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Una España para utópicos y soñadores; por Javier Gómez de Liaño, abogado

24/09/2014
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El día 24 de septiembre de 2014, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Javier Gómez de Liaño, en el cual el autor opina que no existen dos versiones de España y que todo lo catalán conviene a lo español y lo español, a lo catalán

UNA ESPAÑA PARA UTÓPICOS Y SOÑADORES

Uno de los políticos más preocupados por España dejó escrito: “Cuando nosotros decimos español damos a esta palabra un acento nuevo y viejísimo, porque resuena en el cóncavo más profundo de la historia de nuestro país (...); a mí lo que me interesa es renovar la historia de España sobre la base nacional de España (...); edificar una nueva España sobre la roca viva de España”.

Se me ocurre si acaso estas palabras de Manuel Azaña y que pronunciaba a menudo para reafirmar su condición de español identificado con la patria, no habría que tenerlas muy presentes en el análisis de la noción de España y de la situación creada por el proyecto separatista de Cataluña, cuyo Parlament ha aprobado la Ley de Consultas Populares para celebrar un referéndum independentista que tendrá lugar el próximo 9 de noviembre, a no ser que, en virtud de los recursos legales, la “autoridad competente” lo prohíba.

En estas circunstancias y en tan concreta zona de la geografía nacional, preguntar qué es España puede sonar a provocación o, si se prefiere, como algo dificilísimo, no ya de responder, sino incluso de plantear con un mínimo equilibrio. Las discusiones acerca del sentido de España y lo español suelen estar viciadas en su origen y hasta es probable que no esté nada claro tampoco qué es lo que son, en realidad, Cataluña o el País Vasco o Galicia o Andalucía o Castilla, etc., pero convendría que una cuestión tan profunda no perdiera su propio sentido por culpa de las dudas que unos y otros pudiéramos sembrar acerca de lo que, históricamente y hasta ahora, los españoles hemos sido en la vapuleada España.

En mi condición de gallego de nacimiento, castellano de origen y vocación, y residente que he sido de Asturias, Extremadura, Cataluña y, por último, de Madrid, pienso que alguna autoridad tengo para emitir unos juicios de valor acerca de las renacidas cargas de nacionalismo. Más, cuando no descarto que el conflicto tenga el tufo del enfrentamiento con España y su unidad, tesis que sostienen algunos ejercicios de brillante teoría política, como las muchas páginas del profesor Jorge de Esteban publicadas en esta misma tribuna, en las que expresa su preocupación por lo que llama “deconstrucción constitucional y desafío al Estado por parte de los nacionalismos”.

Como primera providencia, he aquí un principio básico: la unidad de España, como Estado, es irrenunciable e indiscutible. La idea de una España divida en naciones o nacionalidades, pese a los patrocinios con los que cuenta, es un modelo teórico que hace demasiadas concesiones a la fantasía. Los nacionalismos son intentos de fingir naciones donde no las hay y se encuentran muy lejos del actual sistema constitucional. En España sólo existe una nación que es la española, patria común e indivisible de todos los españoles. Así lo proclama el artículo 2 de la Constitución. El precepto declara también que España se forma de nacionalidades y regiones, pero no que sea una nación de naciones ni que nuestro Estado español sea plurinacional.

El concepto de nación española no puede someterse al equívoco. El trueque de la España central por la España de las autonomías, fue durante mucho tiempo un anhelo multitudinario y la Constitución de 1978 lo que hizo fue reconocer la diversidad y la unidad como tesis y antítesis reales. El problema, pues, es la aceptación o el rechazo de la fórmula constitucional válida para los defensores de una pluralidad constitucionalmente reconocida que quieran seguir formando parte de esa unidad política superior que es el Estado español. De ahí que la clave de la discusión sea si la diversidad es para enriquecer o para empobrecer.

Es indiscutible que desde 1978, el pueblo catalán ha podido manifestar el respaldo a su autonomía, al autogobierno y a la permanencia en el Estado. Es un plebiscito cotidiano, con el resultado de que todas las opciones políticas independentistas están presentes en las instituciones de Cataluña y en los órganos constitucionales del Estado, como las Cortes Generales y hasta el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Constitucional, donde los nacionalistas tiene el hábito de exigir su cuota.

