Diario del Derecho. Edición de 13/12/2017
  • Diario del Derecho en formato RSS
  • ISSN 2254-1438
  • EDICIÓN DE 10/04/2013
 
 

300 años en la memoria; por Araceli Mangas Martín, Catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid

10/04/2013
Compartir: 

El día 10 de abril de 2013, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Araceli Mangas Martín en el cual la autora reflexiona sobre la situación de Gibraltar.

300 AÑOS EN LA MEMORIA

Algunos medios de comunicación sitúan con error en el 11 de abril de 1713 el Tratado de Utrecht por el que España cedió Gibraltar y le han dedicado recordatorios varios; sin embargo, dicho tratado, entre Francia y Reino Unido, no afecta a Gibraltar. Fue en el Tratado de Utrecht del 13 de julio de 1713, entre España y Reino Unido, por el que cedimos Gibraltar y Menorca.

Finalizada la Guerra de Sucesión entre las potencias europeas por el trono de España tras la muerte de Carlos II sin descendencia directa, se convocó entre 1712 y 1715 una conferencia diplomática en Utrecht y Rastadt que culminó con una serie de Tratados de Utrecht.

Aunque faltan unos meses para cumplir 300 años, es recomendable reflexionar sobre la situación de la colonia británica. Nadie puede negar que es una controversia emotiva para todos los españoles de bien. Una buena parte de la opinión pública sólo acepta la perspectiva visceral, lo que favorece el fanatismo a un lado y otro de la Verja y el alejamiento de la solución a un problema nada fácil en el que hay que abrir camino para los problemas comunes de nuestro tiempo.

Primero, para aprender del pasado, ¿por qué perdimos Gibraltar en apenas unas 72 horas? Porque lo dejamos indefenso militarmente. Gibraltar atrajo siempre a conquistadores: era la llave de España y África (y de dos mares). Un punto estratégico vital en el planeta. Cuando lo reconquista Enrique IV (1462), le otorga privilegios haciendo del minúsculo Gibraltar cabecera jurisdiccional plena de buena parte de la provincia de Cádiz con un conjunto de privilegios extraordinarios que mantuvo hasta que fueron revocados en 1713, para los británicos. Ante la corrupta gestión del Duque de Medina Sidonia (que se quedaba con los fondos para su defensa, como ven, en España nihil novum sub sole), la gran Reina Isabel la Católica le retira el mando (1501) y envía al Comendador mayor de Castilla, Garcilaso de la Vega, para hacerse cargo de los inmensos territorios dependientes de Gibraltar y lo vincula a la Corona (municipio de realengo). Le da el escudo de armas con la llave de España (cómo duele ver lallave en el centro de la bandera de la Union Jack del gobernador británico...), aumenta sus privilegios y en su testamento incluye una cláusula en la que encarece, como a ningún otro territorio, que sus sucesores lo “tengan i retengan en sí i para sí la dicha ciudad; ni la enagenen de la corona de Castilla, ni á ella ni á parte de ella de su jurisdicion civil y criminal”.

Los reyes de Castilla añadieron siempre entre sus primeros títulos Rex Gibraltarius. La importancia de Gibraltar era clara: Carlos V envía en 1535 a un marino de tronío como alcaide, D. Álvaro de Bazán (el Viejo), junto a numerosos ingenieros para reforzar su defensa, al igual que Felipe II y Felipe III. Felipe IV se desplazó para comprobar sus defensas en el mar y desde tierra (y las sufrió, pues era tan difícil entrar que su carroza tuvo que ser desmontada y entrar a pie, por lo que el Conde Duque de Olivares abroncó al alcaide y éste le respondió con dignidad que la puerta no se había hecho para pasar carrozas sino para que no entrasen enemigos...).

Gibraltar sufrió en esos siglos ataques de potencias europeas (por supuesto, ingleses) y corsarias (Barbarroja se obsesionó con Gibraltar fracasando siempre). El mando militar en Gibraltar nunca fue inferior a teniente general de nuestros ejércitos. Creo que es bien revelador.

Pero he aquí que a finales del XVII, pasan unos años sin ataques, nos relajamos y se deja en 1704 una guarnición con sólo 152 militares, de los cuales diez eran artilleros, aunque había más de 100 cañones (una buena parte inservibles). Más de 500 civiles para la lucha, inexpertos, se sumaron a la defensa, pero la escuadra anglo-holandesa tenía más de un centenar de barcos, centenares y centenares de cañones y más de 4.000 hombres. La ciudad, a pesar de la inferioridad, decidió luchar permaneciendo fiel al primer Borbón. Esa misma escuadra venía de ser derrotada en Barcelona por el virrey de Cataluña, entonces “se podía” detener la invasión; el pueblo gibraltareño tenía honra, pero le faltaban barcos.

