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Tiempo de razones y emociones, por Juan Sánchez González, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura

02/01/2013
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El día 1 de enero de 2013, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Juan Sánchez González, en el cual el autor hace un repaso histórico por el sentimiento nacionalista catalán, situando la actual estrategia de Mas en el rechazo del café para todos de la Constitución

HUBO UN TIEMPO, durante casi todo el siglo XIX, en que el único nacionalismo existente en España fue el débil nacionalismo español auspiciado por un Estado centralista que perdió progresivamente el respeto y el afecto de los ciudadanos, y que fracasó en sus objetivos fundamentales. La crisis del 98 impulsó la aparición de un tibio y ambiguo nacionalismo catalán que desvió el eje del debate político hacia los sentimientos y las emociones colectivas -tan subjetivas como manipulables- en detrimento de la nacionalidad política inspiradora de las alternativas descentralizadoras y federalistas, invariablemente rechazadas por un Estado español necesitado de reformas porque no funcionaba. Además de la vinculación de los sentimientos invocados con la asunción (tan insoslayable como quimérica) por los políticos españoles de la existencia de la nación catalana y la imposibilidad de mantener ese exclusivo calificativo para el conjunto de las tierras de España, la clave de bóveda del nuevo ideario nacionalista fueron las exigencias al Gobierno español de conceder una consideración especial a los interesese y demandas materiales de Cataluña. Todo ello originó un complejo escenario de cesiones, desencuentros y frustraciones, si bien, en los momentos de mayor tensión y conflictividad social, no fueron pocos los nacionalistas catalanes que contribuyeron al triunfo de regímenes tan alejados de su ideario identitario como los de Miguel Primo de Rivera y Francisco Franco.

Junto a este nacionalismo interclasista y conservador, durante el primer y último tercio del siglo XX se desarrolló otra modalidad del nacionalismo impregnada de un matiz más social y populista, que nunca ocultó su aspiración prioritaria de lograr la independencia y construir un Estado propio, y que, pese a ofrecer un perfil menos ambiguo, coincidió con el otro nacionalismo hegemónico en el pragmatismo posibilista de reclamar al Estado español una consideración especial para Cataluña. Este movimiento alcanzó un importante protagonismo durante la II república y la Guerra Civil, y a partir de la Transición fue consolidándose paulatinamente en la política española y catalana, llegando incluso a alcanzar responsabilidades compartidas en el gobierno de la Generalitat.

Con el señuelo del café para todos y el establecimiento de una España a varias velocidades, la Constitución de 1978, masivamente refrendada en Cataluña, supuso una especie de cuadratura del círculo porque, superado por fin el rígido centralismo liberal y franquista, se reconocían expresamente tanto las diversidades y singularidades de todos, como también, y de eso se trataba, las diferencias y desigualdades de algunos. Con esa mezcolanza de razones y emociones, y entre encantamientos y sobresaltos, hemos vivido y progresado en estas últimas décadas, hasta que la mezcla se ha revelado explosiva y amenaza con descomponerlo todo. Con el café que al final todos se animaron a tomar cundió la inquietante sensación de que se desvanecían las diferencias, y de que se acortaban las distancias porque para algunos aminoraba peligrosamente la velocidad.

Superada ya la primera década del siglo XXI sin haber alcanzado la, más añorada que deseada, independencia, y con un gobierno menos dubitativo que los anteriores en su decisión de no conceder expresamente el trato desigual y privilegiado que le reclaman, los nacionalistas se han visto impelidos a reaccionar tanto por motivos existencialistas como existenciales. Por ello, y en medio de una gravísima crisis económica donde la ausencia de soluciones suele atemperarse con el secular recurso al victimismo, al nacionalismo catalán no parece haberle quedado otra posibilidad existencial que lanzar el órdago no ya al reconocimiento de la desigualdad, sino de la aspiración a la independencia. Lo que está en juego es la propia razón de ser de un nacionalismo confrontado tenazmente con una realidad y con unos tiempos -los modelos invocados adolecen de una rigurosa contextualización- refractarios tanto a su esencia estructural de reclamar un Estado propio, apelando a la máxima de que <<a cada Estado su nación, y a cada nación su Estado>>, como a las aspiraciones estratégicamente coyunturales, pero por todos y siempre formuladas, de alcanzar una relación horizontal y privilegiada con el Estado.

CON UN ESTADO tan cuestionado en la calculada retórica de su discurso, como tolerado por el cotidiano recurso al establecimiento de pactos y convivencias, en los que siempre quedó garantizado un trato preferente, y si prefieren desigual, aunque nunca coincidente y sí más o menos alejado del que suelen reclamar en relación con el resto de los territorios. Y todo ello amparado en el discurso grandilocuente de las emociones sublimadas y los sentimientos despechados.

El problema de las razones y de las emociones, como el de los intereses y los sentimientos, es que tanto unas como otros son indisociables de la condición humana. Sucede que todos los individuos son sensibles y tienen su corazoncito, y que todos, catalanes, extremeños, castellanos o gallegos, podemos albergar sentimientos que quizá la razón no pueda entender, pero que la convivencia secular -preñada de emociones y también de intereses, de renuncias y como no de complementariedades- ha contribuido a moldear. Y no se trata ni de sacralizar la Constitución que necesita ya ser revisada, ni tampoco de la defensa trasnochada de la indisolubilidad de los lazos, de aquello de que lo unido por Dios no pueda separarlo el hombre, faltaría más; sino de lo otro, ya lo saben, de lo del sueño de la razón... que produce monstruos.

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