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El juez independiente, especie amenazada; por Javier Gómez de Liaño, abogado y juez en excedencia

16/09/2013
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El día 16 de septiembre de 2013, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Javier Gómez de Liaño, en el cual el autor considera que hay auténticas cacerías desde los ámbitos políticos contra determinados jueces.

EL JUEZ INDEPENDIENTE, ESPECIE AMENAZADA

Desde hace algunos años, la autoridad competente en la materia y que hoy es el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, elabora un listado denominado Catálogo Español de Especies Amenazadas, en el que hay una casilla dedicada a animales que califica de “vulnerables y en peligro de extinción”. No obstante y según fuentes ecologistas de la máxima solvencia, algunos ejemplares protegidos -entre otros, están el lince ibérico, la nutria y el gato montés- siguen siendo víctimas de la malaventurada muerte por arma de fuego a manos de cazadores desalmados, categoría en la que caben los furtivos y los no furtivos.

Yo no soy cazador, pero sé por algunos amigos que sí lo son, que una de las reglas de oro es dar a la pieza la oportunidad de huida o de defensa. También me dicen que aún existen cacerías nocturnas de algunas especies, en las que la técnica es tan monstruosa y repugnante como deslumbrar al “bicho” con un par de focos potentes y acto seguido, sin posibilidad alguna de fallar el tiro, fusilarlos a sangre fría. La cabeza del animal, después de haber pasado por el taxidermista, no refleja la muerte que le dieron, pero quien la cobró, por más mentiras que diga y ejercicio de presunciones que haga, jamás podrá olvidar que el ejemplar no fue cazado con arreglo a norma deportiva, sino asesinado con vergonzoso quebranto de las más elementales reglas cinegéticas.

De la amenaza o desprotección de algunos tipos de jueces pudiera decirse esto mismo. Como los animales que mueren alevosamente y por lo tanto distraídos de todo lo que no sea la silvestre libertad, el procedimiento de aproximación al juez para liquidarlo suele ser muy sutil y depurado. El cazador se le acerca hasta donde quiere, pues su señoría está ajeno a lo que no sea su oficio y lo acribilla a placer, de la misma forma que si disparase a un confiado y manso animal doméstico. Son supuestos en los que la cacería del juez se realiza por escopetas políticas y no políticas cargadas con posta de grueso calibre y que abren fuego sin el menor respeto de las reglas éticas y morales de Diana, la diosa virgen de la caza y de la naturaleza.

Para muestras, he aquí dos ejemplos. Uno, el primero, el de la juez doña Mercedes Alaya que instruye el fraude de los ERE y que ha dictado un auto en el que “comunica” la existencia del procedimiento en “calidad de imputados” a dos ex presidentes de la Junta de Andalucía, al considerar que pueden ser responsables del “uso ilícito de fondos públicos a través de la utilización palmariamente irregular de transferencias de financiación”. Tras su decisión, no exenta de discusión jurídica y qué mejor prueba de ello que el recurso interpuesto por el fiscal -por razones obvias me abstengo de dar opinión-, varios responsables del partido político al que los encartados pertenecen han acusado a la juez de llevar a cabo una “imputación mediática”, de haber dictado un auto “inconsistente y tendencioso”, de que la imputación es una “manipulación artera” suya e incluso no han faltado quienes han advertido de que el caso de los ERE se trasforme en el caso Alaya, lo que en ámbitos judiciales se ha interpretado como un claro aviso de que una querella puede estar a punto de caer sobre la señora magistrada.

El otro suceso, o sea, la segunda montería, ha sido la publicación en un diario nacional de las imágenes del encuentro de don José Castro, instructor del caso Nóos, con una abogada del Sindicato Manos Limpias que ejerce la acusación popular en el asunto. La noticia se cargó con la munición de que el juez estuvo de “copas” con la letrada y que ambos “intimaron” durante una hora en el bar, lo que dio pie a que, de inmediato, el defensor de uno de los imputados en la causa comentara que eran unas “fotos muy morbosas”. Además y según informes policiales, su señoría y el fiscal encargado del proceso llevan algún tiempo sufriendo extraños seguimientos y recibiendo anónimos amenazantes, hasta el extremo de que al primero le han puesto excrementos de perro en la puerta de su casa.

Salvo por los periódicos y la televisión, no conozco a la magistrada señora Alaya ni al magistrado señor Castro. Sí he oído de ellos que son dos señorías incansables, que trabajan de sol a sol y que al frente de un buen equipo judicial que les ayudan, desarrollan su tarea de forma muy minuciosa, lo cual confirma la tesis de que en este país un juez no puede ir por la vida haciendo las cosas como la ley y su conciencia le dictan, sin que el leguleyo de turno le socave el ánimo y también que el trofeo por el que esos clandestinos cazadores gastan tiempo y dinero suele ser el que con sus resoluciones molesta al poder, sea éste del tipo que sea. El resto puede cazarse en safaris organizados por agencias. En todo caso, al final el juez tiroteado resulta un fracaso pues sólo sirve de objeto decorativo a sumar a un palmarés -léase portada- ilustre.