Parece evidente, por tanto, que la mayor ilusión de algunos nacionalismos tras los que subyace cierta dosis de racismo, es una España hecha pedazos. La afirmación puede resultar algo drástica, pero más desoladora es la silueta de una España desmembrada que el nacionalismo radical ofrece un día sí y otro también. En España no es saludable que se descomponga nada. A los secesionistas les digo que cuando un país se descuartiza, como cuando una empresa se descapitaliza, lo que cabe esperar es la quiebra.

Hace poco más de una semana, el que fuera presidente de las Cortes y ministro de Defensa, José Bono, contaba en el diario El País que durante la cena que calificó de “tormentosa” y tuvo lugar el 16 de octubre de 2005 en la embajada de Portugal en España con la asistencia de los entonces Reyes de España y otras personalidades de la política, a la afirmación de Pasqual Maragall de que “querer a España era una manifestación antigua”, él le contestó: “Querer a España incluye también a Cataluña. El respeto y afecto a Cataluña no son patrimonio de los nacionalistas y jamás aceptaré que sólo se pueda ser patriota de Cataluña y que sea de fachas sentirse español. Lo antiguo, lo insolidario es el nacionalismo de quienes os creéis únicos y mejores en un mundo, por suerte, cada vez más mestizo”. O sea, que lo que el expresidente de Castilla-La Mancha le espetó al expresidente de la Generalitat de Cataluña fue que a él y a muchos como él, lo que les pasaba era lo mismo que a los habitantes de la isla de Pascua -en la lengua indígena, Rapanui- cuando llaman a su territorio “el ombligo del mundo”, una expresión que, en sana actitud, supone que para cada hijo de vecino su país es la fortaleza del patriotismo, mientras que desde la postura aldeana de quienes creen que lo suyo es lo absoluto del universo, es un páramo donde lo único que crece es la mala hierba del egoísmo.

¿Por qué resultan increíbles estas cosas que se dicen y oyen en defensa del nacionalismo extremo? Para mí el primer instrumento de mitificación nacionalista es la Historia. España limpia de falsificaciones es una comunidad política heterogénea en su composición territorial, cuyos individuos pueden considerarse al mismo tiempo y desde planos diferentes, españoles, catalanes, castellanos o extremeños. Ya nadie habla de España como “unidad de destino en lo universal” o de “nación eterna, por la gracia de Dios”. Nuestra España constitucionalmente plural y solidaria, a nadie oprime. Por tanto, si la agresividad exterior es inexistente y lo que hay es un régimen de libertades y autogobierno, cualquier exceso de pasión nacionalista carece de justificación y las actitudes victimistas se convierten en ridículas. Si, además, la pseudohistoria se examina con la lupa de una historia rigurosa del tipo de las elaboradas desde iniciativas como la “Jornada para la historia” que en sesiones maratonianas se celebró el pasado 11 de septiembre, entonces es casi seguro que ese nacionalismo estrábico y avieso del “están contra nosotros” desaparecerá.

Porque -Mario Vargas Llosa dixit- “el nacionalismo está más cerca del acto de fe en que se fundan las religiones que de la racionalidad”. Eso explica que el líder independentista Oriol Junquera pueda llamar “a una desobediencia civil” comparándose con Martin Luther King sin que sus partidarios se sonrojen o que se lancen mensajes como que “constitucional es lo que políticamente se quiere que sea constitucional”, lo cual es una auténtica perversión jurídica. En un Estado democrático el Derecho no se sustenta en el postulado de “lo que se quiere hacer, es lo que hay que hacer “, pues en tal caso el principio del imperio de la ley sobraría. Para que España entera sea lo que debe ser, todo lo catalán conviene a lo español y todo lo español conviene a lo catalán. No existen dos versiones -una para españoles y otra para no españoles- de la imagen de España. Lo que sí es posible que haya son varios entendimientos de esa única imagen.

Hace más de veinte años, Pedro Laín Entralgo escribía que el mayor prodigio literario de España, el Quijote, tuvo su culminación en Barcelona, cuando Cervantes, además de hablar de la ciudad en términos altamente elogiosos -capítulo LXI-, quiso que Don Quijote y Sancho contemplaran el Mediterráneo de este modo: “Vieron el mar, hasta entonces de ellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera, que en La Mancha habían visto; (...) el mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro (...)”.

Así es como muchos españoles ven España y sus comunidades autónomas. ¿Utopia propia de soñadores? En cualquier caso, si el tiempo demuestra que no es posible avanzar en esa travesía, quizá no fuera mal refugio aquel verso de Antonio Machado donde nos dice que “De toda la memoria, sólo vale el don preclaro de evocar los sueños”.

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