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Arranca el 'año Kennedy'; por Rafael Navarro Valls, Secretario General de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y Catedrático de la UCM

16/01/2013
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El día 16 de enero de 2013, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Rafael Navarro Valls, en el cual el autor reivindica la figura del presidente asesinado en Dallas hace medio siglo.

ARRANCA EL 'AÑO KENNEDY'

Comienza el año Kennedy: el del 50.º aniversario del último de la Presidencia de John F. Kennedy y, por ende, de su asesinato en Dallas. La leyenda reverdece. Así, la rama política de la saga Kennedy, cuando estaba a punto de extinguirse, ha revivido en Joseph P. Kennedy III, que acaba de obtener un puesto en la Cámara de Representantes. Se dice que “lleva la política en la sangre”, al igual que sus tíos abuelos, John (el presidente) y Edward (el eterno senador); su abuelo Robert (el fiscal general), y su padre Joseph Patrick II, congresista en seis legislaturas. El republicano al que derrotó comentó resignado: “Competir con un Kennedy es luchar contra una leyenda”.

La llamada maldición Kennedy ha sido actualizada con el suicidio por ahorcamiento de Mary Richardson Kennedy, divorciada de Robert Kennedy jr, abogado y sobrino del ex presidente. Continúa pues la cadena de catástrofes que hacen de la dinastía el epicentro de una tragedia griega. La última -antes del suicidio de Mary- fue la trágica muerte de John-John, (aquel niño que, en noviembre de 1963, saludaba marcialmente al paso del ataúd de su padre el presidente) al precipitarse al mar, junto a su esposa y su cuñada, pilotando un Piper Saratoga.

A su vez, el legado Kennedy -luminoso y sombrío a la vez- se ha plasmado en una reciente mini serie de ocho episodios (The Kennedys), realizada para los canales americanos A&E y Biography Channel. Las presiones impidieron su emisión por la productora. Jon Cassar, el director de la serie, dijo: “Somos la peor y la mejor serie de los Kennedy”. Su emisión en España ha confirmado esa apreciación: junto a las virtudes del clan, narra hechos en los que la ambición de la familia (en especial del patriarca Joe) queda crudamente de manifiesto.

En fin, el glamour de la saga, esa sensación de salud y vigor físico que emanaba del clan Kennedy -”despeinados y encantadores, con un aspecto extraordinario que parecía casi un experimento de eugenesia”- ha revivido en un epifenómeno amoroso protagonizado por el jovencísimo Conor Kennedy (18 años) -nieto de Robert Kennedy y sobrino nieto del presidente- y Taylor Swift, la reina del country. Tan intenso fue el romance -ya en declive- que Taylor compró una mansión de 4,9 millones de dólares en Hyannis Port, en la misma calle donde vive Ethel Kennedy, la abuela del chico.

Pero tragedia, leyenda, legado o glamour de la saga Kennedy no existirían si no fuera porque uno de sus componentes alcanzó la Presidencia. Sin el eje que significó la conquista del Despacho Oval por el segundo de sus hijos, el patriarca Joseph probablemente hubiera pasado a pie de nota como un mediocre embajador. Es muy dudoso que Robert y Ted Kennedy desempeñaran el papel estelar que tuvieron en la vida política norteamericana, y los hijos y sobrinos del presidente, seguramente hubieran pasado por ella sin pena ni gloria.

Así que, en el año Kennedy, los analistas de la Presidencia volverán a preguntarse: ¿pero quién fue en realidad el joven presidente? Desde mi punto de vista, los balazos que acabaron con él en Daley Plaza de Dallas fueron el principio de una leyenda en la que, hechos superpuestos a los datos objetivos, han creado una neblina que enterró al personaje entre la pirotecnia de la emotividad.

Kennedy no llegó a ser un gran presidente porque, entre otras razones, no tuvo tiempo para ello. Si estamos de acuerdo con Richard Neustadt, de los ocho posibles años de mandato de un presidente, los dos primeros sirven de aprendizaje; el cuarto se emplea en la preparación de las elecciones siguientes; los años séptimo y octavo dejan al presidente saliente con escaso poder. Quedan como potencialmente fértiles el tercero, quinto y sexto. Kennedy solo tuvo el tercer año. No es suficiente para emitir una opinión concluyente. Coincido con Ben Bradlee, el antiguo director del WashingtonPost y amigo personal del presidente, cuando observa que “su breve paso por el poder estuvo más lleno de promesas que de actuaciones”.

Lo cual no significa que Kennedy careciera de aquellas virtudes que pueden cuajar en un buen presidente. Era inteligente, audaz, de notable valor físico, con gran encanto personal, y buen encajador. Cuando, por sus errores en el ataque a Cuba -que acabó en la tragedia de Bahía de Cochinos- pareció que todo se hundía a su alrededor, filosóficamente observó: “Algún día tendría que aprender estas lecciones: quizá sea mejor cuanto antes y no más tarde”. Efectivamente, esta experiencia le permitió, en la posterior crisis de los misiles, adoptar una posición de fuerza que Jruschov no esperaba de quien creía un dubitativo presidente.

TENÍA una verdadera preocupación por los derechos de las minorías. Lo demostró en su lucha por la integración escolar de los afroamericanos, su derecho al voto y la lucha contra la discriminación en materia de vivienda. Puso, además, los cimientos de la futura conquista del espacio.

Pero la belleza del cuadro tiene sus claroscuros. Entre ellos, su dependencia de pulsiones que le abocaron a un cierto donjuanismo compulsivo. Un ejemplo. Cuenta Hugh Sidey, corresponsal de la revista Time: “Vino a verme una mujer a la que yo conocía y me comentó que Kennedy se abalanzó sobre ella en la piscina de la Casa Blanca. Al intentar escabullirse la dama, el presidente cayó al agua y se lastimó la espalda”. El corsé que tuvo que llevar desde entonces impediría a Kennedy doblarse a tiempo y evitar las balas de su asesino, que hizo blanco a placer sobre una figura erecta.

Otro espejismo fue la apariencia de salud envidiable que creó ante el pueblo norteamericano. Su dependencia de fármacos para mitigar el dolor de espalda, el tratamiento de una antigua enfermedad venérea y la cortisona para controlar su enfermedad de Addison fueron enmascaradas en suaves notas de prensa. David Owen -excelente médico y líder laborista- entiende que, cuando Kennedy se reunió con Jruschov en Viena, su desempeño presidencial se vio gravemente afectado por el cóctel de medicinas que tomaba. Pero hay que añadir que su resistencia al continuo dolor físico era legendaria: “Kennedy, sencillamente, sonreía en el dolor”.

Vietnam fue una herencia envenenada que dejó a sus sucesores. Cuando murió, ya había enviado a territorio vietnamita 60.000 asesores: fue el principio de la escalada de una guerra que, seguramente, fue el mayor desastre en la historia de la política exterior estadounidense, afectando a los tres presidentes que le sucedieron.

En realidad, los 1.000 días de Kennedy fueron ricos en promesas y exiguos en hechos. Su valentía, su inteligencia, su rara mezcla de juventud y autodesdén hicieron de la política norteamericana una explosión de estilo más que de contenido. Probablemente, esa explosión no dejara ver con nitidez al político y al hombre aún por madurar. En todo caso, merece que se le recuerde con respeto en este año Kennedy.

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