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‘No nos representan’; por Jorge de Esteban, catedrático de Derecho Constitucional

06/02/2014
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El día 6 de febrero de 2014, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Jorge de Esteban, en el cual el autor considera que si se quiere que en España haya una democracia auténtica, dejando al margen la necesaria reforma de la Constitución, es indispensable que se creen nuevos partidos o que se adapten los que existen a las nuevas exigencias que reivindican los ciudadanos.

‘NO NOS REPRESENTAN’

Los políticos no sólo no gozan actualmente en España de un aprecio mínimo de los ciudadanos, sino que encima se han convertido en el cuarto problema nacional tras el paro, la situación económica y la corrupción. Es más: la corrupción es una de las facetas que definen hoy a la clase política española, pues un día sí y otro también, se destapan los escándalos que, más allá de a políticos aislados, involucran a partidos políticos en su conjunto. No hace falta dar nombres, basta con señalar que según un estudio de la Comisión Europea, España es uno de los cuatro primeros países de la UE en sufrir esa lacra.

Los hechos son así y no cabe mirar para otro lado. Por eso es necesario que reflexionemos sobre las causas de esta lamentable circunstancia que está contribuyendo a la degeneración progresiva de nuestra democracia. Una primera señal de alarma de lo que está ocurriendo en España en este terreno fue la que se encendió con motivo del 15-M de 2011. En esa fecha surgió un movimiento ciudadano que fletó, entre otros, un eslogan muy repetido desde entonces referido a los políticos: “No nos representan”. En otras palabras: ante la situación crítica por la que atraviesa España desde el año 2007, los ciudadanos coinciden mayoritariamente en el significado de las movilizaciones que comenzaron ese día. De este modo, un sondeo de Metroscopia, realizado en mayo de 2013, nos señala que el 78% pensaba que los indignados tienen razón en lo que dicen, mientras que sólo un 4% muestra dudas sobre los motivos de la protesta.

Han pasado casi tres años desde esa fecha paradigmática y la razón última de su aparición parece estar cada día más clara. En efecto, se trata de que la democracia representativa que está vigente en España y, por supuesto, también en otros países europeos, conoce una crisis que obliga a someter a examen los postulados en que se funda. Pues bien, si tuviéramos que concretar en un punto la causa de la quiebra del principio representativo en que se funda la democracia moderna, no sería otro que el de que ha desaparecido el vínculo, siempre muy frágil, que debe unir a los representantes con los representados, el cual no es otro que el de conseguir un idem sentire; esto es, se trata de lograr que exista un elemento de identificación que logre que los representados vean a los elegidos como sus verdaderos representantes. Dicho de forma más tajante: sin identificación no hay representación.

Es cierto que el ideal rousseauniano de una democracia participativa y directa exigiría la desaparición de cualquier clase de intermediarios que pudiese falsear el deseo de los ciudadanos. Sin embargo, en las sociedades de masas de nuestros días no es posible por ahora alcanzar esa utopía. Y digo por ahora, porque no sabemos si en el futuro ese ideal se podrá alcanzar por medio de internet. Es cierto que las redes sociales pueden fomentar la democracia, al mismo tiempo que pueden hacer también mucho daño a los poderes fácticos, por lo que tarde o temprano podrían cambiar el panorama político. De ahí que los poderosos estén intentando controlar internet dando una gran batalla para su regulación y control.

Sea lo que fuere, estamos lejos todavía de ese momento histórico y no hay más remedio que perfeccionar la democracia que tenemos. Para lo cual hay que proyectar el foco de luz sobre los partidos políticos, que son actualmente el mejor instrumento posible para lograr el vínculo necesario del idem sentire, que, como he dicho, es imprescindible para que exista la representación. Pues bien, lo que está fallando en nuestros días no es la democracia indirecta o representativa, teniendo en cuenta que por ahora no puede ser sustituida por la democracia directa o participativa. Lo que está fallando es la actuación de los partidos políticos oligárquicos. En consecuencia, la cuestión radica en modificar el funcionamiento de los partidos, los cuales han desvirtuado el concepto de representación porque los ciudadanos raramente se identifican con ellos.

Ahora bien, cuando la democracia representativa se acabó imponiendo en Europa, tras la Revolución Francesa, el concepto de representación ignoraba la existencia y, por tanto, la práctica de los partidos políticos. Entre la concepción de Rousseau y la concebida por Sieyès de carácter indirecto, se terminó por imponer esta última. Ahora bien, a diferencia de lo que ocurría antes de la Revolución, los elegidos, según Sieyès, representaban a la nación y, por tanto, no cabía ningún mandato imperativo, como sucedía en la época de los Estados Generales.

