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El club de los expresidentes; por Rafael Navarro-Valls, Secretario General de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y Catedrático de la UCM

07/05/2013
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El día 6 de mayo de 2013, se ha publicado en el diario El Confidencial, un artículo de Rafael Navarro-Valls, en el cual el autor reflexiona sobre la reunión de los expresidentes estadounidenses en la inauguración en Dallas de la biblioteca de George W. Bush.

EL CLUB DE LOS EXPRESIDENTES

La inauguración en Dallas de la biblioteca de George W. Bush reunió en la ceremonia oficial a los expresidentes vivos y sus mujeres. Hay una foto interesante. Sentados, los dos Bush, padre e hijo: un detalle para no dejar solo en su silla de ruedas al patriarca de la familia. De pie: ellas y ellos en una mêlée nostálgica. Sonrisas de triunfadores con algún rictus de amargura. A Bárbara (esposa y madre de presidentes) se la ve orgullosa, aunque consciente de que ya pasó todo. Hillary con algo de expectación en su sonrisa, como dejando entrever que también ella inaugurará dentro de años su propia biblioteca presidencial. Rosalynn Carter sigue sonriendo como quien siempre mandó: la presidenta, la llamaban por su tendencia a intervenir desde el ala este en el staff del Ala Oeste en los cuatro años de Jimmy Carter. Juntas, Laura Bush y Michelle Obama. La primera, todo un prodigio de serenidad en los años tumultuosos de la presidencia de su marido. La segunda, con la sonrisa de quien sigue todavía muy cerca del poder.

Las sonrisas de los presidentes son algo profesionales. A excepción de Bush padre -que mezcla la sonrisa con un rictus de dolor-, Bush hijo, Clinton y Carter sonríen como quienes habitualmente deben hacerlo. Cercanos, pero distantes. Afables, pero cansados. Conscientes del momento: todos -salvo Obama, que ya la prepara- inauguraron en su momento sus bibliotecas presidenciales. Los historiadores de la presidencia de Estados Unidos peregrinan de una a otra escribiendo las historias que diseccionarán sus miserias y grandezas.

Recuerdo todavía la tradicional cena de gala del año 2000 -último año de la presidencia Clinton- con los corresponsales acreditados en la Casa Blanca. Dos mensajes lanzó el por entonces deteriorado Clinton (un prodigio de supervivencia política). Primero, “un presidente no es nadie en su último año en la Casa Blanca”; segundo, “un expresidente necesitará comer como cualquiera”. Clinton siempre fue consciente de que “no tener mensaje” en una campaña es un problema, pero aún lo era más no tener dinero. Trasladado esto a la situación de ex, se explica la tendencia que todos tienen a preparar un buen currículum antes de que se haga de noche en su presidencia.

Un expresidente necesita comer, como cualquiera

Lo cual es razonable, aunque ningún expresidente pasará hambre. Hubo momentos difíciles para ellos. Concretamente, los anteriores a 1960, año en que una ley definió un estatus digno para los exmandatarios. Truman, por ejemplo, se quejaba amargamente de que no disponía de fondos para atender decorosamente en su modesta casa de presidente jubilado en Independence (Missouri). Hoy las cosas han cambiado. El club de los expresidentes actuales le cuesta a los contribuyentes unos 3.7 millones de dólares. Incluida Nancy Reagan, viuda presidencial. El más caro es, precisamente, George W. Bush: algo menos de millón y medio. Clinton fue segundo, en torno al millón de dólares el año pasado, seguido por George H.W. Bush con casi 850.000. El más barato hoy es el anciano Jimmy Carter, unos 500.000 dólares.

