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Intelectuales y famosos; por Santiago González Varas, Catedrático de Derecho Administrativo

08/10/2013
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El día 8 de octubre de 2013, se ha publicado en el diario La Razón, un artículo de Santiago González Varas, en el cual el autor opina que hoy día primero hay que ser famosete (es decir, político, futbolista, cantante, etc.) y después ya puedes tener las editoriales a tus pies.

Si consultamos la obra de cualquier intelectual de nuestro tiempo apreciamos quejas en contra de los valores reinantes, en el sentido de que la gente se preocupa de tonterías, que propician la fama exagerada de auténticos mentecatos mientras que los pensadores permanecen, recordando la famosa obra de Dostoyevsky, en el “subsuelo” más profundo, lo que viene a ser un reflejo de la sociedad misma. Es, en efecto, lo habitual cuando se habla de estos temas ( Vargas Llosa, “La civilización del espectáculo”, etc.), lo que nos llevaría a la “cultura de masas” (Ortega, Adorno) y a hacer ver que estamos ante un mal general no exclusivo de España.

Pero no querría extenderme toda esta página en estos lamentos tan característicos. Más bien, puede aportarse una dimensión más graciosa sobre qué es todo esto de la fama, pese a que terminaremos con una reflexión apesadumbrada para no desentonar el panorama intelectual vigente. Una primera acepción nos la proporciona Strindberg: el sentido de aquella está en adornar las ciudades con estatuas, y que otros puedan recibir subvenciones, y también poder “colocar parientes” en determinados puestos. Para muchos la clave está en cuidar las formas: “había adquirido fama por lo sonoro de la voz, lo eficaz de los gestos” (Quevedo), porque la fama se adquiere dando la nota (Pessoa) y es que, según Gide, “a un hombre se le conoce por sus zapatos”. Se ha llegado a ver que el móvil real de los más famosos personajes es la fama: D. Juan se apoya en el amor para alcanzar la popularidad deseada, Quijote se diferencia de Sancho en apreciar la fama (Pérez de Ayala) porque “el ser inteligente no vive sólo en el presente” (Bergson). Si Simplicissimus es tonto es porque no entiende la fama, lo que se contrapone a la versión del caballero: “hablas como un becerro necio, pues ignoras tanta gente que adquirió fama por sus virtudes”. Pero hasta Simplicio quería ser famoso. “Pepín Río-Hermoso lloraba no ser inmortal” ( Valle Inclán). Todo el mundo quiere ser escuchado y “un hombre escuchado se convierte en un presuntuoso, absolutamente feliz” ( Josep Pla). La fama ha dado lugar también a versiones macabras. Se dice que Eróstrato incendió el templo de Diana con el fin de ser famoso. Y Lautrémont apunta que “las victorias no se hacen solas; para que sean famosas es preciso derramar mucha sangre”. “El amor por la gloria lo justifica todo” (Maldoror). “Ay del mundo por los escándalos” se dice en San Mateo, 18,1 y todos quedaron mudos durante siglos enteros de medioevo. De esto se hace eco Muñoz Machado en su biografía de Sepúlveda cuando explica cómo uno de los esfuerzos de este intelectual de la época fue el de conciliar fama y religión.

Pero sólo tras la Edad Contemporánea la fama toma decidido impulso: “la demagogia es una forma de degeneración intelectual que aparece en Francia hacia 1750” apunta Ortega (o, como afirma Cioran, “Voltaire inauguró en las letras el cotilleo ideológico”). Esta idea merece ser desarrollada: con el advenimiento de la E. Contemporánea surgiría lo que podría denominarse el “tópico libertario-demagógico”, la historia se simplifica sobremanera: el nuevo método para ser famoso consiste en afirmar libertades o lo que se quiere oír. Pero, siguiendo con estas citas grotescas y entretenidas, una frase irónica preciosa es ésta de Laforgue: “no puedo seguir así, arrastrándome anónimo”, que viene a ser como esa de Queirós: “observa cuántos prefieren ser insultados a ser ignorados”. Y hasta los famosos de verdad se quejan de la fama: Baudelaire muere triste porque piensa que no ha conseguido la fama merecida. Para de l’Isle-Adam “la única divisa que un hombre de letras serio debe adoptar en nuestros días es ésta: ¡sé mediocre! Es la que yo he escogido. De ahí mi notoriedad”. Y es que, en opinión de Pessoa, “un país sin grandes estafadores es un país perdido, porque la civilización en cualquiera de sus niveles es esencialmente la organización de la artificialidad”. Sólo el genial Dalí supera estas estrecheces cuando magistralmente dice que “como soy un genio no moriré nunca”. Los juristas (siguiendo aquel pensamiento... de Warhol) desarrollarían el “derecho subjetivo a la fama” regulando este desorden, porque “un malentendido es la fama”, decía Umbral, y al final... tras este miniensayo sobre la fama “el que ayer fue hombre, hoy polvo y mañana nada, la pudrición le deshace, el olvido le aniquila” (Gracián).

Pues bien, personalmente no me molesta que todo sea como es actualmente, siempre que “lo necio” se mueva en su ámbito propio “necio”. Lo que me preocupa es que “lo intelectual” (así, “el libro”, las “editoriales”, algunos “medios”...) se convierta también en pura expresión de aquello de lo “necio”. Por no extenderme pongo un ejemplo: hasta el siglo XXI uno primero escribía un libro y después podía o no ser famoso, pretendiéndolo o sin pretenderlo. Hoy día (y con eso digo todo) es curiosamente al revés: primero hay que ser famosete (es decir, político, futbolista, cantante, etc.) y después ya puedes tener las editoriales a tus pies. No sólo los medios son un reflejo de estas miserias y porquerías, algo en efecto pasa en la sociedad misma.

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