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¿Baja el suflé y sube el ‘seny’?; por Francesc de Carreras, profesor de Derecho Constitucional

01/09/2014
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El día 31 de agosto de 2014, se ha publicado en el diario El País, un artículo de Francesc de Carreras, en el cual el autor considera que los argumentos a favor de la independencia se han desmoronado uno tras otro.

¿BAJA EL SUFLÉ Y SUBE EL ‘SENY’?

El próximo 11 de septiembre se cumplirán dos años de la gran manifestación en el centro de Barcelona, convocada en principio para reclamar el concierto económico, pero que acabó convirtiéndose en el disparo de salida de una marcha hacia un referéndum de independencia. Durante estos dos años, la política catalana ha girado casi únicamente alrededor de este tema, fluctuando entre mareantes vaivenes, como en una montaña rusa, más dominada por la emoción que por la razón. Ello no es nuevo en la historia de Cataluña, más bien lo contrario: se trata de una constante.

El periodista Gaziel, un sagaz observador de la vida catalana, entonces director de La Vanguardia, escribía en ese periódico el 28 de noviembre de 1930, pocos meses antes del advenimiento de la II República: “El sino político de la tierra catalana, desde que España se constituyó en unidad nacional a fines del siglo XV, ha sido constantemente un sino protestatario. Mal avenida con el uniformismo creciente del Estado español, Cataluña ha vivido, políticamente hablando, en un Estado de malhumor y enfurruñamiento constantes. Unas veces, la mayor parte del tiempo, dormitando acurrucada al margen de la vida pública, replegada en sí misma (...). Y otras veces dando, de pronto, unos bruscos estallidos anárquicos, que nunca, ni remotamente, le resolvían nada a ella, pero tan fuertes, de una realidad tan brutal, que bastaban para hacer tambalear a España entera. Pasadas estas convulsiones volvía siempre el aparente sopor”.

Dos años después de aquel 11 de septiembre, tras este “brusco estallido anárquico”, que ha culminado un ciclo comenzado mucho antes, ¿volverá la política catalana a entrar en un “aparente sopor”? Ciertos síntomas hacen sospechar que estamos en un punto de inflexión en este suflé soberanista que tal vez ha empezado a cristalizar en la psiquis colectiva catalana con la declaración inculpatoria de Jordi Pujol el pasado 25 de julio.

En efecto, si aquel que, más allá de sus años de presidencia, ha sido el gran referente ideológico y moral del nacionalismo catalán, el indiscutido padre de la patria, según confesión propia ha estado durante 34 años ocultando al fisco, en la banca extranjera, una importante herencia, ¿no será que aquellos que nos están conduciendo por la compleja senda independentista, seguidores del gran líder, también nos están engañando? ¿Son estos los que tanto aman a Cataluña? ¿No será que también, como Jordi Pujol, tienen algo que ocultar o alguna ambición inconfesable por conseguir?

Quizá estas han sido las cavilaciones de muchos catalanes durante este mes de agosto. Catalanes que en los últimos años se han dejado convencer por quienes han dicho que seguir formando parte de España es un mal negocio; que acceder a la independencia -siempre, naturalmente, dentro de la Unión Europea- era algo sencillo y rápido; que la mayoría de Estados de la comunidad internacional, en especial los más próximos, nos apoyarían por la simpatía que suscita nuestra causa; que España es un país decadente, casi un Estado fallido; y que la única solución a nuestros problemas era separarnos de España y convertirnos en un Estado soberano. Estos nuevos independentistas, ¿no estarán rebobinando sus ideas y pensando que quizá alguien les está enredando?

Porque, efectivamente, el bombardeo diario de los medios de comunicación catalanes, así como la fuerte presión ambiental de familiares, amigos y compañeros de trabajo, ha sido de tal calibre que un cierto tipo de ciudadano, con raigambre catalana o sin ella, que hasta ahora observaba un prudente y natural respeto por todo lo genuinamente catalán, pasó a convertirse, sin pensarlo dos veces, en un entusiasta y frenético independentista: pasó del seny a la rauxa, de la sensatez al arrebato pasional, del catalanismo al independentismo.