No obstante, por la fuerza de las cosas, surgieron los partidos como única forma de que los que se presentasen a las elecciones pudiesen ser votados por los ciudadanos. A partir de entonces, los partidos fueron decisivos para que los electores, según fuese la ideología de cada uno, pudiesen votar mediante su identificación con alguno de ellos. Esta identificación se operaba, según cada caso, a través de una ideología de carácter permanente; por medio del líder que encarnaba a cada partido; y, por último, gracias al programa que cada partido presenta en las respectivas elecciones. De este modo, el funcionamiento del Parlamento sería posible porque los representantes actuarían en grupos parlamentarios, no teniendo en cuenta, sin embargo, la prohibición del mandato imperativo que señala, por ejemplo, el artículo 67.2 de nuestra Constitución. Esto es así, porque si cada elegido actuara según su voluntad en cada momento o votación, sería imposible que se aprobasen leyes o se tomasen decisiones. Por de pronto, se impuso en consecuencia la disciplina de voto, porque si los electores han votado a un partido y sus elegidos no cumplen con su ideología o con el contenido del programa, es materialmente imposible que se produzca la identificación con sus representados.

Por consiguiente, si en la actualidad, como parece, se ha roto la identificación entre electores y elegidos se debe a varias causas. En primer lugar, en muchas ocasiones los partidos políticos no son coherentes con su ideología o no cumplen después el programa electoral por el que fueron elegidos. En segundo lugar, las decisiones que toman los partidos no se han generado de forma democrática, mediante un debate interno, sino que son producto de la voluntad de la oligarquía que dirige el partido. En tercer lugar, los militantes no tienen ninguna participación en la confección de las listas. En cuarto lugar, los partidos dejan de representar a sus electores cuando les invade la corrupción o su financiación es irregular, demostrando que existe una clara impunidad para muchos de ellos. En consecuencia de todo lo dicho, hay que concluir afirmando que se ha roto el proceso de identificación, puesto que los electores mantienen que los representantes no los representan.

De este modo, estamos presenciando diversos fenómenos que nos indican que los elegidos ya no representan a los electores. Así, están surgiendo nuevos partidos que tratan de recuperar una ideología y un comportamiento que permita recrear de nuevo el vínculo de identificación. Igualmente se puede ver que los ciudadanos protestan más y salen a la calle porque existe un desapego hacia el sistema político que no deja de ir aumentando. Los ciudadanos, sobre todo los jóvenes, exigen que los políticos les rindan cuentas, al mismo tiempo que desean participar más en las decisiones que afectan a todos. Ciertamente, estas novedades pueden contribuir a crear una nueva era de desobediencia civil. Dado que, junto a los indignados pueden mezclarse elementos violentos o anarcoides, urge resolver un problema que puede agravarse.

Pues bien, la única solución posible es la de transformar radicalmente los partidos políticos actuales, a efectos de que vuelva a producirse la identificación entre electores y elegidos. Pero para ello es necesario que los militantes puedan elegir mediante primarias a sus directivos y representantes, que los partidos funcionen con transparencia con el fin de que todos sus miembros puedan saber lo que ocurre en los debates internos y que se imponga la limitación de mandatos en todos los cargos. Al mismo tiempo, es indispensable también que exista un contacto entre los representantes y los representados, lo cual es más difícil en los sistemas electorales de carácter proporcional que en los sistemas mayoritarios uninominales, es decir, en los que se elige a un solo diputado en cada circunscripción, como ocurre, por ejemplo, en Gran Bretaña, lo cual facilita enormemente este contacto.

En España no resulta fácil sustituir el sistema electoral proporcional por otro mayoritario, pero aceptando tal dificultad, hay formas para que no ocurra lo que sucede actualmente: que nadie conoce a sus representantes. Esto es, cualquier elector de un partido, sobre todo en las grandes capitales, no ha hablado en su vida con sus representantes. No es extraño, por consiguiente, que el vínculo de identificación no exista en España y, como ya he dicho, sin identificación no hay representación.

En suma, si se quiere que en España haya una democracia auténtica, dejando al margen la necesaria reforma de la Constitución, es indispensable que se creen nuevos partidos o que se adapten los que existen a las nuevas exigencias que reivindican los ciudadanos. Pero para ello es indispensable, como primer paso, que se apruebe una nueva Ley de Partidos Políticos. Esto no se hará sin la presión de la sociedad civil, porque, como decía Burke, para que el mal triunfe basta con que los buenos se estén quietos y no hagan nada...

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