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La resistible ascensión de la anti Europa; por Araceli Mangas, catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de de la Universidad Complutense de Madrid

07/05/2014
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El día 7 de mayo de 2014, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Araceli Mangas, en el cual la autora critica los movimientos que rechazan compartir un proyecto común con sus vecinos europeos.

LA RESISTIBLE ASCENSIÓN DE LA ANTI EUROPA

Ya en los años ochenta llegaron al Parlamento Europeo (PE) partidos que defendieron en su seno ideas contrarias a la integración europea, pero fueron casos aislados. Igualmente, desde hace décadas, en numerosos estados europeos no ha dejado de haber partidos de extrema derecha que se han ido reciclando hacia los populismos nacionalistas.

Lo que preocupa hoy es su ascenso y generalización por todo el continente europeo. Importa subrayar que el fenómeno no está ligado exclusivamente a la militancia antiUnión Europea. Suiza o Noruega, países que están fuera de la Unión Europea (UE) y que carecen de razones para atribuirle los males de la crisis y de la inmigración, tienen partidos populistas fuertes. O Estados miembros como Austria, que no se han visto afectados por la crisis, tiene pleno empleo y un influyente partido de extrema derecha. También la apacible Finlandia nos sorprende, al tiempo, con un sistema educativo ejemplar y una masa electoral populista-nacionalista...

Quiero decir que no hay explicaciones únicas o lineales sobre el ascenso de los partidos populistas y nacionalistas. Menos aún, no se puede echar las culpas a la Unión Europea y hacerle chivo expiatorio de todos los males. Igualmente, cuando la izquierda unitaria europea culpa de todo a Bruselas no está lejos del populismo antieuropeo.

La persistencia de la crisis en el marco de una economía global, su torpe gestión por algunas autoridades europeas -la Comisión y el Consejo- y en muchos casos por las autoridades estatales, junto con la vecindad de las elecciones europeas del 25 de mayo, ha propiciado un espacio de expansión para ese tipo de partidos.

También se constata que el populismo nacionalista puede prender cuando los grandes partidos nacionales, que se turnan en el poder, crean estatutos privilegiados en su favor, organizan el saqueo de los fondos públicos y copan todos los puestos de responsabilidad civil excluyendo al conjunto de la sociedad emulando ellos mismos, cual Movimiento nacional, a los sistemas autocráticos. El hartazgo social por un degenerado sistema partitocrático origina un vacío que lo pueden ocupar los partidos populistas. Al bipartidismo que se reparte con descaro en el poder, el auge controlado de los populismos no les disgusta, pues así pueden dosificar el miedo al populismo para retener el voto y mantener sus cuotas de poder y de extracción de fondos públicos hasta las siguientes elecciones y vuelta al miedo.

Varios Estados miembros de la UE han tenido (Italia) o tienen partidos populistas en el poder (Hungría, Chequia) cuyas políticas hubieran merecido expedientes por la Comisión Europea por su ataque a la democracia (a la libertad de prensa o a la independencia del poder judicial; o a minorías como los bálticos) o la apertura de procedimientos de observación por estar abandonando la senda democrática. Esta tolerancia hacia los populismos les ha envalentonado por toda Europa y envía un mensaje equivocado a la ciudadanía europea.

Un denominador común de estos partidos es el nacionalismo, la exaltación del imaginario local frente a valores comunes, plurinacionales y multiculturales, su vuelta al soberanismo nacional frente a la soberanía compartida que representa la UE. Se les identifica muy bien en toda Europa, también en España: no desean convivir ni compartir procesos políticos con quienes tienen una lengua distinta, una cultura o tradiciones distintas, exigen un pensamiento único y exaltan hasta el paroxismo su fanatismo patriótico en el sistema educativo o en las manifestaciones callejeras o deportivas. Hay una idealización de la tierra, sus paisajes, sus fiestas, idealizan o inventan o distorsionan su historia y su cultura...Esos nacionalismos desean volver a sembrar Europa y sus estados de fronteras para las personas, las mercancías y las ideas.