¿Está repensando sus posiciones este prototipo de catalán que estamos describiendo? Desde luego hay ciertos síntomas que así lo indican, no sólo la súbita caída del mito Jordi Pujol, aunque tal vez éste ha sido el desencadenante emocional. Porque, efectivamente, los argumentos a favor de la independencia se han ido desmoronando uno tras otro. Conforme pasaban los meses, aquello que parecía fácil, rápido y lucrativo, se ha ido revelando como algo muy difícil (si no imposible), complicado y económicamente perjudicial.

Ciertamente, no ha resultado sencillo que las críticas al independentismo llegaran al catalán medio, tal era la intensidad de la presión mediática y social. Pero los hechos son tozudos y la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. Al final, se ha ido reduciendo el muro de silencio en torno a quienes discrepaban de las tesis oficiales, una parte de la sociedad civil ha empezado a dejar oír su voz y la inconsistencia de las razones independentistas se ha puesto en evidencia. Veamos algunas.

Las balanzas fiscales, de las que se deducía el famoso expolio de Cataluña, se han demostrado mal calculadas: España, pues, ya no nos roba. Permanecer dentro de España es económicamente beneficioso y la ruptura supondría importantes pérdidas en el mercado peninsular. Desde un punto de vista financiero, la deuda pública de la Generalitat, a la que tras la independencia habría que sumar la correspondiente parte de deuda española, originaría un default de tal magnitud que convertiría a Cataluña en un Estado fallido. Nunca en la historia ha sido Cataluña un Estado independiente, ni tampoco ha resultado perjudicada en los últimos 300 años, sino, al contrario, la prosperidad de la Cataluña moderna se basa, entre otras causas, en la pérdida del monopolio de Castilla en el comercio con América y en la política industrial proteccionista: más bien fue el resto de España quien salió perjudicada. Por último, una Cataluña independiente, dada su condición de Estado nuevo, quedaría fuera de la UE, cuando menos durante un largo periodo de tiempo.

Así podríamos continuar, dando más argumentos y demostrando la falacia de los contrarios. En el fondo, los partidarios de la independencia sólo tienen a su favor el argumento nacionalista: Cataluña constituye una nación por razones de identidad colectiva y toda nación de este género tiene derecho a un Estado soberano. Este es un argumento irrebatible desde el plano de la racionalidad porque pertenece al mundo de las creencias, de la fe. A quienes así piensan no hay forma de convencerlos.

¿Pero cuántos son los que así piensan? Sin duda los hay y no son pocos. Pero el gran ascenso del independentismo en Cataluña ha sido debido a las otras razones, las que se pensaba podían sostenerse con argumentos racionales que, como hemos visto, se han revelado falaces. Por ello pienso que, más allá de la desconfianza que origina el asunto Pujol -que probablemente es el pico de un iceberg, nos queda por ver la parte sumergida- quizá un cierto catalán medio, recientemente pasado al independentismo, en esos momentos estará pensando que tal vez le han estado enredando, que la crisis económica ha sido muy dura para muchos, para la mayoría, pero que la independencia de Cataluña no sólo no es la panacea, sino que contribuiría a empeorarla por muchos años. Por el contrario, la permanencia en España es un seguro frente a Europa y el mundo, para afrontar mejor todas las dificultades.

La sociedad catalana empieza a estar cansada de tantas palabras vacías y tan pocos hechos palpables. Quien sepa interpretar y traducir en políticas prácticas esta insatisfacción tendrá un gran apoyo social. Un catalanismo sensato, adecuado a la Cataluña, la España y al mundo de hoy, podría ser una solución. Utilizando la terminología de Gaziel, cerrado el “estallido anárquico” no hay que pasar a “un aparente sopor”, sino al intervencionismo en la regeneración de España. Este es el catalanismo que tiene porvenir.

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