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Catalanicemos España; por Rafael Atienza, Abogado

02/11/2012
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El día 1 de noviembre de 2012, se ha publicado en el diario ABC, un artículo de Rafael Atienza, en el cual el autor opina que si Cataluña se convierte en un nuevo estado sería una irresponsabilidad que al resto de los españoles nos cogiese desprevenidos.

CATALANICEMOS ESPAÑA

Si Cataluña se convierte en un nuevo estado sería una irresponsabilidad que al resto de los españoles nos cogiese desprevenidos: es decir, que no llevásemos años preparándonos para lo que lleva décadas anunciándose. Hasta ahora, y con el fin de evitar o retrasar el movimiento secesionista, se ha apelado a la historia y a la Constitución, se ha sembrado España de parlamentos y embajadas, se han hecho ver las enormes dificultades del proceso y se han hecho mil exaltaciones de la amistad. Pero, sin menoscabo de cuantos esfuerzos se hagan en esa dirección, es indispensable también que los servicios de estudio de empresas y fundaciones estudien y propongan medidas para poder encajar esta posible mutilación: cómo minimizar daños y evitar males aún mayores, incluso cómo buscar algún modesto beneficio marginal. En fin, hacer de la necesidad virtud y buscar el menor daño en lugar de limitarse a afirmar que la razón se impondrá: la historia de los nacionalismos en los dos últimos siglos es sobradamente conocida.

El tremendo coste para todos no le resta su belleza a este espectáculo que la vieja Europa tan bien conoce, con sus banderas, cantos revolucionarios, sentimientos desbordados, indiferencia ante el riesgo, disposición al sacrificio: el mismo president Mas manifestó hace unos días que el camino sería duro, muy duro, y que estaba dispuesto para el sufrimiento. Así que la ciudadanía más culta y sofisticada de España es también la más romántica e idealista. Un ejemplo para materialistas e individualistas de toda laya.

El president sabe bien de lo que habla. Sin ir más lejos, tan sólo el reconocimiento del nuevo estado y su ingreso en organismos internacionales llevaría un tiempo. Mucho más la admisión como miembro de la Unión Europea, que requiere un largo proceso con la aceptación por unanimidad y la ratificación posterior de los 27 estados miembros, más el cumplimiento de condiciones de varia índole. Entre cuatro y cinco años en el mejor de los casos, y eso siempre que haya unanimidad. Durante ese plazo los ciudadanos y empresas de Cataluña serían extranjeros en la Unión Europea, con consecuencias de todos conocidas, mientras que la exigencia de fervor identitario puede llevar a excesos realmente asfixiantes.

También para el resto de España el seísmo sería tremendo e irreversible. Perdería una de sus regiones más bellas, originales y atractivas, con daños irreparables para el prestigio de España, para la convivencia y la economía, y todo el país se vería empobrecido económica y culturalmente.

Pero habrá que sobrevivir incluso a tragedias como ésta. Y una de las cosas que pueden hacer el resto de los españoles, y especialmente los que vivan en zonas limítrofes con Cataluña, es intentar atraerse a esa población que tendría que buscar la prosperidad fuera del nuevo estado. Al principio vendrían los catalanistas menos ardientes y los que más tengan que perder -además de la estrellas del fútbol-. Los más ricos y cosmopolitas irían a Nueva York o París, pero la mayoría tendería a establecerse donde tiene su mercado y lengua materna. Ciudades de Aragón, Valencia y Baleares, y, naturalmente, del resto de España, podrían recibir nuevos vecinos e inversiones: empresas que no quieran quedarse fuera de la UE, editoriales temerosas de verse obligadas a publicar en catalán, laboratorios que no quieran pagar aranceles, instituciones que aspiren a recibir fondos de ayuda europeos, personas que por comodidad prefieran ser ciudadanos de la Unión. A los pocos años de la independencia es posible que hasta los más acendrados catalanistas, en su búsqueda de prosperidad, cambien los dulces campos del Ampurdán por la aridez castellana o el páramo aragonés. Toda esa zona puede verse beneficiada: piénsese, por ejemplo, lo que han hecho los cubanos por Miami. Así, los catalanes, con su capacidad emprendedora, ingenio, cultura del trabajo y alegría mediterránea podrían prosperar y hacer prosperar ciudades como Huesca, Zaragoza o Alcañiz, y a la vez pasarían los fines de semana y los veranos en su tierra, donde, por otra parte, la vida sería mucho más barata.

La situación del Barça es un buen ejemplo. ¿Cómo evitar que desaparezca el equipo que juega el mejor fútbol de Europa? Ya que no parece fácil que pueda jugar en la liga francesa o italiana, quizás podría el club domiciliarse en Zaragoza, a un tiro de piedra de Barcelona gracias al AVE, y adonde podría ir con toda facilidad la afición azulgrana cuando el equipo juegue en casa. Todo ello sin dejar de vivir en Barcelona y entrenarse en el Camp Nou.

En fin, si la tragedia se consumase, atraigamos con afecto y calor, demos toda suerte de facilidades, pongamos alfombra roja a esta sabia y laboriosa población donde quiera que busque instalarse. Consumamos productos catalanes envasados en Monzón o Fraga. Bebamos cavas embotellados en algún lugar de Aragón o Valencia. Operémonos en sus nuevas clínicas por Alcañiz o Calatayud. Hemos visto cómo las dos autonomías más desarrolladas de España se plegaban a cuantas condiciones exigía ese señor Adelson que dice va a traer Eurovegas. ¿Vamos a hacer menos con nuestros excompatriotas? Que vengan todos. Sean bienvenidos. Catalanicemos España.

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