Son en ocasiones racistas, siempre xenófobos y, en general, no ven más allá del campanario local. Rechazan que los otros compitan en el trabajo, se encierran en los productos nacionales cuando no en los regionales, rechazan el comercio libre, y siempre culpan a los otros que no son del terruño de los males propios. Focalizan todo su discurso en la exaltación de lo local y destierran la perspectiva de clase: por ello los populismos y nacionalismos arraigan y obtienen su apoyo electoral entre clases sociales muy diversas.

Sin duda, su masa de apoyo son las clases bajas y medias. Precisamente, en los Estados miembros de la UE que han sufrido las consecuencias de la crisis, ésta ha golpeado a las clases medias que han soportado todas las medidas para afrontar la crisis, desde los brutales recortes salariales, los recortes de los beneficios sociales y el aumento de los impuestos pues también son quienes soportan casi exclusivamente la totalidad de la carga impositiva. El desmantelamiento de las clases medias puede tener un efecto desestabilizador de la democracia estatal y europea. Haber hecho pagar a las clases medias la casi totalidad de la crisis (y el resto a las clases más bajas en forma de desempleo) ha sido demoledor. Además, esa política no sólo fue compartida por gobiernos de derechas e izquierdas, sino que hay que reconocer que está en el haber de la torpeza de la Comisión Europea exigiendo recortes fáciles sobre los funcionarios públicos, el gasto social y las paupérrimas pensiones y no, por el contrario, reformas estructurales de las administraciones públicas y restricciones sobre las personas y prácticas de despilfarro de las instituciones públicas. Todavía los españoles recordamos al comisario socialista, Almunia, jaleando al Gobierno de Rajoy porque todavía tenía margen para aumentar todos los impuestos...

El proceso político europeo está abierto a lenguas y culturas, es tolerante y solidario para compartir libertad y trasvasar rentas. Por definición, niega el derecho a decidir unilateralmente o a imponer la voluntad propia frente a la común...Formar parte de la UE es aceptar que ya no se puede decidir por cuenta propia, sino que hay que negociar y aceptar el resultado de la votación mayoritaria como voluntad general europea. Los populismos nacionalistas reclaman una vuelta a la soberanía nacional, a decidir por separado, a no compartir un proyecto político con los vecinos europeos.

Los populismos nacionalistas actuales ven en la UE un riesgo de asfixia de su fanática exaltación de lo nacional y de su cultura. Reclaman el derecho a decidir en función de grupos étnicos, lingüísticos o nacionales. Son nuestros particulares talibanes; los fundamentalistas antieuropeístas pretenden la desestabilización de la UE y la vuelta a las fronteras comerciales y migratorias. El proteccionismo en todas sus manifestaciones y el repliegue sobre sí mismos es la negación de la idea europea. Los populismos nacionalistas están en el origen de la mayoría de las guerras en Europa, al menos, desde hace siglo y medio y, si no les paramos, nos llevarán a otra gran guerra 100 años después.

Al igual que los fundamentalistas islamistas, se sirven de la democracia, incluida la cita electoral europea, para entrar en el espacio público europeo cual caballo de Troya y desde el PE asaltar el poder en Europa y en los Estados respectivos. El blanco inmediato es la democracia europea, contra el acervo de integración: minar la integración con propuestas de devolución de competencias, en el mejor de los casos, y, en el peor, hacerla ingobernable multiplicando los estados y provocar la disolución del sistema de integración.

Entre unos y otros, partidos populistas-nacionalistas y bipartidismo depredador, la regeneración democrática y la vuelta a la ejemplaridad pública se hace difícil. Sin embargo, no es imposible salir de ese círculo vicioso. El voto de cada uno de nosotros es un acto de poder y responsabilidad con el que podemos cambiar el mundo que nos rodea. Todas las elecciones son importantes; en la cita europea del 25 de mayo, basta con no regalar nuestro voto ni a populistas-nacionalistas ni a partidos culpables de la corrupción.

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