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Una ley electoral enferma; por Manuel Jiménez de Parga, Catedrático de Derecho Constitucional y ex presidente del Tribunal Constitucional

06/11/2012
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El día 6 de noviembre de 2012, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Manuel Jiménez de Parga, en el cual el autor opina que las listas cerradas y bloqueadas, además de despersonalizar la representación, favorecen el descenso del nivel de los elegidos.

UNA LEY ELECTORAL ENFERMA

En mi anterior comentario de esta serie apunté que, a mi juicio, el pseudopresidencialismo y otras deformaciones de nuestro sistema jurídico-político se deben a la mala ley electoral que nos rige. Hoy me ocupo de este asunto.

El sistema electoral establecido por el Real Decreto-ley de 18 de marzo de 1977 no satisfacía plenamente las aspiraciones democráticas. La fórmula de listas cerradas y bloqueadas genera una representación política despersonalizada: los ciudadanos no se pronuncian a favor de seres humanos, con virtudes y defectos, a los que conocen y en los que confían, sino que la relación de nombres -muchos distantes y desconocidos- va envuelta en las siglas de un partido; la elección es, en esencia, un acto de apoyo a la correspondiente formación política. El peso específico de los candidatos influye poco en la decisión.

En La Vanguardia expuse mis reservas, en aquellos días lejanos de marzo de 1977, al sistema del Decreto-ley. El Gobierno de entonces alegó que era una solución provisional, ideada para encauzar las grandes corrientes de opinión y dejar fuera del reparto de los escaños parlamentarios a los numerosos grupúsculos que amenazaban con hacer ingobernable la futura democracia. Sin embargo, lo provisional se ha convertido en permanente, gracias a las sucesivas decisiones políticas. La Ley Orgánica del Régimen Electoral General, de 19 de junio de 1985, consagró las maléficas listas cerradas y bloqueadas. Posteriores normas no modificaron la fórmula. Lo que se presentó como un padecimiento, inevitable, limitado en el tiempo, es ahora una enfermedad crónica que afecta a la salud de la democracia española.

A lo largo de estos años se han diagnosticado con insistencia las causas de la grave dolencia. Han sido voces que claman en el desierto, pues los que dominan los diferentes partidos están encantados con la tarea de confeccionar las listas.

Las listas cerradas y bloqueadas, además de despersonalizar la representación, favorecen el descenso del nivel de los elegidos. Los partidos no han de contar con candidatos de prestigio y arraigo en los distritos, pues con mediocres se obtienen los mismos votos que si los aspirantes son notables. Los partidos políticos se convierten en partidos de empleados. Las listas abiertas, con las diferentes recetas del voto preferencial, mejoran algo la calidad de los elegidos, aunque la experiencia extranjera enseña que son muy pocos los ciudadanos que alteran la oferta de los partidos. Yo considero preferible, dentro de los sistemas proporcionales (exigencia de la Constitución), el vigente en Alemania. Allí, la mitad del Bundestag cumple los requisitos mínimos de conocimiento por parte de los electores; se consigue una representación personalizada, mientras que la otra mitad de los diputados entra gracias a la bendición del aparato partidista.

Insisto en lo dicho: los elegidos en España son unos empleados de los partidos. Se ha defendido, con acierto, que sería conveniente demostrar unos ciertos conocimientos antes de dedicarse a la política activa. Ahora se efectúa el reclutamiento entre quienes militan en un partido, sin tener en cuenta la formación intelectual de los aspirantes. Resulta lamentable el panorama que ofrecen las instituciones representativas. Suele decirse que la política es un arte, pero las ideas de los aficionados, sin la conveniente preparación, generan con frecuencia daños irreparables. La política es un oficio, dándose el contrasentido de que para ejercer las profesiones importantes tengan que superarse los ejercicios de una oposición, o de unas pruebas semejantes, mientras que el cargo político se desempeña sin la previa acreditación de los conocimientos mínimos. Habría que reflexionar sobre esta anomalía.

