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La UE y Rusia, un matrimonio de conveniencia; por Guillermo Gortázar, historiador y abogado

21/05/2014
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El día 21 de mayo de 2014, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Guillermo Cortázar, en el cual el autor sostiene que el futuro de la UE pasa por llegar a un acuerdo sobre seguridad y estabilidad con Rusia.

LA UE Y RUSIA, UN MATRIMONIO DE CONVENIENCIA

Ahora que estamos inmersos en unas elecciones europeas y los candidatos, en su mayoría, se refieren a temas internos y prosaicos, propongo un ejercicio de reflexión sobre lo que es Europa y lo que podría ser en el futuro. ¿Se imaginan ustedes una Unión Europea que incluyera a Rusia? Sería un proyecto menos intenso pero más extenso, menos federalista y tecnocrático y más político y de responsabilidad no transferida a Bruselas, es decir, más nacional y supranacional a la vez. Una Europa esencialmente atlántica, pero abierta también a la fachada del océano protagonista del siglo XXI, el Pacífico.

En política hacer previsiones con decenios de anticipación no está de moda y menos ahora que muchos líderes políticos, tecnócratas, ni siquiera hablan de política, sólo de la prima de riesgo diaria y de Merkel. Por el contrario, hace 20 años, Margaret Thatcher, en el libro Visiones de Europa, advirtió de la necesidad de la continuidad del sistema de seguridad europeo dependiente de los EEUU ante la probable inestabilidad de los nuevos estados y territorios que habían formado parte del Imperio Ruso. Thatcher ni se terminaba de creer la estabilidad, ni compartía la independencia de los antiguos territorios que habían formado parte de Rusia antes de 1914.

De nuevo, en un horizonte a largo plazo, una vez estabilizada y resueltas las tensiones actuales, se puede avanzar alguna idea sobre un posible entendimiento con Rusia dado que son mucho más los intereses y vínculos que nos unen que los que nos separan.

Con Rusia, Europa tiene vínculos cercanos desde la época de Pedro el Grande, mientras que China e India (las otras dos grandes potencias del continente euroasiático) son antiguas civilizaciones mucho más alejadas política y culturalmente. A la altura del siglo X y XI nada parecía indicar que el extremo peninsular del vasto continente euroasiático, Europa en su parte occidental, iba a ser capaz de iniciar un largo recorrido de hegemonía mundial, hasta mediados del siglo XX. Las dispersas, ignorantes e iletradas comunidades políticas europeas (con la excepción de esas islas del conocimiento que eran las incipientes monarquías y, sobre todo, los monasterios) no tenían a su favor ni recursos, ni el clima, ni una organización de seguridad mutua más allá de los señoríos feudales y éstos muchas veces arruinados por los enfrentamientos y la anarquía.

Sin embargo, dos evoluciones concurrentes orientaron a Europa por el virtuoso camino de la seguridad y el crecimiento. De un lado, la conformación de monarquías que fueron posibilitando el sometimiento de poderes locales abusivos y dieron seguridad al comercio entre los incipientes burgos. De otro lado, éstos burgos comenzaron de modo espontáneo a canalizar excedentes de ahorro a través de la banca y de medios de pago documentales (así nació el capitalismo actual) dando lugar a prósperas ciudades cuya máxima expresión de poder y riqueza fueron las catedrales góticas, los palacios de los reyes, de los nobles y palacios municipales.

Europa, a partir del XI, comenzó a desarrollarse de manera exponencial y los niveles de cultura, ciencia y conocimiento están en la base de esos periodos culturales que conocemos como Renacimiento, Barroco, Clasicismo, Romanticismo... Es lo que, con singular fortuna, el historiador Eric Jones ha denominado “el milagro europeo” en el que España tuvo una cuota de protagonismo bien importante.

Mientras que en China el imperio centralizado suponía una limitación al desarrollo de los ciudadanos, en India los poderes regionales hicieron lo propio y, en el islam la religión se terminó convirtiendo en un fórceps para el libre desarrollo de la cultura y las ciudades; Europa tuvo un desarrollo en todos los ámbitos que ha servido de modelo, primero para el continente americano, y después para todo el resto del planeta. Así, puede decirse que la hegemonía mundial correspondió a Europa desde el XVI hasta mediados del XX y su influencia cultural y de valores se ha prolongado hasta el presente.

