidistancia en un tema en el que cualquier actitud matizada sería sospechosa. En el marco de este crescendo fundamentalista, la carrera de opinantes, por momentos desbocada, ha llegado al extremo de erigir a la blasfemia en motor de la evolución de las sociedades, en tanto que contribución decisiva a la búsqueda de la verdad.

No por obvia, debe omitirse aquí la afirmación de que nada puede justificar el asesinato (éste es el malum in se por excelencia); y la de que espantosos asesinatos como los que se produjeron en París, o como aquellos de los que son víctima a diario -entre otros- fieles cristianos de África y Asia, tampoco admiten disculpa alguna. Sin embargo, como antes decía, de ahí a hacer responsable a la religión (o a la religiosidad) de tales hechos abominables media un mundo. Más aún, quien procede así incurre en un regressus ad infinitum que los juristas conocemos bien: ciertamente, la causa de la causa será causa del mal causado, pero no responsable de este último. Lo que significa: el hecho de que se haya utilizado la religión como mecanismo de instrumentalización de fanáticos asesinos sólo muestra la responsabilidad de los instrumentalizadores y -en su caso, no siempre: existe el brainwashing- de los instrumentalizados. Pero no de la religión ni de la religiosidad: ¿o es que el socialismo, el anarquismo o el patriotismo son responsables de cuantos asesinatos se han cometido en su nombre?

Lo que los asesinatos de los humoristas parisinos han puesto dramáticamente de relieve es, en primer lugar, el problema de jóvenes que han nacido y crecido en el marco de libertades de las sociedades occidentales ¡que han disfrutado de éstas! y que, en un determinado momento, abjuran de ellas, echándose en brazos de quienes, en nombre de lo que sea, les conducen al asesinato y al suicidio. Un problema que, aunque sólo fuera por la falta de hábito, debería conducir también a que hiciéramos examen de conciencia acerca de qué es lo que falta en estas sociedades occidentales -supuestamente tan perfectas- para que algunos, no pocos, sucumban a los cantos de sirena de quienes les instan a abandonarlas y les instrumentalizan para combatirlas.

¿De verdad nos creemos que el entertainment, el materialismo consumista y la concepción de la vida como parque temático que nos caracterizan son la cura de todos los males, el opio de todos los sufrimientos? ¿O que nuestras libertades -formales, aunque ciertamente no por ello menos importantes- han de ser la bandera que se abrace en todos los banlieues que en Occidente han sido, son y, cada vez más, serán? ¿Y que nuestra progresista visión de los derechos de la mujer -que no impide que aparezca como un objeto de deseo en los anuncios publicitarios y, sin más, como una prostituta en el 90% de los videos musicales- ha de ser necesariamente considerada inmejorable? ¿En serio creemos que nuestras sociedades plurales son incluyentes, que son tolerantes, que se hallan comprometidas en el respeto de toda diferencia -y no sólo de algunas-? ¿De cuánta cosificación del otro, de cuánto menosprecio adolecemos (A. Honneth), cuánta medida de reconocimiento, cuánto respeto nos falta?

Si consideramos que mediante la sátira blasfema estamos promoviendo la participación de las religiones (en tanto que comunidades de interpretación) en la democracia deliberativa -un objetivo que nos propone, entre otras de nuestras mejores cabezas, Jürgen Habermas- me temo que erramos. Del prestigioso filósofo de la Escuela de Frankfurt es, precisamente, la distinción entre la actitud secular, agnóstica frente a las pretensiones religiosas, y la actitud secularista o laicista, que muestra una posición agriamente polémica frente al acceso de las doctrinas religiosas al debate público, o de sus símbolos y costumbres a la vía pública. Una postura -esta última- en la que Habermas ha advertido reiteradamente la influencia de otro fundamentalismo, por cierto: el de la peculiar ideología del cientificismo naturalista. En efecto, como sucediera en el siglo XIX, asistimos a una nueva época marcada por la mitificación de la ciencia y de sus posibilidades; esto es, a la entronización de una nueva religión: la religión científica (K. Günther). Al margen de ella no cabe sino procurar la diversión de aquellos a los que, bajo la orwelliana neolengua de la “autorrealización individual”, sencillamente abocamos a una “cruda mezcla de consumo y capitalismo, pulsión hedonista hacia el entretenimiento y cultura de la exclusión” (B.Schünemann).

La religión científica tiene sus dogmas: el principal, el de que el fin del progreso científico justifica cualquier medio puesto a su servicio. Y dispone de profetas. Estos son los científicos que -arremetiendo contra las religiones de Dios- prometen el cielo en la tierra: salud, bienestar y, en última instancia, inmortalidad. Naturalmente, la religión científica exige también sus sacrificios. Pero estos, seguramente para facilitar la adhesión de nuevos adeptos, se presentan como de poca entidad. Básicamente afectan, por el momento, a seres humanos que no pueden criticar el dogma (los enfermos terminales y los no nacidos). A quienes, en nombre de estos o de no sé qué principios, se les ocurre criticar el dogma, se les tacha inmediatamente de supersticiosos. ¿Y a quién se le va a ocurrir dudar cuando la disyuntiva se plantea entre el progreso y la superstición?

La moderna religión científica no admite competencia alguna; por ello, le son ajenos el reconocimiento y el respeto de las religiones de lo trascendente. Tan sólo tolera a su lado una espiritualidad difusa con tintes esotéricos, en la que se advierten virtudes sobre todo terapéuticas, y la superstición. Nada serio, en cualquier caso. En cambio, cualquier intento de promover un debate de ideas sobre el ser humano en el que la racionalidad instrumental (racionalidad de medio a fin) sólo sea una posibilidad entre otras es rápidamente descalificado como confesional.

Frente a todo ello, y con ocasión de su debate -en la pasada década- con Benedicto XVI, Habermas mostró la necesidad de reflexionar sobre la relación entre fe y razón. Por un lado, asignando a la religión una relevancia teórica, al destacar su contribución a la búsqueda del sentido de lo que nos rodea; una búsqueda en la que todo hombre de buena voluntad debe hallarse implicado. Por otro lado, asignándole una relevancia práctica, en cuanto a que ésta dispone de un particular potencial de fundamentación en relación con cuestiones de orden moral. Así, y salvo en el caso de graves cuestiones de orden público, el Estado “no debe exigir a sus ciudadanos religiosos algo que sea incompatible con una existencia vivida auténticamente desde la fe”. A la vez, “el Estado liberal también debe esperar de sus ciudadanos seculares que, en su condición de ciudadanos del Estado, no consideren las manifestaciones religiosas como algo meramente irracional”.

Probablemente esto es lo que nos falta. Reconocimiento y respeto, también para el islam y sus símbolos. Inclusión, también para el islam y sus símbolos. Para todas las religiones. ¿Se acuerdan de la STC 176/ 1995, de 11 de diciembre? En ella se denegó el amparo a la editorial Makoki S.A., confirmándose la prohibición de un cómic que relataba, en tono de mofa, diferentes episodios sobre los campos de exterminio nacional-socialistas de la Segunda Guerra Mundial, incluidas aberraciones sexuales, con un lenguaje “gravemente injurioso y menospreciativo para el pueblo judío y su religión”. Quizá conviniera releerla.

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