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De clavos y martillos en Escocia y Cataluña; por Jean Leclair, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Montreal

30/09/2014
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El día 30 de septiembre de 2014, se ha publicado en el diario El País, un artículo de Jean Leclair, en el cual el autor opina que adentrarse por la vía referendaria es abrir la puerta a las fracturas identitarias, pues los debates se vuelven rápidamente maniqueos.

DE CLAVOS Y MARTILLOS EN ESCOCIA Y CATALUÑA

El célebre psicólogo Abraham Maslow afirmaba que, para una persona que tiene un martillo como única herramienta, puede ser tentador tratar todos los problemas como si fueran clavos.

La campaña del referéndum escocés, marcada por un proceso pacífico y negociado con Londres, ha suscitado la esperanza de los nacionalistas de todas las obediencias. Lamentablemente, también ha contribuido a alimentar la idea de que un referéndum que abra la puerta a la independencia constituye el único vector de libertad para los grupos nacionales minoritarios. Se diría que para ellos no hay salvación al margen de la independencia estatal. Sin embargo, si tenemos en mente la frustración que ha engendrado entre los perdedores la respuesta negativa de una pequeña mayoría de unionistas, está claro que el enfoque referendario debe manejarse con precaución.

La independencia es sin duda la solución apropiada cuando hay violaciones masivas de derechos humanos o negación a que las minorías puedan ejercer su derecho a la autodeterminación, incluso dentro del Estado que las engloba. Pero ¿y los grupos minoritarios que viven en el seno de unas democracias liberales que, a su vez, evolucionan hacia un escenario internacional cada vez menos compartimentado? ¿Qué es lo que nos permite creer que todos los miembros de esos grupos minoritarios están cortados por el mismo patrón y quieren deshacerse de todo aquello que no es escocés, catalán o quebequés?

Alentar a los miembros de una misma nación a forjar su identidad en el molde de una sola identidad, apelar al nacionalismo como una manera de comulgar con algo absoluto en un mundo desacralizado..., todo esto es extraordinariamente potente en el plano político. Tanto más potente cuanto que defender la idea de la doble pertenencia, de un compromiso, no suscita la misma pasión, por mucho que, sin duda, haya una profunda dignidad en el hecho de admitir la complejidad del mundo y de nuestra propia persona. Tal vez sea más fácil pensar la solidaridad a corta distancia, entre quebequenses, entre catalanes, pero pretender que esta sea la única válida moralmente es falso. A la inversa, el nacionalismo intransigente de Madrid y Ottawa (este último es tanto más poderoso cuanto que no es consciente de sí mismo) alienta a su vez una lógica binaria: “O nos escogéis u os marcháis”.

Ahora bien, adentrarse por la vía referendaria es abrir la puerta a las fracturas identitarias, pues los debates se vuelven rápidamente maniqueos. Esto es particularmente cierto en Quebec y en Cataluña, donde lo que centra el debate es mucho más el proceso (¿podrá celebrarse o no el referéndum? ¿La pregunta es clara o no? ¿Qué mayoría será necesaria?) que las finalidades profundas del proyecto independentista.

En cambio, ¿por qué iban a ser necesarios unos seísmos referendarios para obligar a los jefes políticos de los Gobiernos centrales federales a reconocer que la unidad no se realiza únicamente en la uniformidad y que una verdadera autonomía política regional es el medio más seguro para garantizar la unidad nacional? Si Quebec sigue siendo una provincia canadiense pese a las turbulencias constitucionales de los años ochenta y noventa, es muy probablemente porque, digan lo que digan las principales figuras nacionalistas, los quebequenses son conscientes de la autonomía política extremadamente amplia -y envidiada por muchos Estados federales- que ejerce su provincia en el interior de Canadá. Pero también porque el Gobierno central no les impidió pronunciarse sobre su futuro y porque ellos reconocieron la pertinencia de la decisión del Tribunal Supremo de Canadá, según la cual una pregunta que compromete el destino nacional debe ser perfectamente clara. Un Estado central federal debe evitar confundir firmeza con intransigencia.

Sin embargo, la estabilidad de los Estados federales o cuasi federales no se basa únicamente en el reconocimiento constitucional de la autonomía de las regiones. También reside en el establecimiento de instituciones parlamentarias (en Madrid y Ottawa) que estén en condiciones de actuar como foro de debates interregionales. En resumen, si estas instituciones no están en condiciones de reflejar la diversidad regional, el sistema está en peligro. En Canadá, y muy probablemente en España, lo que amenaza actualmente esta dinámica es la concentración inmoderada de poder en manos del Ejecutivo, que puede gobernar sin tener en cuenta la opinión de nadie, y tampoco la de las regiones.

El deseo de separarse, en Quebec y en Cataluña, tal vez tenga menos que ver con la existencia de una esencia quebequense o catalana fundamentalmente distinta que con un déficit federal de las instituciones centrales. ¿Por qué no remediar este problema en vez de alentar el recurso a un martillo que no tardaría en destruir lo que podría ser renovado?

Traducción de José L. Sánchez-Silva.

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