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En la muerte de Eduardo García de Enterría; por José Eugenio Soriano García, catedrático de Derecho Administrativo

20/09/2013
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Esfuerzo, sacrificio y trabajo fueron sus grandes armas para levantar, pausadamente, libro a libro, artículo a artículo, su obra. Y la obra era a su vez semillero de ideas que a todos convocaban y hacía que, coincidiendo o discrepando, con “comitas academica”, la crítica permitiera ir avanzando todos los días, mejorando si se podía el Derecho que tanto amó y mejoró.

EN LA MUERTE DE EDUARDO GARCÍA DE ENTERRÍA

Me cuesta escribir estas líneas, sobre quien en mi imaginario personal, y en el de muchos discípulos, era inmortal, como en realidad lo seguirá siendo a través de su obra, discípulos y, al final, como final también de una época siempre recordable, de quienes en la vieja Europa representaba un hombre integral, un arquetipo humano inigualable. Y no era comparable, por su generosidad, modestia, nobleza, por la lealtad que fiel a sí mismo en primer lugar, generaba a su alrededor y regalaba siempre.

Tiempo habrá para ponderar su obra, impresionante, magnífica, una época del Derecho Administrativo y también del Público. Y lo harán plumas más cercanas a aspectos de su obra que la que yo represento, un discípulo más que tuvo la fortuna de conocerle ya en la Facultad y comenzar ahí a aprender esos valores.

Porque con don Eduardo se va un gran Maestro. Una vez me dijo que una Escuela - y la suya es impresionante en calidad y cantidad - no es un punto de llegada a las mismas conclusiones, sino un punto de partida. Y que esa línea de salida era la honradez intelectual, la independencia de criterio, la capacidad crítica - frente a todos- unida a una sabia prudencia capaz de ofrecer alternativas, salidas y rectificar errores. Toda una lección que seguir de continuo.

Construyó don Eduardo con esos mimbres un magnífico edificio, ya que su vocación y dedicación - es legendario el “Seminario de los Miércoles” que durante 50 años dirigió y mantuvo personalmente hasta noviembre de 2011 con 88 años permitiendo así que ahora lo continuemos y nos reunamos para debatir y discutir sobre Derecho - decía, su vocación y dedicación, unido a su pudor, tan castellano, su modestia, su inmensa laboriosidad, y, de cerca, su simpatía y cordialidad, hacía que generaciones y generaciones de jóvenes quisieran aprender a su lado. Y los mejores, intentar imitarle.

Esfuerzo, sacrificio y trabajo fueron sus grandes armas para levantar, pausadamente, libro a libro, articulo a artículo, su obra. Y la obra era a su vez semillero de ideas que a todos convocaban y hacía que, coincidiendo o discrepando, con “comitas academica”, la crítica permitiera ir avanzando todos los días, mejorando si se podía el Derecho que tanto amó y mejoró.

Su pasión europea, bien conocida, llena de reconocimientos y premios, la compatibilizaba perfectamente con su apoyo a los países Iberoamericanos, quienes también le rindieron cordial homenaje en múltiples doctorados, seminarios, conferencias. Aquí se formaban, y nos están haciendo llegar ahora su cariño, muchos de los mejores juristas iberoamericanos. Francia e Italia reconocieron pronto su maestría, muy especialmente en este último país, toda la Universidad de Bolonia, de quien llegó a ser miembro de su claustro por honoris causa, y en el Real Colegio de España en Bolonia se formaron muchos discípulos suyos. Luego, ya, en toda Europa y en las Instituciones de la Unión Europea.

Luego atendió también, como humanista integral, a la literatura, haciendo algunas incursiones, magníficas algunas, en artículos que son pieza a recordar como los recogidos en “Hamlet en Nueva York” donde se aprende a degustar deliciosos pasajes literarios inimaginables en un jurista. Lo cual demostraba también una pasión y una curiosidad universal, que le mantenía fresco, joven, y con gran capacidad de vivir, lo que demostraba también en sus paseos por la montaña, donde tuve la fortuna de acompañarle en algunas ocasiones. Igual al releer ahora su “La poesía de Borges y otros ensayos”, mostrando un paladar exquisito para saberes propios de un hombre culto y cultivado, capaz, incluso alejado de su profesión, de mostrar y despertar ilusiones.

Su mujer, Amparo Velázquez, estará ahora acompañada directamente de sus hijos, pero bien sabrá que somos muchos, creo que muchísimos, los que le damos y daremos nuestro abrazo con la emoción de sabernos parte de su otra familia, la de sus discípulos, a los que también quiso con la pasión del Maestro y que emocionados ahora seguiremos su obra como mejor homenaje a tan buen y gran hombre.

El Imparcial 18.09.13

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