Y tampoco es admisible, democráticamente hablando, el gasto excesivo de las campañas electorales. Se ha copiado el peor aspecto de las norteamericanas, donde los enfrentamientos entre candidatos se producen en un ambiente comercial, ya que la propaganda predomina por doquier. Naturalmente esto elimina, desde el primer momento, a quienes carecen de apoyos millonarios. Y quienes pagan pasan luego factura a los elegidos, abriendo puertas a la corrupción.

El espectáculo resulta lamentable. Además de lo dicho, la ley alemana tiene interés porque facilita la realización de la exigencia de una representación política personalizada sin que los partidos dejen de ser los agentes destacados. Al ciudadano se le conceden dos votos: con uno se pronuncia entre las listas presentadas por los partidos en circunscripciones relativamente extensas, en nuestro caso las provincias; con el segundo voto se elige a uno de los candidatos de distrito, o sea en espacios territoriales menores dentro de la provincia, que continuaría siendo la circunscripción electoral (art. 68.2 CE). La proporcionalidad se garantiza en el reparto global de los restos. La mitad de la asamblea se forma con diputados de distrito, que obtuvieron el escaño por la conjunción venturosa de su presencia personal y un vehículo partidista poderoso, y la otra mitad la integran los diputados de toda la circunscripción, aupados por la fuerza del partido que los puso en sus listas.

Mi predilección por el régimen electoral alemán se debe, por último, a la exactitud casi matemática que se consigue entre el porcentaje de votos y el porcentaje de escaños parlamentarios. No se producen las desfiguraciones de la voluntad popular que padecemos en España. Los dirigentes de los grandes partidos se encuentran aquí condicionados porque les faltan unos votos para hacer esto (que es importante) u oponerse a aquello otro (que también es importante). El panorama político resulta desolador. Unas minorías, con representación sólo en determinadas zonas de España, imponen sus decisiones, sea al Gobierno, sea a la oposición. Es muy fácil denunciar la inoperancia de un determinado personaje de la escena pública. Tampoco hay que hacer un gran esfuerzo para censurar la falta de medidas para afrontar y resolver la crisis económica o financiera. Menos usual, en cambio, es descubrir el trasfondo político que hay más allá de la situación. Y sin conseguir una mejora de la articulación del régimen, la convivencia se convierte en democráticamente insatisfactoria.

Los españoles no confían demasiado en sus diputados y senadores. Recientes sondeos de opinión lo ponen de manifiesto. Se calcula que un 85% de ciudadanos se halla desilusionados con el sistema parlamentario descrito en la Constitución. Es indiscutible que en los últimos 30 años se han producido cambios radicales en la manera de comunicarnos. Esta revolución en el modo de poder saber al instante lo que sucede en cualquier lugar, próximo o lejano, obliga a reflexionar sobre las reglas de elección de nuestros políticos. Ya no son adecuadas las normas de los siglos XIX y XX. El futuro de la representación política tiene que volverse a escribir.

Deberíamos estar satisfechos con un régimen que es formalmente democrático. Nos costó mucho salir de la dictadura y en 1978 conseguimos poner en marcha un régimen de libertades públicas y participación ciudadana. Sin embargo, todas las ilusiones de aquellos días fundacionales no se han realizado. Se percibe en el ambiente un desánimo generalizado. Predomina la tristeza. Y como escribía un clásico francés “no hay peor enemigo que la tristeza, melancolía tenaz que invade el alma como una bruma que oculta la luz del día”. Nuestra luz constituyente se halla tapada por la tristeza. Se percibe una vida política en el reino de las sombras: desempleo agobiante, corrupción, antiespañolismo, escándalos en las alturas, discrepancias radicales. Sobre estas últimas, los observadores más optimistas recuerdan una advertencia de Séneca, el famoso pensador romano nacido en Córdoba. Dejó escrito Lucio Anneo Séneca: “Toda la armonía total de este mundo está formada de discordancias”. Ocurre, sin embargo, que ahora debemos convivir en una situación radicalmente diferente de la que contemplaba el sabio cordobés.

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