Por supuesto, todo ello tuvo sus luces y sombras: la Inquisición, la quema de brujas y herejes de los protestantes, las luchas de religión, las guerras europeas, westfalianas, por el equilibrio o la hegemonía en el continente europeo. Pero en su conjunto Europa fue un ejemplo incluso para sociedades más orientalizadas como la rusa.

Todo ese edificio europeo se vino abajo, ahora hace 100 años, con el inicio de la Primera Gran Guerra y su prolongación, la II Guerra Mundial. La Unión Europea es el resultado de la propuesta de paz definitiva entre Francia y Alemania, después del trauma de una suerte de guerra civil europea de los Treinta Años, y sólo por ello merece respeto y adhesión.

La otra mitad de la península europea ocupada por Rusia ha tenido una evolución similar pero más tardía que el resto de Europa occidental. En 1989 la caída del Muro de Berlín dio como resultado la desaparición del glacis defensivo comunista soviético con estados vasallos, pero también la constitución, quizás precipitada o excesiva, de estados independientes que formaban parte de la antigua Rusia zarista cuya estabilidad se está demostrando, cuando menos, problemática.

En este marco el futuro de Europa, de la UE, se puede afrontar con dos estrategias. La primera es una Europa “fortaleza”, supeditada a Alemania, de profundización, que consiste en intensificar los mecanismos de unión política con prácticas tecnocráticas y ausencia de gobernantes responsables ante los ciudadanos; una suerte de Despotismo Ilustrado denunciado con razón, insistentemente, por el Reino Unido y muchos políticos y observadores, europeístas pero realistas. Esta profundización deteriora la calidad democrática de los europeos en sus ámbitos nacionales, refuerza un negativo aislamiento de Rusia y favorece un nuevo equilibrio westfaliano en Europa más propio del siglo XIX que del siglo XXI. La reciente injerencia, presión y el ultimátum de la UE para la firma de un acuerdo con Ucrania es un ejemplo de lo que no se debe hacer.

La segunda estrategia es una Europa “abierta”, de ampliación y apertura, y pasa por hacer lo posible por llegar a un acuerdo, Ucrania incluida, sobre seguridad y estabilidad con Rusia. Se trata de mejorar en lo posible las relaciones de la UE con una Rusia satisfecha, segura y estable de modo que se complementen dos realidades históricas con muchos elementos en común. Rusia es una gran potencia, de vocación europea occidental, cristiana, compuesta de patriotas que pueden evolucionar hacia los estándares europeos de libertad y democracia. Por otra parte, para la UE, Rusia significa suministro energético, un mercado complementario interno de casi 300 millones de personas, y posibilita constituir un inmenso territorio ininterrumpido desde Portugal hasta el Pacífico.

Para un proyecto abierto de este tipo, a 30 o 40 años vista, es preciso dar los pasos en esa dirección, abandonar la mentalidad otanista, atlantista, del mismo modo que Rusia abandonaría su concepto defensivo del Pacto de Varsovia, propia del siglo XX. Hoy y en los próximos años el riesgo de la seguridad colectiva viene de otros ámbitos y áreas geográficas mucho más inestables y ajenos a las ideas de libertad y democracia europeas. El proyecto actual de Acuerdo Preferente de la UE con los EEUU puede ser un camino a seguir e imitar con Rusia. Hay que dejar de lado un concepto federal de Europa y recuperar el pulso de naciones soberanas unidas por sólidos vínculos de intereses comunes y complementarios. El modelo de la Comunidad Económica Europea antes de Maastricht puede ser una vía de avance realista. Es decir, algo así como una UE más Rusia, sin pretensiones de soberanía compartida, de unión económica pero no necesariamente de unión monetaria de los estados miembros, no concebida en contraposición a los EEUU y capaz de competir en la nueva economía global frente a los nuevos gigantes asiáticos y los que se avecinan del mundo musulmán, americano y africano. Y con seguridad, Europa, su historia, su cultura y sus valores, junto con Rusia, recuperaría la posición preponderante en el mundo que perdió, no necesariamente de forma definitiva, en 1914.

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