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¿Necesitamos una foto?; por Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes, Catedráticos de Derecho Administrativo

26/11/2013
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El día 26 de noviembre de 2013, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes, en el cual los autores opinan que para fortalecerse, Europa debe cultivar su identidad común que es la cultural y, al mismo tiempo, tejer y aderezar los “intereses” comunes, aquellos que nos obligan a permanecer unidos: la defensa de las libertades, la calidad de vida y del ambiente, la protección al consumidor, el mercado interior, la política económica y tributaria europeizadas, la disciplina de los bancos, de nuestras inversiones…

¿NECESITAMOS UNA FOTO?

Con el fin de animar el tiempo que se abre hasta las elecciones al Parlamento europeo del mes de mayo se ha introducido el debate acerca de la conveniencia de seleccionar un candidato, para todos los países miembros de la Unión Europea, por cada una de las formaciones políticas. Con esta fórmula se haría visible ante el electorado un rostro, la foto de un señor o señora representando a los populares, socialistas, liberales... Dicho con otras palabras, un cabeza de lista llamado a ostentar, si los hados le son favorables, la presidencia de la Comisión -el Gobierno europeo-.

Como lo que nos caracteriza no es la abundancia de conocimientos sobre el funcionamiento de las instituciones europeas, conviene recordar que es el Consejo europeo el órgano encargado de proponer al Parlamento europeo, “teniendo en cuenta el resultado de las elecciones al Parlamento europeo y tras mantener las consultas apropiadas”, un candidato al cargo de presidente de la comisión. Se le elige por mayoría.

Procede aclarar asimismo que el Consejo europeo invocado está compuesto básicamente por los jefes de Estado o de Gobierno de los Estados miembros.

Es decir que son estos altos personajes, para entendernos, Hollande, Merkel, Rajoy, Cameron, Letta, etcétera, quienes tienen la responsabilidad de seleccionar a un candidato y presentarlo al parlamento europeo para que en sesión plenaria sea votado y aupado a tan elevado pináculo.

Quien hoy se halla en ese lugar levantado se llama José Manuel Durao Barroso. Muchos ciudadanos propenden a creer que es un señor colocado allí en virtud de abominables tejemanejes políticos. Nada más alejado de la realidad, aunque tejemanejes, pactos y enredos sean consustanciales a este tipo de procesos. Pero al final el Consejo propone y el Parlamento dispone. La razón por la que el señor Barroso está pues en Bruselas, en la planta noble del edificio Berlaymont, es porque fue votado mayoritariamente en una sesión plenaria celebrada en 2009 y, a su vez, la razón por la que fue propuesto es porque se trata de un político destacado de la familia popular que ganó las elecciones europeas celebradas en junio de ese mismo año.

Y aquí es donde queríamos llegar. Los jefes de Gobierno o de Estado no son libres a la hora de posar su dedo mirífico sobre este o aquél personaje sino que su capacidad de decisión se halla trabada por “el resultado de las elecciones al Parlamento europeo”. Es decir que es la voluntad popular expresada en esa consulta la que determinará a la postre que la elección recaiga en un popular, en un liberal, en una verde, etcétera.

El lector perspicaz habrá advertido que este procedimiento en poco se diferencia del que es sólito en los Estados miembros. En efecto, según nuestra Constitución, es el Rey quien, previa consulta con los jefes de los grupos políticos con representación parlamentaria, propone al Congreso de los Diputados un candidato a la presidencia del Gobierno. Y, en Alemania, el presidente de la República es quien presenta al Bundestag el nombre de una persona concreta. Que se vota sin debate. Y lo mismo o algo parecido podríamos decir de otros ordenamientos constitucionales europeos, al menos cuando se trata de regímenes parlamentarios, no en los presidencialistas (caso de Francia).

¿Qué novedad, si alguna, introduce la propuesta de la foto de un candidato? La de que el elector pueda identificar “una cara”. ¿Es esto bueno o malo? Pues, como a menudo ocurre, es simplemente regular. Porque, de un lado, las diferencias entre los 28 Estados miembros hace que esa señal tan primaria de la identificación física sea muy difícil de hacer llegar adecuadamente al elector: pensemos en un ciudadano de Jaén, de Lugo o de Segovia a quien se pretende ilusionar o hacer comulgar con una señora finlandesa cuyo apellido, sembrado de ásperas consonantes y apenas aliviado por alguna vocal, es incapaz siquiera de pronunciar.

De otro lado, y lo que más nos preocupa ¿no colaborará esta exhibición de fotos a crear el indeseable escenario de una pelea entre dos contrincantes incorporando al debate democrático la elementalidad que es propia de las competiciones deportivas? ¿no contribuirá a personalizar una campaña y unas elecciones tan determinantes para la vida cotidiana de los europeos?