Desde que la Administración de Justicia existe, han sido muchas y muy potentes las armas que el hombre, en su penosa estulticia, maneja para acabar con la independencia judicial. En el venenoso naipe de las maquiavélicas ideas juegan a las mil maravillas su papel, el caballo de copas de la conveniencia, el rey de espadas del poder y el agresivo as de bastos que a todos atemoriza con su sola presencia. Sucia baraja al margen de las reglas del juego limpio. Por eso, entre otras razones, el mundo de la justicia va por mal camino. Porque hay políticos y parapolíticos que piensan que al juez se le puede reducir al silencio; que al juez se le puede comprar; que el juez puede implicarse en el amoral tejemaneje de la política práctica; que al juez se le puede vestir de fantasma y darle un trato fantasmal.

Es cierto que ha habido jueces que se comportaron como los esclavos de la vieja Roma, jueces que se han comprometido obstinadamente con los programas de unas siglas políticas y jueces que ni siquiera probaron a mantener el tipo cuando recibieron los primeros envites. Pero, precisamente por estos ejemplos, el juez honrado sabe que su labor viene marcada por el noble hierro de las dos más claras servidumbres de su oficio: la de la verdad y la de la libertad. El juez independiente, como el fiscal imparcial no admite imposiciones ni bozales. Entre otras razones, porque no se imagina a un siervo con la corona de un rey ciñéndole las envilecidas sienes. Por ello, sus togas son las que los políticos de tres al cuarto quisieran ver colgadas como las cabezas de los ajusticiados con sus ojos yermos se balaceaban en las picotas erguidas a las afueras de los pueblos de España con su sombra de palo siniestro y un nido de avispas en el capitel.

Supongo que quienes me conocen estarán de acuerdo en que no soy un defensor a capa y espada de la judicatura, afligido por un mal llamado espíritu de cuerpo. Lo que me ocurre es que estoy convencido de que de todos los oficios, uno de los más difíciles y peliagudos es el de juez. No se trata de sostener que en su cotidiana tarea el juez es infalible, pero tal vez no esté de más apuntar que hay ocasiones en que el juez sufre y que lo hace en soledad y hasta con rabia, como cuando contempla que necesita algo más de lo que tiene para responder a las ansias de justicia del prójimo. El de juez, además de oficio, es sacrificio y si alguien creyera que los jueces están satisfechos de ellos mismos, se equivoca.

Es más. Siempre estuve a favor de la censura y crítica de las resoluciones judiciales. Lo que no acepto es la feroz repulsa contra los jueces y quede claro que lo dicho vale también para el elogio desmesurado. Ambos son comportamientos contrarios a la lógica, a la decencia y, lo que es más grave, a la independencia judicial. Contra la lógica por lo que de contradicción tiene; contra la decencia, porque no se puede denigrar a nadie por adoptar una decisión legítima; y contra la independencia judicial, porque, una vez más, se atacaría abiertamente sin más fundamento que los intereses ajenos a la razón y al Derecho.

Lamento decirlo, pero a la Justicia le han hecho mucho daño los políticos y todo el mundo en torno suyo. En España llevamos años asistiendo a la suplantación de la Justicia por la glosa de la Justicia, con salvas de las interpretaciones y con clasificaciones de nuestros jueces casi entomológicas. Aludo no a los críticos que no leen las resoluciones judiciales, que también los hay, sino a quienes no las entienden porque se les escapan de sus esquemas previos. Lo curioso es que los políticos, sean de derechas o de izquierdas, coinciden en una cosa: en llevar el agua a su molino cuando la ocasión se presenta. Hay entre ellos una especie de mutua atracción o comunidad de intereses. Es gente que defiende teóricamente la independencia de los jueces, pero que cuando la decisión judicial no es de su agrado, de inmediato saltan con la descalificación más primitiva e irresponsable.

Y como ya es muy poco el espacio que me queda para decir más de lo que pienso sobre estas amargas jornadas cinegéticas, deseo terminar con una referencia muy personal a la magistrada y magistrado agraviados. Sin duda que ambos no ignoran que la función de juzgar es pasto propicio para los moralizadores desahogos de justicieros y, por tanto, una carga que hay que llevar con resignada compostura. Como otros compañeros hicieron en su día, no tengo la menor duda de que la señora Alaya y el señor Castro saben controlar su adrenalina y dar muestras de templanza. El silencio es, desde luego, el más rentable y también el más humilde remedio para quien se siente agredido con tales maniobras. El hombre ecuánime y sereno siempre perdona a sus ofensores. En El desprecio agraviado Lope de Vega nos alecciona de que “la mayor venganza del sabio es olvidar el agravio”.

A modo de conclusión. El juez independiente es una raza con un pie en el estribo del tren de la muerte. Cuando desaparezca del todo sonará la hora de las lamentaciones y, como siempre, será ya tarde para lo que no fuere añoranza. Ahora que todavía estamos a tiempo, quisiera pedir para nuestro escalafón judicial una tregua de diez o doce años, un prudente lapso de tiempo durante el que viva en paz y pueda reproducirse con fruto. Mis cálculos son que o defendemos a nuestros jueces y los protegemos del furtivismo practicado por algunos títeres de la política, o dentro de un cuarto de siglo sólo los indiferentes y los afortunados podrán salvarse de la quema.

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