Tras un cañoneo brutal en la noche del 3 al domingo 4 de agosto (se dispararon más de 3.000 balas de cañón), especialmente cuando los ingleses, cometiendo un crimen de guerra, centraron sus cañones sobre una iglesia, refugio donde se había concentrado la población civil inútil para el combate. El ayuntamiento de Gibraltar autorizó al gobernador militar a proceder a la rendición (en aquella España los civiles mandaban sobre los militares frente a la leyenda de un país supeditado a espadones); se izó la bandera de parlamento y se rindió al almirante Rooke que, aunque luchaba a favor de la casa de Habsburgo, la toma en nombre de la reina Ana.

La escuadra desembarcó, no respetó el cuartel (obligación de no atacar a los que se rinden, otro crimen de guerra en el debe anglo-holandés), asesinaron a civiles, violaron a mujeres, profanaron iglesias y saquearon los bienes. En honor de los oficiales ingleses, éstos trataron de impedir los hechos de la soldadesca. Aún así, los vecinos supervivientes votaron qué hacer, si permanecer bajo ocupación o abandonar la ciudad, y decidieron esto último, si bien se dio libertad individual para unos doscientos vecinos que decidieron quedarse. Así, en pocas horas, justo el tiempo de recoger los archivos, sellos, pendones, banderas, registros parroquiales, así como los objetos religiosos más preciados que quedaban, se organizó la procesión cívica del éxodo, con sus autoridades civiles y militares al frente, y se asentaron a escasos centenares de metros en la desierta ermita de San Roque para poder volver a la patria que tuvieron que abandonar. La memoria histórica actual solo sirve para el rencor entre españoles y no para el homenaje de aquellos valientes y leales.

SE LE acusa al Reino Unido de retener una plaza que conquistaba para el pretendiente austriaco al trono de España. No nos engañemos, la guerra de Sucesión fue una coartada para apuntillar a la España de la decadencia; en las paces de Riswick y La Haya en 1698 ya se acordó que el Reino Unido se quedaría con Gibraltar, Menorca, Ceuta y un tercio de Indias. Lo logró casi todo: en el Tratado de Utrecht de julio se cobra Gibraltar y Menorca y en el de diciembre de 1713 el “asiento de negros” en las Indias -el comercio de esclavos, allá con su conciencia descargando parcialmente la nuestra- y privilegios comerciales y marítimos. Parte de la escuadra vencedora en Gibraltar se dirigió más tarde a Ceuta, donde fue rechazada.

En ese mismo año (octubre) comenzó España su reconquista y casi lo logra si no hubiera sido por los celos y la fatuidad de los militares franceses que deseaban que los británicos se rindieran, no al español marqués de Villadarias, sino a un mariscal de Francia que venía en camino para tal honor, dando tiempo a la llegada de refuerzos de Inglaterra que malograron la hazaña de los bravos españoles. Desesperados, se autorizó al cabildo en el exilio la fundación en 1706 del nuevo Gibraltar en San Roque, transfiriéndole todos los privilegios que ostentaba sobre toda la región y que se le revocaron en la cesión a los británicos. En ese siglo se sucedieron los sitios, todos fracasados. Desde el 4 de agosto de 1704 los ingleses reforzaron la plaza y la han hecho inexpugnable.

No hay espacio para más, pero en este año conviene que reflexionemos sobre las fortalezas (algunas) y debilidades (bastantes) de la reivindicación española. Gritar chulescamente nada nos beneficia y nos pone al nivel de los hooligans gibraltareños.

Es clara la irresponsabilidad de España en 1704, aquello pasó y lo venimos sufriendo tres siglos. Pero al menos aprendamos hoy, incluso en tiempos de crisis: no bajemos la guardia, precisamente en el sur, y no desmantelemos los pocos buques que tenemos. Queda claro.

Araceli Mangas Martín es.

Comentarios

Escribir un comentario

Para poder opinar es necesario el registro. Si ya es usuario registrado, escriba su nombre de usuario y contraseña:

 

Si desea registrase en www.iustel.com y poder escribir un comentario, puede hacerlo a través el siguiente enlace: Registrarme en www.iustel.com.

  • Iustel no es responsable de los comentarios escritos por los usuarios.
  • No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes.
  • Reservado el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.

Revista El Cronista:

Revista El Cronista del Estado Social y Democrático de Derecho

Lo más leído:

Secciones:

Boletines Oficiales:

 

© PORTALDERECHO 2001-2017

Icono de conformidad con el Nivel Doble-A, de las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web 1.0 del W3C-WAI: abre una nueva ventana