A nuestro juicio, por consiguiente, esta novedad poco coayuda a la mejora del funcionamiento de las instituciones o al fomento de la participación, como hemos defendido en nuestras Cartas a un euroescéptico (Marcial Pons, 2013). Porque lo importante no es la foto sino llevar a la conciencia del elector los problemas a los que se enfrenta Europa de la manera más objetiva posible y, por cierto, sin enmarañarlos con los chismes locales. En la próxima campaña, la receta es, para España, simple: hacer lo contrario de lo que se hizo en 2009. Y que consistió en presentar las elecciones europeas como un enfrentamiento entre dos señores, uno que estaba a la sazón gobernando y otro que dirigía las huestes de la oposición. Esta actitud tiene unas consecuencias desastrosas porque impide que la ciudadanía tome conciencia de lo que en rigor se debería discutir y acabe aburriéndose al observar las mismas toscas descalificaciones propias del menesteroso debate nacional. Si este despropósito no se corrige poco podremos avanzar porque, olvidados con ocasión de las elecciones los problemas propiamente europeos, estos quedan hurtados definitivamente al elector a quien será ya muy difícil ganar para esta causa.

Para mayor confusión, todo ello se mezcla hoy con el debate acerca de la necesidad de “europeizar” los partidos políticos, un debate superfluo pues que tales partidos ya están “europeizados” al contar los presentes en el hemiciclo de Estrasburgo con una organización, unos cargos directivos, unas reuniones que se celebran aquí o allá para debatir programas o la posición común ante nuevos problemas. No sabemos muy bien qué más necesitan para ganar en dimensión europea, fuera de lo que sean sus deficiencias internas que nosotros desconocemos. Aquellos partidos políticos pequeños, no acogidos en el seno de esas grandes familias, deberán hacer un esfuerzo para llegar a pactos programáticos o ideológicos con otras fuerzas, las ya establecidas u otras asimismo minoritarias.

Más relevancia que las fotos tiene el hecho de que la Comisión europea cuente con cierta coherencia ideológica derivada del resultado de las elecciones pues ello evitaría actuaciones poco hilvanadas. Sería bueno que se formara un Gobierno monocolor o, en su caso, una coalición. Ello contribuiría a reforzar la imagen de Gobierno dependiente del Parlamento y al nacimiento de una oposición, que tanto se echa en falta en el funcionamiento parlamentario actual. Para ello es preciso que se otorgue al presidente de la comisión una mayor libertad a la hora de conformar su equipo.

UN PRESIDENTE y un equipo obligados a formular un programa de su acción de gobierno -el ofrecido a los electores- que ha de servir como medida para exigir la correspondiente responsabilidad política. Si se incumpliera, ahí estaría para denunciarlo la oposición en la cámara que adquiriría perfil y visibilidad. Los regímenes parlamentarios cuentan con mecanismos de censura que también rigen en el Parlamento europeo porque éste, además de elegir al presidente de la comisión como hemos visto, da el visto bueno a la designación de los comisarios. Si los diputados no están de acuerdo con el nombramiento de uno de tales comisarios pueden rechazar a la comisión en pleno. Y asimismo el Parlamento puede obligar a la comisión a dimitir durante su mandato, lo que ha ocurrido en la práctica (renuncia de la Comisión Santer, 1999).

Terminamos. Para fortalecerse, Europa debe cultivar su identidad común que es la cultural (los grandes artistas y creadores del pasado que la mantienen con la cabeza bien alta) y, al mismo tiempo, tejer y aderezar los “intereses” comunes, aquellos que nos obligan a permanecer unidos: la defensa de las libertades, la calidad de vida y del ambiente, la protección al consumidor, el mercado interior, la política económica y tributaria europeizadas, la disciplina de los bancos, de nuestras inversiones... Sabiendo que Europa no es una nación, ni falta que hace pues para nada necesitamos esa pasión colectiva subrayada por los exclusivismos que es propia de los nacionalismos. Felizmente Europa no necesita héroes ni sangre ni batallas.

Se dice que es la hora del repliegue en las naciones, repliegue buscado por unos ciudadanos inseguros como eran aquellos del siglo XIX, del Biedermaier centroeuropeo, refugiados en la intimidad del hogar para poner sordina a los ruidos perturbadores del exterior. Y en parte es verdad y signos de esta actitud cobarde vemos a diario en las poblaciones y también en el funcionamiento de las instituciones siendo acaso su política exterior el signo más visible y más decepcionante.

Pero, al mismo tiempo, esas mismas instituciones avanzan en batallas que acabarán modificando nuestras vidas: las redes energéticas o las del transporte y de la comunicación o los logros de la investigación europea o el despliegue creciente en la defensa de las libertades y de una Europa social, afanes hoy en la agenda europea que se afianzan y se robustecen.

Las fotos no están mal pero interesa más la sustancia política que alberga en su cabeza el fotografiado.

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