El Servicio de Investigaciones del Congreso calcula que las oficinas de Bill Clinton le cuestan a los contribuyentes casi 450.000 dólares al año; George W. Bush gasta 85.000 dólares en llamadas telefónicas y 60.000 en viajes, y Jimmy Carter unos 15.000 dólares anuales en correo. Las viudas de expresidentes tienen derecho a recibir una pensión de 20.000 dólares, pero Nancy Reagan no quiso cobrarla el año pasado. La exprimera dama sí aceptó 14.000 dólares en envíos postales, siempre según la misma fuente. Esas cantidades no incluyen lo que se gasta el Servicio Secreto en la protección de los expresidentes, sus esposas y sus hijos. Téngase en cuenta, por ejemplo, que la protección de por vida de un expresidente bordea los tres millones de dólares.

Pero este exclusivo club tiene otras sustanciosas fuentes de ingresos: cuantiosos derechos de autor por sus memorias y libros, además de elevados honorarios por conferencias y discursos. Andaba cerca de la verdad el fallecido Gerald Ford cuando declaraba con cierto regocijo al New York Times “que el mejor trabajo en Estados Unidos es el de expresidente”. Otro ejemplo: según la revista Forbes, Clinton se embolsa nada menos que 350.000 dólares (249.000 euros) por conferencia. Y desde que abandonó la Casa Blanca en 2001, ha ganado unos 40 millones de dólares (28,5 millones de euros) por ellas.

¿Senadores honorarios?

No siempre la experiencia de los antiguos ocupantes de la Casa Blanca es aprovechada. Consciente de ello, Truman llegó a proponer -sin éxito- que los expresidentes fueran designados senadores honorarios, con voz, pero sin voto, de modo que el Senado se beneficiara de su criterio y opiniones, sin desequilibrar la balanza de los votos estatales. Más modesta, pero significativamente, Obama (enero de 2009) reunió por primera vez en una generación a los expresidentes en un encuentro histórico para cambiar experiencias y asesorar al nuevo presidente. Fue una reunión muy positiva. Más fructífera que la última de estas características, cuando en 1981 el entonces presidente Reagan invitó a un cóctel a los ex Carter, Ford y Nixon, momentos antes de un funeral por el presidente egipcio Anwar Sadat, recién asesinado. Probablemente, el más activo políticamente sea Clinton. Carter, el más presente en cuestiones solidarias socialmente. El primero ayudó decisivamente a su mujer en las campañas presidenciales y, luego, a Obama en las suyas. Carter ha fundado el Carter Center para la promoción de los derechos humanos y suele actuar de mediador en conflictos políticos. Bush padre y el propio Clinton se embarcaron en una ambiciosa operación de consecución de fondos para los afectados por el maremoto asiático.

¿Y qué ha sido de George W. Bush? Desde que se entrelazó en un estrecho abrazo con su sucesor Obama, el día de la primera toma de posesión de este último, se ha dedicado más a la promoción de causas sociales que a conferencias. Ha descubierto la pintura, y ahora el centro presidencial inaugurado ayer le servirá de impulso para incrementar la defensa de su presidencia, iniciada con la publicación de sus memorias. La nueva Biblioteca incluye unos 70 millones de documentos, 4 millones de fotos digitales -la más extensa colección de archivos digitales de las 13 bibliotecas presidenciales-, 200 millones de correos electrónicos y 43.000 artefactos. Entre ellos, el megáfono que usó Bush al visitar la 'zona cero' en Nueva York, donde yacían los escombros de las Torres Gemelas, derrumbadas en el 11-S. Poco a poco su popularidad va creciendo. Según una encuesta conjunta de CNN y ORC International, un 42% cree que la presidencia de Bush fue un "éxito", un incremento de 11 puntos porcentuales desde enero de 2009.

Cuando McArthur cesó en su cargo, manifestó: “Los grandes jefes no mueren jamás... se desvanecen en la lejanía”. Esto no se aplica al selecto club de los expresidentes. Pasada la nostalgia de perder su Corte de la Casa Blanca o el acoso de los casi 2.000 periodistas acreditados ante ella, poco a poco comienzan a desarrollar una intensa actividad y a impulsar su autoridad moral, aunque sea solamente ocupando la concha del apuntador del gran teatro de la política americana.

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